La casa que habla: el misterio que Selva Almada esconde en su nueva novela
¿Qué secretos guardan las paredes de una casa abandonada durante diez años? Selva Almada le da voz al silencio en una novela donde la naturaleza y la memoria se entrelazan con los conflictos más urgentes del campo argentino. Una historia que sigue resonando mucho después de leer la última página.
La escritora argentina Selva Almada presenta “Una casa sola”, su cuarta novela, en un encuentro en la emblemática librería El Ateneo. La trama gira en torno a una vivienda que, tras una década de abandono, toma la palabra para narrar la desaparición de sus habitantes. La obra se publica casi al mismo tiempo que “Nuestra Tierra”, el primer documental de Lucrecia Martel, con quien Almada comparte una mirada sobre realidades argentinas que suelen quedar fuera de la agenda nacional.
La novela se sitúa en una casa del espinal. Sus moradores, la familia de Lucero, desaparecieron dejando todas sus pertenencias atrás. Con el tiempo, los perros se marcharon hambrientos y la naturaleza comenzó a reclamar el espacio. La narradora es la propia casa, que guarda memoria de un pasado violento con gobernadores abusivos, guerras y sangre.
Almada revela que la voz de la casa no fue la idea inicial. “Las primeras escenas que había escrito eran con un narrador en tercera”, explica. El proyecto surgió durante una residencia en Francia, con la idea de escribir sobre una vivienda vacía desde hacía diez años porque la familia había desaparecido.
¿Una novela política o policial?
La autora reconoce que la conciencia de clase apareció enseguida en el proceso creativo. La casa no es una estancia, sino la vivienda de un puestero, gente trabajadora que depende de un patrón. “Me dieron ganas de seguir atrás de eso”, afirma.
La historia amaga con convertirse en un relato policial, pero nunca se concreta. La desaparición de la familia pone en evidencia la connivencia entre el poder, la policía y la justicia. “¿Por qué esta familia hace 10 años que está desaparecida y no hay ningún rastro? Bueno, porque está la connivencia con la policía, con los jueces”, señala Almada.
La escritora entrelaza temas urgentes de la realidad argentina, como la situación de semi esclavitud que aún viven muchos trabajadores rurales. “No es raro escuchar cada tanto sobre un grupo peones golondrinas que vivían en condiciones miserables”, comenta, destacando que esta realidad “ha cambiado demasiado”.
El compromiso sin panfletos
Para Almada, los temas de coyuntura aparecen naturalmente en la literatura. “Todo lo que se viene discutiendo en estos años, desde la quema de los montes hasta el tema de los glaciares y la minería, empieza a aparecer”, sostiene. Sin embargo, advierte sobre el riesgo del panfleto.
“El trabajo de un escritor es justamente dejar entrever determinadas preocupaciones que tiene fuera de la literatura, pero bajo las formas de la literatura”, explica. Como lectora, confiesa que el panfleto la aleja, incluso cuando está de acuerdo con su mensaje.
La novela está impregnada de un vocabulario campero: matrero, malentrazado, guasquiar, bicherío. Almada buceó en la literatura gauchesca, en Ascasubi y en el Martín Fierro, e incluso encontró una compilación de adivinanzas del Río de la Plata de finales del siglo XIX.
Almada, conocida por la brevedad de sus novelas, asegura que “Una casa sola” es un texto condensado. “Se sigue desplegando una vez que terminás de leerla”, promete. La autora presentará la obra en Madrid y Barcelona antes de regresar a la Argentina para ser oradora inaugural de la Feria del Libro de Buenos Aires, junto a Leila Guerriero y Gabriela Cabezón Cámara.
La novela se erige como un relato que desafía la romanticización del campo, mostrando en su lugar la fuerza poética del monte nativo que reclama su espacio. Es una historia donde el misterio de una desaparición familiar sirve de espejo para reflejar conflictos sociales profundos y persistentes en el interior del país.