La batalla de Ana Viola para que nadie use "Patagonia" como marca vacía en los vinos
No es solo una cuestión de etiquetas: hay una batalla legal que define si la palabra Patagonia en un vino dice la verdad o es solo un gancho comercial.
Ana Viola, CEO de Bodega Malma y presidenta de la Cámara de Bodegas Exportadoras, lidera hace años una cruzada para que la palabra Patagonia en una botella de vino signifique realmente que el producto nació en el sur. No se trata de una disputa menor: cada vez que alguna empresa intenta registrar el nombre como marca, se enciende una alarma y comienza un trabajo de oposición, nulidad o caducidad según el caso.
La pelea tiene antecedentes. Viola recuerda que alrededor del año 2000, un particular logró registrar Patagonia como marca para vinos en Argentina y quiso cobrar derechos a las bodegas de la región. El Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) registró de oficio la Indicación Geográfica, aunque debió hacerlo como "Patagonia Argentina" porque la marca ya estaba en manos de ese particular. Las bodegas patagónicas, lideradas entonces por el ingeniero Guillermo Barzi, de Bodega Humberto Canale, fueron a la Justicia y ganaron. Esa sentencia permitió que hoy se pueda escribir simplemente "Patagonia" en una botella para indicar su origen.
La disputa traspasó fronteras. La Cámara trabaja junto con Cancillería, el INV y la Secretaría de Agricultura, y sigue de cerca los acuerdos comerciales. En el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, la IG Patagonia fue incluida entre las indicaciones geográficas argentinas que se busca proteger. También aparece en negociaciones dentro del Mercosur y en acuerdos como EFTA. "Son pequeñas conquistas que se van sumando", dice Viola. No hay una batalla definitiva, sino una sucesión de expedientes que obliga a estar atentos a lo que ocurre en cualquier parte del mundo.
El valor simbólico de la palabra
Patagonia tiene un peso que excede al vino. En el mercado internacional, el origen es parte de la identidad de una botella: el clima, el viento, la amplitud térmica, las horas de luz y los suelos dejan su marca en las uvas y en el vino. Pero además está la carga simbólica: "Tiene un peso enorme", sostiene Viola. Patagonia evoca naturaleza, paisajes y una manera particular de producir. Por eso es un nombre codiciado.
El problema surge cuando esa imagen se usa para contar una historia que el vino no puede sostener. Viola menciona el caso de una marca de la chilena Concha y Toro que lleva el nombre Patagonia y utiliza en su etiqueta imágenes asociadas al sur argentino, como una ballena franca austral. Sin embargo, el vino no procede de la Patagonia, sino de otras regiones vitivinícolas de Chile. La empresa vincula parte de sus ventas con iniciativas ambientales, pero para Viola eso no cambia la cuestión central: un consumidor puede creer que compra un vino patagónico cuando no es así. "Queremos preservar la palabra Patagonia como una referencia real al lugar de origen y no permitir que se convierta en una marca vacía", afirma.
La discusión no es solo comercial. Es también una cuestión de justicia para quienes decidieron plantar, cosechar y elaborar vino en una región donde producir tiene un costo adicional. Están lejos de los consumidores, de los proveedores, de los servicios técnicos, de los mecánicos, de la maquinaria y muchas veces de la mano de obra especializada. "Producir en la Patagonia implica muchos más desafíos", dice Viola. Por eso, considera que el nombre no puede utilizarse livianamente.
En el fondo, la pelea de Ana Viola es para que una palabra siga significando algo. Que cuando alguien encuentre "Patagonia" en una botella pueda imaginar el paisaje, pero también saber que detrás de esa etiqueta hay viñedos realmente plantados en el sur, trabajadores, productores y bodegas que eligieron quedarse y producir allí. "No se trata solamente de poner una palabra que suena atractiva. Si un producto dice Patagonia, tiene que estar hecho en Patagonia", sentencia. Y mientras sigan apareciendo registros en algún lugar del mundo, la defensa continuará: porque para quienes hacen vino en el sur, Patagonia no es una marca, es el lugar de donde viene todo.
El vino como viaje: bodegas, viñedos y destino enoturístico
Hay un momento en que el vino deja de estar dentro de una botella. Ocurre cuando alguien llega a la bodega, camina entre las hileras de viñedos, mira el paisaje, se sienta a comer y levanta una copa mientras cae la tarde. Entonces el vino ya no es solamente una bebida. Es el lugar donde nació, las personas que lo hicieron, el paisaje que lo rodea y la experiencia de haber estado allí.
Ana Viola conoce esa transformación desde Bodega Malma, donde reciben visitantes con recorridos guiados, se puede degustar vinos, almorzar en el restaurante y dormir entre viñedos en Aldea de Terruño by Haiku. Los sunsets, cuenta, son parte de una tendencia que viene creciendo y que muestra que hay un público dispuesto a acercarse a las bodegas no solamente para conocer cómo se produce una botella, sino para pasar un buen momento. "La gente busca encontrarse, salir, pasar tiempo al aire libre, venir a un lugar lindo, rodeado de viñedos, disfrutar del paisaje, de la gastronomía y, por supuesto, del vino", cuenta.
El desafío ahora es hacer que esa experiencia tenga una dimensión mayor. La Patagonia vitivinícola no está concentrada en un único valle ni tiene las bodegas a pocos kilómetros unas de otras. Están distribuidas en distintos puntos de una región enorme. Por eso, recorrerlas implica planificar un viaje más largo. "Cuando hablamos de la Ruta del Vino siempre decimos lo mismo: es un camino muy largo", explica Viola. Lo que en otras regiones puede resolverse en una escapada corta, en Patagonia requiere tiempo, kilómetros y ganas de descubrir.
Pero esa distancia también puede convertirse en parte del atractivo. El viaje entre una bodega y otra atraviesa una Patagonia distinta, donde el vino puede convivir con la cordillera, la estepa, los ríos, el mar, la gastronomía y los pequeños pueblos. Para Viola, falta todavía consolidar esa mirada y conseguir que el enoturismo deje de ser un atractivo complementario para ocupar un lugar propio dentro de la oferta turística. "Hoy, cuando uno piensa en Neuquén, Río Negro o Chubut, enseguida aparecen la cordillera, la nieve o el mar. Nosotros creemos que el enoturismo también tiene que ocupar ese lugar", sostiene.
Para que eso ocurra, dice, hace falta comunicación, promoción y acompañamiento institucional. En las bodegas, mientras tanto, la respuesta del público ya ofrece una señal: los eventos convocan, los visitantes participan y cada encuentro alrededor del vino se transforma en una experiencia compartida.
La nueva cosecha: más mercados y nuevas formas de brindar
Pero mientras afuera se disfruta, adentro el viñedo sigue su calendario. En estos días, en Bodega Malma están en plena poda, una de las tareas fundamentales del ciclo productivo. Este año el trabajo se demoró un poco por las lluvias. No es una tarea que pueda hacerse a cualquier costo: la poda es manual y, con bajas temperaturas y suelo mojado, la decisión es esperar. Cuando el clima no acompaña, se aprovecha el tiempo para mantener talleres, reparar instalaciones, acondicionar estructuras y avanzar con los postes y otros elementos del viñedo.
Después, cuando vuelve una ventana de buen tiempo, las cuadrillas regresan a las hileras. Es un trabajo silencioso y preciso que ocurre mucho antes de que una botella llegue a una mesa de restaurante o a la copa de un visitante. Mientras tanto, dentro de la bodega continúa otra parte del ciclo: la conservación de los vinos, el embotellado y la preparación de las exportaciones.
Y allí aparece otro desafío. El mundo está consumiendo menos vino, aunque Viola observa señales que permiten mirar el escenario con algo más de optimismo. Viola observa una reactivación tanto en Argentina como en el exterior y un repunte en los pedidos, pese a un contexto internacional atravesado por conflictos, guerras y cambios económicos. "Aun con ese contexto, vemos señales positivas y un renovado interés por el vino argentino, algo que se refleja en la demanda que está teniendo nuestra bodega", cuenta.
Tendencia: Vino sin alcohol
Al mismo tiempo, el consumidor está cambiando. Hay quienes buscan vinos con menor graduación alcohólica y también quienes directamente quieren disfrutar de una experiencia sin alcohol. En Bodega Malma todavía no tienen un producto de ese tipo, pero están haciendo pruebas. "Hay que tener en cuenta que el vino sin alcohol no se elabora de una manera distinta desde el comienzo. Primero se hace un vino tradicional y, una vez terminado, pasa por un proceso de desalcoholización. Hemos probado algunos blancos y espumantes que lograron muy buenos resultados".
Hay una escena que resume esa nueva manera de pensar la experiencia: la persona que llega manejando. En la bodega buscan que también tenga su propio momento. Bebidas especiales, regalos o propuestas diferentes forman parte de las alternativas que preparan para quienes conducen. "No queremos que quien maneja sea el que menos disfrute de la experiencia", explica Viola.
Es una pequeña decisión, pero habla de un cambio más grande. El vino patagónico ya no se piensa solamente desde el viñedo, la botella o el mercado. También desde el viaje, desde la mesa, desde el paisaje y las personas que llegan a conocer el lugar donde todo comienza. La Patagonia que se presenta al mundo con sus montañas, sus lagos, su mar y sus grandes distancias empieza a sumar otra postal: una copa frente a los viñedos, el sol que cae sobre las hileras y una ruta larga que invita, justamente, a seguir viaje.