K2: cinco alpinistas murieron en el invierno más brutal y ahora revelan qué pasó realmente
Cinco muertos, acusaciones cruzadas y un supuesto sabotaje en la cima. Tres años después, un documentalista fue a investigar cada denuncia y encontró algo que nadie esperaba.
El K2 es, desde hace décadas, una obsesión para el alpinismo mundial. Ubicado en la frontera entre Pakistán y China, es uno de los picos más peligrosos del Karakórum y era el único de los 14 ochomiles que nadie había escalado en invierno. Por eso, cuando en el invierno de 2021 cerca de sesenta personas se instalaron en su campo base, la apuesta era enorme. Temperaturas de casi 50 grados bajo cero y vientos huracanados le valieron un apodo que lo dice todo: “La montaña salvaje”.
El 16 de enero de ese año, diez escaladores nepalíes —entre ellos Nirmal “Nims” Purja— alcanzaron la cumbre juntos. Ese mismo día, la primera muerte: el catalán Sergi Mingote cayó durante el descenso.
La expedición no duró semanas sino meses, y en ese lapso se desplegó una fuerte comercialización que puso en riesgo a muchos: alpinistas poco preparados para una de las rutas más extremas, faltante de carpas y alimentos en las bases, y errores humanos que derivaron en cinco muertos. El 5 de febrero, el búlgaro Atanas Skatov cayó mientras descendía. El islandés John Snorri, el pakistaní Ali Sadpara y el chileno Juan Pablo Mohr fueron vistos por última vez acercándose al Cuello de Botella, el tramo más temido del recorrido. Sus cuerpos aparecieron recién en julio.
Las acusaciones que rodearon la hazaña
A medida que los medios especializados difundían las noticias, también crecieron las teorías conspirativas. El alpinista pakistaní Nazir Sabir llegó a afirmar que los nepalíes habían retirado las cuerdas fijas del Cuello de Botella al bajar de la cima, lo que habría dejado sin protección a Snorri, Sadpara y Mohr. Otros los acusaron de haber mantenido en secreto su “ataque a cumbre” —la fase final y más exigente— para quedarse con el récord. En foros y redes sociales se puso en duda la hazaña misma: no había foto grupal en la cima y en el video de llegada solo se veían ocho de los diez escaladores.
Tres años después de lo ocurrido, el documentalista Amir Bar-Lev investigó cada una de esas acusaciones. Lo que encontró fue menos un crimen que una historia de fallas humanas.
“La mayoría de las acusaciones no tenían sustento”
Bar-Lev comenzó a trabajar en el proyecto en 2024, tres años después de la tragedia. El relato que le llegó estaba lleno de señalamientos. “El periodismo que se había hecho hasta ese momento, el relato que nos llegó, estaba lleno de acusaciones. Muchísimas, mucho señalamiento”, contó el director. Y agregó: “Descubrimos que la mayoría de esas acusaciones no tenían sustento. Eso no quiere decir que no haya salido nada mal: si hay cinco muertos, algo terrible pasó”.
El documental se mueve entre el arte y el periodismo. “El lado periodístico te obliga a seguir las pistas, sobre todo si apuntan a algo casi criminal. Por eso decimos que al principio fue un ‘¿Quién fue?’ alpino, un true crime de alta montaña”, explicó. Sin embargo, el hallazgo fue otro: “La historia más poderosa —el fracaso más poderoso, en realidad— tenía que ver con fallas mucho más humanas. Menos con conductas criminales y más con cosas que compartimos todos, incluso los que vivimos acá abajo, al nivel del mar”.
Según Bar-Lev, hubo soberbia, nacionalismo, codicia, fiebre de cumbre, engaños y competencia. “Pero probablemente no hubo cuerdas cortadas ni intentos de cumbre truchos”, sostuvo. Incluso investigaron durante meses la versión de que los nepalíes ni siquiera habían llegado a la cumbre y que habían fraguado todo, como dicen que se fraguó la llegada a la Luna. “Tenés que investigar esas cosas, aunque suenen descabelladas”, afirmó.
¿Por qué alguien arriesga la vida así?
Una de las preguntas que atraviesa el documental es qué lleva a una persona a poner su vida en juego de esa manera. Para Bar-Lev, la respuesta no es única: en la montaña había sesenta personas con razones distintas. “Podemos pensar que una gran mayoría es atraída por la experiencia de lo sublime: estar en un lugar muy ajeno, hermoso, que casi parece otro planeta. Después están los que disfrutan de la adrenalina, de la falta de seguridad, de los riesgos, de desafiarse y descubrir de qué son capaces”, describió.
Pero el director subraya un punto que considera clave: no todos están ahí por elección. “Muchos de ellos están porque tienen que estar. Las personas que suelen quedar fuera del cuadro en el relato del alpinismo vienen, muchas veces, de partes del mundo con muchísimos menos recursos que los propios montañistas”. Esos grupos terminan unidos como un pelotón militar improvisado, donde cada uno depende del otro para sobrevivir, aunque las razones sean distintas y a veces ni siquiera compartan el idioma.
Las familias y el legado
El documental retrata a las familias de los fallecidos sin enojo, con la comprensión de que el deporte era lo que amaban. Sobre qué espera que se lleve el público, Bar-Lev fue claro: “Quisimos tener la torta y comerla también”. Es decir, hacer una película que se sienta como un documental de montaña, con la adrenalina y la tensión de las historias de supervivencia, pero sin el artificio que a veces aparece en el género.
“Soy fan de los libros y las películas que te dejan al borde del asiento, sobre todo cuando son historias reales. Y esta es una: gente que va a lugares donde la muerte está muy cerca, donde la cooperación es literalmente una cuestión de vida o muerte. En cierto modo es como una historia de guerra”, comparó. Al mismo tiempo, buscó que el espectador se pregunte en qué son honestas esas películas y cómo pueden estar afectando aquello que dicen solo documentar.
Redes sociales y naturaleza humana
El impacto de las redes sociales también atraviesa el film. Bar-Lev no duda de que cambiaron el alpinismo, pero distingue lo nuevo de lo permanente. “Las redes son obviamente nuevas: poder llevar un pequeño estudio de cine a todas partes y filmar cualquier cosa, desde lo que desayunaste hasta tu cumbre en la montaña más alta del mundo”, señaló. Lo que no es nuevo, según él, es la necesidad humana de contar las hazañas: “Nunca jamás hicimos algo valiente, algo que pareciera burlar a la muerte, sin querer volver a casa a contarlo. Por eso existen pinturas rupestres de gente cazando un bisonte con lanzas que seguimos encontrando 20.000 años después”.
“Espero que no quede la sensación de ‘ay, qué malas son las redes’. Es más complejo que eso. Esta es una de esas historias eternas, y en cierto modo las redes son lo mismo que las pinturas rupestres. Esto habla de la naturaleza humana, y por eso es una historia tan interesante: es sobre todos nosotros, no solo sobre los montañistas o la gente que está en las redes”, concluyó.
El documental
The Last First: Winter K2 se estrena el 2 de octubre en Apple TV y se produjo a partir de más de 300 horas de material: documentales de expedición, videos para sponsors, clips de celular grabados dentro de las carpas, audios de radio y las entrevistas que hizo el propio Bar-Lev. El film tiene un corazón claro: la amistad entre John Snorri y Ali Sadpara, un occidental rico que podía permitirse el alpinismo como pasión y un pakistaní que había salido de la pobreza trabajando en la montaña.
Alrededor de esa relación, la película despliega el resto: la comercialización del K2, la expedición de Seven Summit Treks con clientes novatos, la ruptura del “código de caballeros” por parte de un equipo nepalí que ya no quería ser el que fija las cuerdas para la gloria ajena, y la pregunta incómoda sobre cuánto cambian las cámaras aquello que dicen registrar. Un documental difícil de mirar, con preguntas existenciales sobre la vida y los riesgos que corremos, pero también sobre la comercialización extrema del alpinismo.