La batalla de “farmear aura” en Paraná que reavivó un debate incómodo: ¿por qué tanto odio hacia los jóvenes?

¿Por qué una moda juvenil en una plaza genera tanto odio? La batalla de “farmear aura” en Paraná reavivó un debate que expone la intolerancia. Los detalles que nadie cuenta.

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La batalla de “farmear aura” en Paraná que reavivó un debate incómodo: ¿por qué tanto odio hacia los jóvenes?
La batalla de “farmear aura” en Paraná que reavivó un debate incómodo: ¿por qué tanto odio hacia los jóvenes?

La primera batalla de “farmear aura” en Paraná no solo convocó a decenas de jóvenes en un espacio público, sino que también desató una ola de críticas y burlas en las redes sociales. El rechazo fue tan intenso que reabrió una pregunta que parece cíclica: ¿por qué tanto odio hacia las nuevas formas de diversión juvenil?

El fenómeno, que nació en el lenguaje de internet, los videojuegos y el animé, combina el término “farmear” –usado para acumular recursos– con “aura”, asociada al carisma o la presencia. Con el tiempo, dejó de ser solo una tendencia virtual y se trasladó a las plazas, donde los jóvenes se reúnen, compiten y realizan desafíos frente a un público que también participa del juego.

¿Qué es “farmear aura” y por qué genera tanto rechazo?

La llegada de estas batallas a los espacios públicos contradice uno de los reproches más frecuentes hacia los adolescentes: que viven pegados a las pantallas y no salen de sus casas. Sin embargo, cuando un grupo de jóvenes efectivamente se encuentra en una plaza, realiza actividad física y crea su propio entretenimiento, la crítica aparece por otros motivos.

Para algunos, “farmear aura” es una moda absurda y pasajera. Para otros, es una forma de socialización que permite a los adolescentes encontrarse y divertirse fuera del ámbito digital. En medio de esa discusión, hay una cuestión central: una práctica no tiene que ser comprensible para todos para que quienes la realizan tengan derecho a disfrutarla.

Pero la reacción en las redes mostró una cara preocupante: junto con los videos de las batallas aparecieron insultos, burlas y hasta comentarios que reivindicaron el bullying como respuesta. La contradicción es evidente: durante años se luchó contra el acoso escolar, y ahora algunos justifican la humillación hacia lo diferente.

De los floggers a “farmear aura”: cambia la moda, no el prejuicio

La historia demuestra que esta reacción no es nueva. A fines de los años 2000, los floggers fueron una de las expresiones más visibles de la cultura adolescente argentina. Sus chupines de colores, peinados particulares y el uso de Fotolog despertaron tanto entusiasmo como rechazo. Se los acusó de narcisistas y superficiales, y las diferencias con otras tribus urbanas derivaron en enfrentamientos y violencia.

Con el tiempo, aquella moda perdió protagonismo y quedó como una postal de una época. Lo que algunos presentaron como una amenaza cultural terminó siendo simplemente una forma mediante la cual una generación construyó su identidad. Algo similar ocurrió con los emos, los punks y los cumbieros.

Hoy la dinámica se repite con nuevos protagonistas: las tendencias de TikTok, los gamers, los otakus y los llamados therians. Cambian las plataformas, la ropa y el vocabulario, pero permanece una necesidad propia de la adolescencia: encontrar pertenencia y diferenciarse.

¿Cuál es el verdadero límite?

Quizás sea necesario preguntarse si cada nueva moda juvenil representa un problema real o si simplemente estamos frente a formas de expresión que no reconocemos. No todo lo que hacen los jóvenes tiene que ser productivo ni responder a una finalidad concreta. Reunirse, competir y divertirse también forma parte de crecer.

Eso no significa que cualquier conducta deba ser aceptada. Existen límites claros cuando aparecen la violencia, el acoso, la discriminación o la destrucción del espacio público. Pero establecer esos límites es muy diferente de considerar que una práctica merece ser atacada solo porque resulta extraña.

La diferencia se vuelve crucial cuando aparece la reivindicación del bullying. Cuestionar una moda es una opinión; defender la humillación como mecanismo de corrección es otra cosa. Una sociedad que trabajó para combatir el acoso no debería convertirlo nuevamente en una herramienta de castigo.

El fenómeno de “farmear aura” puede ser leído como un espejo de la relación entre los adultos y las nuevas generaciones. Los jóvenes no tienen la obligación de reproducir las costumbres de quienes fueron adolescentes antes. Cada generación construye sus propios códigos, y con el tiempo muchas de esas prácticas desaparecen.

Es probable que dentro de algunos años “farmear aura” quede atrás y que sus participantes lo recuerden con vergüenza, humor o nostalgia. Eso también forma parte de crecer. Lo que debería preocuparnos es que una moda pasajera se convierta en justificación para la humillación colectiva.

Los floggers pasaron, como pasaron otras tribus urbanas. Las plataformas cambian y las tendencias seguirán cambiando. Lo que permanece es la necesidad de los adolescentes de encontrarse y construir una identidad propia.

Frente a una plaza llena de jóvenes participando en una actividad que puede parecernos absurda, la pregunta más razonable no es por qué no se comportan como nosotros, sino si realmente están haciendo daño. Si se reúnen, comparten con amigos y ocupan un espacio público sin perjudicar a terceros, quizás haya en esa escena una dimensión mucho más saludable de la que estamos dispuestos a reconocer.

El límite no debería estar determinado por cuánto nos gusta una moda, sino por sus consecuencias concretas. La discusión sobre “farmear aura” puede desaparecer tan rápido como apareció. La pregunta que quedará es más profunda: si somos capaces de aceptar que una nueva generación construya sus propias formas de diversión sin que cada diferencia sea interpretada como una amenaza.

Porque una cosa es no entender a los jóvenes. Otra, muy distinta, es creer que por eso tenemos derecho a humillarlos.

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