La crisis silenciosa que está borrando un símbolo de los barrios: ¿Podrán sobrevivir los kioscos?
Más de 50 kioscos cierran por día en el país en una crisis que golpea fuerte a Tucumán. ¿Qué estrategias desesperadas usan los dueños para no desaparecer? La lucha por sobrevivir incluye leyes de exclusividad, combos para estudiantes y una batalla contra costos que se vuelven asfixiantes.
Una verdadera sangría está vaciando las esquinas del país. En un fenómeno que golpea con fuerza a Tucumán, más de 36.000 kioscos cerraron en dos años, una tasa de desaparición que amenaza con extinguir un comercio histórico. La lucha por subsistir lleva a estrategias desesperadas y un debate urgente sobre su futuro.
Según datos de la Unión de Kiosqueros Argentinos (UKRA), el ritmo de cierre es alarmante: alrededor de 50 locales dejan de funcionar cada día en todo el territorio nacional. Los comerciantes se encuentran atrapados en una trampa financiera donde subir precios ahuyenta a una clientela con el bolsillo debilitado, pero mantenerlos los lleva a una descapitalización lenta e inevitable.
¿Por qué ya no son los reyes del barrio?
El kiosco tradicional perdió su ventaja más grande: la exclusividad. Productos que antes solo se conseguían allí, como golosinas, cigarrillos o gaseosas, hoy se ofrecen en supermercados, farmacias y una multiplicidad de comercios. A esta competencia desleal, desde su perspectiva, se suma el avance de las grandes cadenas del rubro.
La UKRA es contundente al medir el impacto: cada apertura de un local de cadena puede provocar el cierre de entre cinco y siete kioscos tradicionales en la zona. Frente a esta embestida, la entidad impulsa con fuerza una “ley de proximidad” que impida instalar un nuevo kiosco a menos de 100 metros de uno ya existente.
Además, reclaman una normativa que les devuelva la exclusividad en la venta de ciertos productos. “Si a nosotros no nos permiten vender medicamentos o carne, entonces que otros comercios tampoco vendan nuestros productos”, argumentó Ernesto Acuña, vicepresidente de la agrupación.
La batalla por sobrevivir en las calles tucumanas
La crisis nacional se replica con crudeza en la provincia. En el microcentro de San Miguel de Tucumán, los kiosqueros despliegan ingenio y diversificación para no caer. Iván Maidana, dueño de un local en calle Salta 213, tuvo que reinventar su negocio.
Ahora, junto a los productos tradicionales, ofrece fiambres, panchuques, artículos de panadería y de almacén. Maidana detalla la extrema sensibilidad del cliente actual: una diferencia de apenas $100 en el precio de un producto puede decidir que la compra se haga en la esquina de al lado.
Cerca de allí, Jonathan Lazarte apunta a un público clave: los estudiantes. Para atraerlos, arma combos accesibles, como panchos con gaseosa, pensados específicamente para el presupuesto escolar. La estrategia ya no es solo vender, sino crear ofertas que resuelvan una necesidad con precios ajustados.
Hasta la logística cambió. Las compras por pallet o cajas cerradas son un recuerdo para muchos. El abastecimiento hoy se hace mayormente por fardos o cantidades fraccionadas, una modalidad que incrementa el costo final de cada producto y reduce aún más los magros márgenes.
Los costos que asfixian: alquiler, luz e impuestos
Marcelo Carmena, propietario de Tucumán Kiosko y McKio, señala los factores que están matando al sector. “La caída del consumo responde a una crisis económica y al incremento de cargas como el IVA y los servicios”, explica. Pero hay más.
Los costos fijos se han vuelto un enemigo formidable. Los alquileres en zonas céntricas y las tarifas de electricidad crecen a un ritmo que la rentabilidad del kiosco no puede seguir. “Cuando esos costos se vuelven demasiado altos, los kioscos se descapitalizan. Y cuando eso sucede, muchas veces no queda otra opción que cerrar”, sentenció Carmena.
Este escenario ha acelerado los cierres desde principios del año pasado, afectando con dureza a los locales en puntos comerciales clave, donde justamente los gastos fijos son más elevados. La consecuencia es un panorama donde predominan los negocios atendidos solo por sus dueños, con horarios recortados y sin empleados, en un intento último por reducir gastos.
Aún en este desierto, surgen algunos brotes verdes. “Laut Market”, inaugurado en diciembre pasado también sobre la calle Salta, es un ejemplo de un nuevo emprendimiento que busca abrirse paso. Su apuesta se basa en una administración rigurosa y en el fraccionamiento de golosinas para atraer a quienes buscan gastar poco sin perder variedad.
La pregunta que flota en el aire es si estas medidas serán suficientes. Con un ritmo de 50 cierres diarios, el reloj corre en contra de un ícono del paisaje urbano argentino, cuya supervivencia pende de un hilo cada vez más delgado.