Inocentes en el corredor de la muerte: la tragedia de Sacco y Vanzetti que aún estremece

¿Inocentes condenados? La historia de dos anarquistas italianos que pagaron con su vida un crimen que no cometieron. Descubre cómo el miedo y el odio torcieron la justicia.

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Inocentes en el corredor de la muerte: la tragedia de Sacco y Vanzetti que aún estremece
Inocentes en el corredor de la muerte: la tragedia de Sacco y Vanzetti que aún estremece

Hace casi un siglo, dos inmigrantes italianos fueron ejecutados en Estados Unidos por un crimen que no cometieron. Su único pecado fue ser anarquistas en una época de paranoia política. Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti se convirtieron en mártires de una injusticia que conmocionó al mundo y dejó una mancha imborrable en el sistema judicial estadounidense.

El 23 de agosto de 1927, la silla eléctrica puso fin a sus vidas, pero su historia sigue resonando como un recordatorio de cómo el miedo y el prejuicio pueden torcer la balanza de la justicia. Ahora, a 99 años de aquella fecha, su legado permanece más vigente que nunca.

¿Quiénes eran Sacco y Vanzetti?

Nicola Sacco nació en 1891 en Torremaggiore, Italia, y llegó a Estados Unidos a los 17 años. Era zapatero de oficio y pronto se involucró en círculos anarquistas que abogaban por la violencia revolucionaria. Bartolomeo Vanzetti, tres años mayor, provenía de una familia humilde de Villafaleto, en el Piamonte. Trabajó como pastelero y luego como vendedor ambulante de pescado en Plymouth, Massachusetts.

Ambos militaban en el grupo liderado por Luigi Galleani, un anarquista italiano que publicaba el periódico "Cronaca Sovversiva" y enseñaba a fabricar explosivos caseros. En ese contexto, el gobierno estadounidense los consideraba una amenaza para la seguridad nacional, especialmente después de la Revolución Rusa y el auge del "Terror Rojo".

El crimen que les achacaron

El 15 de abril de 1920, en South Braintree, Massachusetts, fueron asesinados Frederick Parmenter, pagador de una fábrica de zapatos, y su custodio Alessandro Berardelli. Los asaltantes se llevaron un botín de 15.776,51 dólares. Las autoridades acusaron a Sacco y Vanzetti, junto a otros tres cómplices, de perpetrar el robo y los homicidios.

Sin embargo, las pruebas eran endebles. La defensa demostró que Sacco estaba trabajando ese día, y Vanzetti presentó 16 testigos que afirmaron haberle comprado anguilas. Aun así, fueron detenidos el 5 de mayo de 1920, armados, y se convirtieron en los principales sospechosos.

Un juicio viciado por el prejuicio

El juez Webster Thayer, conocido por su animadversión hacia los italianos y los anarquistas, presidió el caso con una parcialidad escandalosa. En privado, decía que iba a "castigarlos bien". La fiscalía, liderada por Frederick Katzmann, se centró más en la ideología de los acusados que en las evidencias. Las pruebas balísticas eran contradictorias: solo una bala coincidía con la pistola de Sacco, y el arma de Vanzetti usaba un calibre distinto al de los proyectiles que mataron a las víctimas. Además, una gorra hallada en la escena del crimen no le quedaba a Sacco, pero Katzmann insistió en que era suya.

El jurado los declaró culpables en solo tres horas. La defensa apeló durante seis años, denunciando irregularidades y testigos coaccionados, pero Thayer denegó todos los pedidos de un nuevo juicio. En 1925, un preso llamado Celestino Medeiros confesó el crimen, pero su declaración fue ignorada.

Una ejecución que conmocionó al mundo

El 23 de agosto de 1927, Sacco y Vanzetti fueron ejecutados en la silla eléctrica. Sacco gritó "¡Viva la anarquía!", mientras Vanzetti murmuró "Addío mía madre". Su muerte desató protestas globales: bombas en embajadas, huelgas y manifestaciones multitudinarias. El juez Thayer vivió el resto de sus días bajo custodia policial tras sufrir un atentado.

Recién en 1977, el gobernador de Massachusetts, Michael Dukakis, reconoció que no habían recibido un juicio justo y declaró el 23 de agosto como el Día de Sacco y Vanzetti, "para remover todo estigma de sus nombres". Aunque no los perdonó formalmente, su rehabilitación histórica fue un paso hacia la justicia que nunca llegó en vida.

La historia de Sacco y Vanzetti es un espejo de cómo el miedo al diferente puede corromper las instituciones más sagradas. Su memoria perdura como un llamado a defender la presunción de inocencia, incluso en los tiempos más oscuros.

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