La batalla secreta de Milei: el punto débil que amenaza con voltear su plan económico
Mientras los números macro muestran una dirección, una batalla subterránea por la percepción se intensifica. ¿Está el gobierno ganando la guerra económica pero perdiendo el relato frente a un “país real” que siente el costo? Los detalles del debate que define el futuro del plan.
La estabilización económica del gobierno de Javier Milei enfrenta una creciente preocupación por sus costos en la industria y el empleo, y el tiempo que llevará domar la inflación. Comparaciones con los años 90 surgen, pero en esta ocasión, el Presidente parte de una posición más compleja, con una China dominante y sin la promesa de un frenazo inflacionario inmediato. Lo que está en juego es el consenso social y una batalla cultural que el oficialismo no puede darse por perdida.
Expertos y la opinión pública observan con inquietud los efectos de la apertura económica y la estabilización. La sombra de la convertibilidad de los 90 es alargada, pero la comparación no es del todo justa. Mientras el plan de Carlos Menem y Domingo Cavallo logró un freno instantáneo de los precios, hoy se sabe que ese camino está cerrado: bajar la inflación llevará años.
¿En qué se diferencia el plan actual del de los 90?
Sin embargo, el análisis no es tan sombrío. En al menos dos aspectos fundamentales, la estrategia actual muestra una solidez que le faltó al modelo de los noventa. El primero es el ajuste fiscal. Este no se basa en ingresos extraordinarios como las privatizaciones ni en una toma masiva de nueva deuda, lo que evita acumular bombas de tiempo para el futuro.
El segundo punto fuerte es la política antiinflacionaria. A diferencia de la rigidez de la convertibilidad, el esquema actual no está atado a una regla inmutable. Esto permite correcciones graduales en la ecuación entre tipo de cambio, apertura y reformas, adaptándose a las condiciones políticas y restricciones externas para evitar grandes shocks.
El propio Domingo Cavallo reconoció esta ventaja, sugiriendo al gobierno que la aproveche “antes de que se acumulen más problemas”. Su propuesta de una “nueva convertibilidad” sería, en realidad, una versión ajustada del esquema de competencia entre monedas ya en gestación, con la eliminación del cepo cambiario y menor intervención del Banco Central.
Este camino, según analistas, podría implicar un salto discreto en la cotización del dólar, pero no tan abrupto como el del año pasado. El objetivo sería bajar las tasas de interés y reducir el riesgo país, sumando nuevas locomotoras al crecimiento y frenando la caída en la industria y el consumo masivo.
El debate que va más allá de los números
Junto a esta discusión técnica, gana fuerza un debate más duro y terminante. Se alimenta de la difícil situación de muchos sectores y de que el Gobierno “exageró con sus pronósticos” de una pronta “grandeza nacional”. Aquí resurge la idea de un “país real” opuesto al “país formal”.
Según esta visión, la economía de Milei sería el imperio de abstracciones y reglas que ignoran las condiciones concretas de la gente, las empresas y los consumidores “reales”. Por eso, argumentan, cierran fábricas y se pierden puestos de trabajo, mientras el oficialismo responde con estadísticas y principios económicos generales.
Este fenómeno comenzó con la contraposición entre los datos macroeconómicos “favorables” y las “sensaciones de la micro”, donde esos números no se traducían en beneficios. Recientemente, con cierres de empresas y despidos, la fórmula se profundizó hacia la acusación de una manipulación de datos.
Los indicadores oficiales de crecimiento del PBI, caída de la pobreza y leve baja del desempleo serían refutados, para esta corriente, por las imágenes del “país real” que sufre. Un país que, se afirma, es expresado por el “campo nacional y popular” y sus principios de nacionalismo, proteccionismo y corporativismo.
Es comprensible que el humor social no sea el mejor cuando la mejora no llega a todos al mismo tiempo o con la velocidad prometida. La memoria sobre el pasado es acotada y las malas noticias, como los cierres de plantas, siempre atraen más atención que los datos positivos macroeconómicos.
Además, los costos de las reformas suelen concentrarse en actores con fuerte voz y presencia en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), mientras los beneficios están más difusos y han recaído, hasta ahora, en sectores y territorios periféricos.
El riesgo político y cultural que acecha
Este es el orden de problemas en el consenso social que el gobierno debe administrar con cuidado. El riesgo es que, tras el amplio triunfo electoral del año pasado y los éxitos legislativos, la opinión pública canse y recorte la confianza depositada en el cambio.
Pero hay un peligro aún mayor: la extendida creencia, de raíz populista, de que la “macroeconomía” es una abstracción que usan los gobiernos liberales para engañar y esquilmar a la gente común. Que la macro es “la nueva casta”.
El oficialismo ha usado el populismo políticamente para acorralar a la oposición y económicamente para enfrentar a “empresarios prebendarios”. Sin embargo, camina hacia un posible traspié en la batalla cultural económica si se afianza la idea de que representa una elite de tecnócratas aislada del sentir popular. El gran desafío es evitar que, al consolidar su poder, sea percibido él mismo como “el sistema” que prometió desterrar.