La batalla silenciosa por el significado de jugar: ¿qué hay detrás de las apuestas deportivas?
¿Jugar o apostar? Un debate en Rosario revela cómo las casas de apuestas borran la frontera y se apropian del lenguaje del fútbol. ¿Qué perdemos en el camino?
El último Mundial dejó más que goles y festejos: dejó una pregunta incómoda que pocos se animan a formular. ¿Qué estamos perdiendo cuando apostar se vuelve parte del juego? En un conversatorio realizado en Rosario, un especialista encendió las alarmas sobre una práctica que avanza sin freno entre los más jóvenes.
Hace pocas semanas, la reinauguración de la Biblioteca Leopoldo Marechal del Sindicato del Seguro de Rosario fue el escenario de un debate que prometía hablar de fútbol pero terminó destapando un problema mucho más profundo. El panel, integrado por Kurt Lutman, Ignacio Boggino, Lisandro Urteaga y Gustavo Méndez —secretario general del gremio anfitrión—, sirvió de puntapié para que Brian Tieppo, autor de esta columna, pusiera el foco en un fenómeno que crece a la sombra de los estadios.
¿Cuándo jugar dejó de ser jugar?
Las apuestas deportivas ya no son un hábito de unos pocos. Cada vez más adultos, pero sobre todo adolescentes, incorporan la "combinada" o la apuesta en cadena como parte del ritual de ver un partido. La conversación sobre el juego —cómo jugó un equipo, por qué ganó, qué hizo bien un futbolista— parece haber quedado en segundo plano frente al vértigo de acertar un resultado.
El dato no es menor: no se trata solo de que se apueste más, sino de que esa práctica está modificando la manera en que miramos, hablamos y disfrutamos del fútbol. Y ahí es donde Tieppo detecta una operación deliberada.
La estrategia de las casas de apuestas
Las empresas del rubro invierten millones en borrar la frontera entre jugar y apostar. Sus eslóganes lo dicen todo: "Cuando eres jugador, juegas", "Ganar lo es todo", "¿Cuál es tu emoción?" o "Una apuesta es una decisión. Jugá con el corazón y apostá con la cabeza". Frases que no son inocentes, sino que buscan apropiarse de términos históricamente ligados al deporte —juego, emoción, pasión, victoria— para asociarlos a una actividad cuyo eje es la transacción económica.
La expresión "jugá responsablemente" también entra en la mira. Detrás de su aparente moderación se esconde una definición previa: antes de invitarnos a ser responsables, ya estableció que apostar es jugar. Una equivalencia que, según el autor, está lejos de ser evidente.
¿Qué queda del juego cuando entra el dinero?
Jugar implica incertidumbre, imaginación, gratuidad, encuentro. Hasta la posibilidad de perder sin que esa derrota sea otra cosa que el final momentáneo de una experiencia. Pero cuando el dinero interviene, ganar y perder dejan de significar lo mismo. La lógica del rédito económico corrompe la esencia del juego.
Y aquí aparece otra palabra naturalizada: "casas de apuestas". Tieppo recuerda que Francisco habló de "casa común" para referirse a aquello que compartimos y debemos cuidar. La casa remite a pertenencia, protección, vínculos, memoria. Resulta paradójico que el mismo término se use para nombrar empresas cuyo vínculo con el cliente es puramente económico.
La disputa, entonces, no se reduce a regular una actividad. También supone discutir las palabras con las que esa actividad busca legitimarse y ocupar un lugar cotidiano en nuestras vidas. Porque lo que está en juego es el propio significado de jugar. Defender aquello de primitivo y espontáneo que existe en el juego; esa acción que no necesita justificar para qué sirve, cuánto vale ni qué beneficio produce.
En esta batalla por el sentido de las palabras, habrá que definir con precisión quiénes están del otro lado: qué empresas, plataformas, intereses económicos, publicitarios y deportivos conforman ese conglomerado que intenta apropiarse de nuestras emociones y arrebatarnos, casi sin que lo advirtamos, aquello tan elemental y profundamente humano que existe en el simple hecho de jugar.