La carta del petrolero (Primera parte)
¿Qué llevó a un joven catamarqueño a dejar su tierra y enfrentar el frío patagónico? La historia de Ramón, un petrolero que encontró en el Sur una oportunidad, pero también una soledad que lo marcó para siempre.
Una historia que resume miles de vivencias: Ramón, un catamarqueño que dejó su tierra para buscar un futuro en el lejano Sur, y que encontró en el petróleo una oportunidad que transformó su vida.
Todo comenzó el 13 de diciembre de 1907, cuando en Comodoro Rivadavia, provincia de Chubut, se originaron sucesos que iban a repercutir con fuerza en todo el país y especialmente en Catamarca. Desde 1905 ya había catamarqueños en esa zona, como Don Juan Paulo Ávila, de La Puntilla, Tinogasta, pero nada hacía prever que masivamente viajarían los norteños a poblar la helada región sureña. Cuando en 1916 se decidió argentinizar La Patagonia, fueron los catamarqueños los primeros en cumplir ese rol, y luego llegaron de casi todas las provincias argentinas.
La historia de Ramón
Ramón nació y creció en un rincón de Catamarca donde el sol caía con fuerza durante el día y las noches traían un frío seco que calaba los huesos. En medio de ese clima hostil, pensaba en su futuro. La única salida laboral que se repetía anualmente era la zafra, trasladarse a Salta, Jujuy o Tucumán, pero se trabajaba mucho y se ganaba muy poco, y los capataces se quedaban con el dinero de los zafreros.
Desde niño aprendió a manejar el arado, la pala, el hacha, el machete y la horquilla, a afilar la hoz y a reparar los instrumentos sencillos con los que se trabajaba la tierra. Vestía ropa de tela gruesa y con visibles remiendos, especialmente un poco más arriba de las rodillas, señal de que era un hombre guapo, pues en ese lugar se apoya la pala para darle más fuerza y profundidad. Calzaba alpargatas que él mismo remendaba cuando se rompían o gastaban.
Las oportunidades eran pocas en el pueblo, el dinero escaseaba y el futuro parecía repetir siempre lo mismo: trabajo duro y ganancias apenas suficientes para comer. Por eso, cuando llegaron noticias del Sur del país de que estaban abriendo los grandes yacimientos de petróleo y que YPF buscaba hombres trabajadores, no lo dudó.
El viaje a lo desconocido
En silencio preparó su viaje, se despidió de sus parientes con un abrazo breve, cargó su pequeña valija de cartón con ropa limpia y unas cuantas provisiones, y emprendió el viaje a lo desconocido, que duró días y días, mientras el corazón le latía con fuerza. Cruzó llanuras interminables, ríos caudalosos y territorios que parecían no tener fin, hasta que finalmente llegó a la tierra inhóspita y solitaria de Comodoro Rivadavia, donde la lengua criolla poco se escuchaba.
Lo primero que sintió al poner un pie en esas frías tierras fue el viento constante y fuerte que soplaba desde el mar, llevando consigo el olor a sal y tierra húmeda. Comparó al viento patagónico con el Zonda que él conocía, y en silencio se respondía: "no tiene nada que ver, el nuestro es cálido, en cambio este, este, es muy frío". El paisaje era extraño, sin árboles altos, sin valles verdes, sólo llanuras extensas cubiertas con pequeñas matas y un cielo amplio y grisáceo. Ramón miraba al cielo y le resultaba indescifrable, no podía advertir el clima que se avecinaba, como sí lo hacía en su pago natal.
El frío era muy distinto al de su tierra, más húmedo y penetrante. "Esto es otro mundo", se decía a sí mismo, mientras se frotaba las manos para entrar en calor. Cuando llovía, él paraba y se refugiaba, pero luego se dio cuenta de que nadie para, que la vida continuaba bajo la lluvia. La diferencia era que no contaba con la ropa adecuada, pero pensaba: "si llegué hasta aquí, no me va a parar esta agüita", y seguía.
Trabajo en los pozos petroleros
Un pariente lo albergó en su casa hasta que empezara a trabajar, cosa que comenzó a buscar apenas terminaron los saludos, pues a eso había venido y, además, no era ningún flojo. Empezó a trabajar de inmediato en los pozos petroleros, en boca de pozo, su nuevo lugar diario. Todo era nuevo para él: las herramientas eran de gran tamaño y muy pesadas, con nombres que nunca había escuchado, las máquinas hacían ruidos fuertes y constantes, capataces rubios y altos daban órdenes poco entendibles, y las jornadas se extendían desde el amanecer hasta que ya no había luz.
Y aún con el frío reinante, en camiones sin protección se viajaba, bien tapados con lo que había y bien acurrucados, pegados unos a otros, en la caja del camión como ganado se los veía. Más de una vez llegaban cubiertos de nieve, pero nadie se quejaba. "¿Cómo se llama esta herramienta, amigo?", preguntaba con humildad a los que ya habían recorrido el camino que a él le tocaba empezar. "Esa es la llave de tubo", le respondían, "tené cuidado, pesa mucho y es muy riesgoso su manejo".
Le costó mucho adaptarse. Hubo días en los que volvía a la residencia para solteros con los brazos doloridos y la espalda cansada, y pensaba: "¿valdrá la pena estar tan lejos de todo lo que conozco?". Pero cuando cobraba su sueldo, comprendía que sí, recibía mucho más de lo que jamás hubiera podido ganar en su pueblo. Con ese dinero compró ropa más abrigada y, con el tiempo, también un traje de buena tela y unos zapatos de cuero.
Aunque seguía vistiendo ropa de trabajo para concurrir diariamente a cumplir con su tarea, en sus horas libres le gustaba ponerse ese traje y caminar un poco por las calles, especialmente por calle San Martín, la más céntrica, pasar frente al Coliseo sintiendo que su esfuerzo le daba dignidad e independencia.
La soledad y el recuerdo de su tierra
Sin embargo, la soledad era su compañera más fiel. En la vivienda colectiva, conocida como la gamela de los solteros, había muchos hombres, pero cada uno venía de lugares distintos y guardaba sus propias historias. Ramón nunca lo dijo, ni lo reconoció, pero más de una vez una lágrima surcó su rostro, una lágrima que contenía todo su sentir, pero se la secaba con el dorso de la mano y seguía.
Las noches que no trabajaba se hacían largas. Después de cenar, se sentaba en el borde de la cama, profundizando su pensamiento, miraba por la ventana cómo el viento movía las chapas sueltas de los techos, y su pensamiento volaba hacia el Norte. Y más de una vez, cuando recordaba la vida en su pago, los amigos, las salidas, las bromas que se gastaban, el corazón le latía con más fuerza, porque le parecía ver la pulpería de su pueblo, la cancha donde jugaban al fútbol, que no tenía ni una planta de césped y cuando corrían una polvareda los seguía, pero para él a la distancia era la mejor.
A pesar de que había regresado a su pueblo de vacaciones, le costó volver al Sur, pero sabía que no podía fallar ni al trabajo ni a su vida. Porque si hubo algo que le hicieron notar en el pueblo sus familiares y amigos, es el gran cambio que había tenido, especialmente su situación económica.
Pero más allá de que su cuerpo estaba en La Patagonia, el corazón seguía latiendo y sintiendo en Catamarca. Las soledades lo acompañaban fuera donde fuera, y cuando cerraba la puerta de su habitación volvía una y otra vez el recuerdo de su pueblo, su gente...