Juntaba piedras en el río Negro a los 6 años: quién era la geóloga que terminó descifrando Vaca Muerta

Una nena de seis años juntaba piedras a la orilla del río Negro y se las llevaba a su madre. Décadas después, esa misma mujer se convirtió en una pieza clave para entender Vaca Muerta. Trabajó hasta minutos antes de su última internación.

· 5 min de lectura
Juntaba piedras en el río Negro a los 6 años: quién era la geóloga que terminó descifrando Vaca Muerta
Juntaba piedras en el río Negro a los 6 años: quién era la geóloga que terminó descifrando Vaca Muerta

Una nena de unos seis años recogía piedras a la orilla del río Negro y se las llevaba a su madre. La mujer le pedía una redonda, otra chata, una roja. La pequeña cumplía, las describía y elegía su favorita. Décadas después, esa misma nena se convirtió en una de las geólogas más importantes del país, capaz de leer la historia de las rocas en la Patagonia, Rusia y Turkmenistán, y de aportar datos clave sobre Vaca Muerta.

María Paula Iglesia Llanos nació el 7 de junio de 1966 en General Roca, Río Negro. Era hija de Lilia Inés Llanos y del juez federal Ernesto Iglesia Hunt, fallecido en 2003. Se recibió de geóloga en la Universidad de Buenos Aires (UBA) en 1991 y se doctoró en la misma casa de estudios en 1998. Falleció el 22 de septiembre de 2025, a los 59 años, tras una larga enfermedad.

Su trabajo la llevó por el mundo. Analizó suelos y rocas en el noroeste de Rusia, en el río Zolotica del Escudo Báltico, y en las montañas Kopet Dagh, al oeste de Turkmenistán. En los últimos años había concentrado su labor en la Cuenca Neuquina, en especial en Vaca Muerta: en la sección de Arroyo Loncoche demostró que la base de la formación es más antigua de lo que se creía.

Una especialista en la historia de las rocas

Paula se especializó en paleomagnetismo y magnetoestratigrafía, disciplinas que estudian el campo magnético de la Tierra en el pasado a través del análisis de rocas y minerales, y que permiten determinar la fecha de secuencias sedimentarias y volcánicas. Entre 1993 y 1999 ganó tres becas para trabajar en el Laboratorio de Geofísica «Daniel A. Valencio» de la UBA.

«Ella realmente debe ser la última persona que sabía en serio de magnetoestratigrafía en Argentina», afirma Diego Kietzmann, investigador independiente del Conicet especializado en sedimentología. Kietzmann le estaba haciendo las últimas correcciones a un paper sobre dos localidades de Vaca Muerta del que Paula será coautora de forma póstuma.

Entre 1999 y 2001 estuvo en la Universidad de Utrecht, en Países Bajos, con una beca postdoctoral externa del Conicet. En una entrevista con Diario RÍO NEGRO en noviembre de 2000, a los 34 años, contó el «shock cultural» que atravesó allí y, fiel a su estilo, hizo un chiste: «Creo que finalmente puedo decir que soy auténticamente una holando-argentina. Sólo me falta encontrar a mi príncipe». Ya había conocido a Massimo Manzini, con quien se casó en 2003 en la catedral de General Roca.

Entre 2003 y 2004 hizo una estancia postdoctoral en Múnich, Alemania, financiada por la Fundación Alemana de Investigación, en el Institut für Geophysik de la Ludwig-Maximilians-Universität. «Era súper audaz y valiente, estuvo en la tundra, con mosquitos y rusos que no conocía. Andá vos a meterte ahí. Era muy alegre y tenía mucho desparpajo en un mundo científico que no es así», recuerda Silvia Singer, docente e investigadora del Departamento de Ciencias Geológicas de la UBA.

Desde su regreso al país, en 2005, se dedicó a la docencia y la investigación en la UBA. Fue parte del área de Geodinámica Interna, profesora de Paleomagnetismo y Prospección Geofísica, y alcanzó el rango de investigadora independiente en el Conicet. En 2007 estuvo entre las fundadoras de la Asociación Latinoamericana de Paleomagnetismo y Geomagnetismo (Latinmag). Desde 2012 colaboró estrechamente con Kietzmann.

La vocación frente a la adversidad

En marzo de 2020 le diagnosticaron cáncer de mama. La operaron y comenzó un tratamiento de quimioterapia, pero la enfermedad no la detuvo. «Paula era realmente impresionante: sabiendo que tenía la enfermedad y mientras hacía el tratamiento, jamás se tomó licencia. Seguía preparando las clases, las venía a dar», dice Kietzmann.

En diciembre de 2022, durante una campaña de dos semanas en Chos Malal y Zapala, Paula «no estaba al 100% de su capacidad», cuenta Luis Fernández de la Rúa, su becario. «Hablo del plano físico porque en el psicológico ella tenía una fuerza y una garra tremendas», agrega. Luis dudaba de participar porque desde 2018 tiene una parálisis en el hombro y el omóplato que le impide usar la perforadora. «Luisito», le dijo Paula. «Ni te preocupes. Vos te quedás conmigo». Esa vez levantaron el perfil del terreno y otros se encargaron de la perforación. «En cierto sentido, eso nos unió. Compartíamos jornadas de seis horas bajo el sol abrasante de la estepa patagónica. Es inspirador ver a alguien que no se conforma con sus límites, sino que los empuja», recuerda Luis.

Su esposo Massimo cuenta que Paula, a quien llamaba cariñosamente «stellina» (estrellita en italiano), estuvo sentada en su oficina trabajando hasta minutos antes de trasladarse a la que sería su última internación. «Yo le decía, ‘Vamos, porque tenemos el turno en una hora’. Tenía todos los papeles desparramados en una silla, un taburete, otra silla…». Esos papeles quedaron ahí, incluso días después de su muerte.

Compartía oficina con Claudia Prezzi, investigadora principal del Conicet, que todavía no se atreve a usar la radio en la que Paula escuchaba música. «Recuerdo su risa, su energía, sus pilas, esas cosas, que estaba siempre impecable y de buena onda», dice Prezzi. Apasionada por la docencia y estricta en los exámenes, vehemente pero risueña, malhablada pero femenina: el rosa fumé, su color favorito, estaba presente tanto en su ropa como en las diapositivas de sus clases.

Sus colegas destacan además su habilidad para conseguir permisos de campo. «Tenés que pedir permiso. ¡Capaz que te sacan a los tiros! Es como que se te meta alguien a tu casa a ver cómo tenés el césped», grafica Luis. Paula, en cambio, era «una figurita que querés tener en tu equipo, porque en lo social, plum plum plum te gestionaba». El lonko de una comunidad mapuche en la que hicieron mediciones se encariñó con ella y la llamaba «la Colo».

Paula dejó una marca indeleble en la especialidad que eligió y en quienes la conocieron. Siguió su vocación inquieta y aventurera incluso cuando su cuerpo no quería responderle. Esa, también, es una forma de ganarle a la enfermedad.

Más para leer

Neuquén y Río Negro, bajo alerta: el día que preocupa al SMN y las ráfagas que superarían los 100 km/h
Sociedad
El gremio docente de Río Negro anunció un paro de 48 horas: los motivos que desataron la medida
Sociedad
El frío aprieta en el Alto Valle: hasta dónde bajará el termómetro esta madrugada
Sociedad
Bariloche: la fundación que enseña a los chicos a cuidar a los animales dio un paso clave
Sociedad
Un nombre, una pérdida y una red que nace en Roca para los que quedan solos
Sociedad
El CAPS de Barrio Nuevo abre un programa gratuito para cuidar los pies: no hace falta tener una lesión para pedir turno
Sociedad