La drogas, los alambres y la plancha: el infierno que vivió una joven de Río Gallegos en manos de su ex

Una joven de Río Gallegos logró escapar de su expareja, que la mantenía cautiva con alambres y la drogaba para someterla. La causa está en manos de la Justicia de Santa Cruz, pero su mayor miedo es que la imputada se declare inimputable y quede libre.

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La drogas, los alambres y la plancha: el infierno que vivió una joven de Río Gallegos en manos de su ex
La drogas, los alambres y la plancha: el infierno que vivió una joven de Río Gallegos en manos de su ex

Yamina tiene 23 años, una contextura menuda y las marcas de una violencia que la tuvo al borde de la muerte. La semana pasada logró escapar de su expareja, K. Romero, una mujer con formación militar que la mantuvo cautiva durante dos semanas de agosto, atada con alambres a una escalera o a la cama, drogada contra su voluntad y bajo amenaza permanente de muerte.

Refugiada en el cariño de su familia, la joven recibió a La Opinión Austral en su casa de Río Gallegos y repasó el calvario que le tocó atravesar. Con la decisión de no quedarse de brazos cruzados, ya busca abogados para avanzar con la causa: “Estoy avanzando en todo, estuve buscando abogados”, contó.

Las heridas en brazos y piernas todavía demandan curaciones diarias. “Ando con tema de curación, me curan en mi casa las heridas porque he tenido bastantes cosas que recuperarme de los brazos y las piernas, pero hasta ahora bastante bien”, explicó con una voz que por momentos temblaba.

El impacto de haber esquivado la muerte la golpeó de lleno. “Solo un día fue que me sentí un poquito decaída de que volví a la realidad de que estoy viva, ¿pero a qué costo?, dije yo”, recordó. Y sintetizó: “Fue un baldazo de agua fría, pero de a poquito se va mejorando”.

Del contacto en redes al encierro

La relación empezó como tantas otras, por Instagram. “Todo se dio por base a Instagram, que éramos conocidas”, relató Yamina. La conexión parecía segura porque Romero era compañera de un hermano de corazón suyo, que le había asegurado que no había nada malo en ella. “Pero que me fije igual porque muchas chicas dicen ser una cosa y son otra”, advirtió.

Al principio no hubo señales de alarma. “No me dio alarma de nada, entonces nos llevábamos bien y era para amistad la cosa, pero se fue dando más para una relación”. El cambio llegó entre octubre y noviembre: “Se empezó a poner más fea la cosa: empezaron los celos y las prohibiciones más que nada con mi familia y con mis amigos”.

Los celos se convirtieron en un cerco que fue aislando a Yamina de todos sus afectos. “No le gustaba que la gente se acerque, no le gustaba que yo comparta con mi familia, era hasta con mis hermanos por la relación que yo tengo con ellos”, detalló. Romero insistía en que los hermanos no debían tener ese vínculo: “Ella siempre apuntaba como que mis hermanos no tenían por qué llevarse así conmigo porque la familia tiene que estar de lejos no más”.

La manipulación era calculada. “Ella veía cómo era todo mi día a día e intentaba cambiarlo tratando de hacer que haga otras cosas”, explicó. Y agregó: “Tenía días específicos que veía a mis amistades de años, y como a ella no le gustaban esos días, hacía que le dolía algo o que pasaban cosas en su casa para que fuera a verla”. El resultado fue el aislamiento total: “Desde ahí fue encerrándome más a no ver a nadie y solo verla a ella”.

La convivencia y el perfil de la agresora

La pareja se mudó a una vivienda en Doctor Boris Gós, prestada por un amigo de Romero, después de un conflicto en la casa de Yamina. “Nos fuimos a convivir a Doctor Boris Gos en octubre porque provocó un conflicto en mi casa con mi mamá por el tema de la orientación sexual”, contó. Aunque su madre terminó aceptando la relación, la presencia de Romero en la vida de su hija nunca le cerró. “Tuve otras parejas mujeres que mi mamá conoció y nunca reaccionó así, solo con ella fue el tema”, recordó Yamina. “En su momento pensó que era por su estado de madre protectora, pero se ve que había algún trasfondo que yo no veía”.

En la nueva casa, el control se profundizó. “Al principio, era paz de estar tranquila, pero después empezaron los reclamos de por qué me mandaban mensajes o por qué mis amigos me querían ver”, relató. La manipulación psicológica se volvió constante: “Me hacía sentir culpable de querer ver a mis amigos y me cuestionaba si no le era suficiente para estar con ella”.

Romero tenía un pasado que después usaría como herramienta de sometimiento. “Ella trabajó en el Ejército, le dieron la baja por mala conducta con su exesposa e intentó entrar a la policía, pero no le dio el psicológico”, reveló Yamina. A pesar de ser más pequeña físicamente, la fuerza y las habilidades marciales le daban una ventaja brutal: “Ella era mucho más chica que yo en cuerpo y contextura, pero tenía mucha más fuerza y habilidades que yo no tenía”. Su táctica era demoledora: “Lo que hacía era dar golpes bajos para bajarte a su altura y ahí ella tenía todo el control”.

La escalada de torturas

El nivel de violencia alcanzó su punto máximo en marzo de este año, en la casa de Boris Gós. “Ocurrió en la casa de Boris Gós en marzo de este año, un día antes del cumpleaños de mi nena”, precisó. El detonante fue la intolerancia a que Yamina siguiera asistiendo al CEPARD: “Ella estaba enojada porque yo seguía yendo a una actividad en el CEPARD y no le gustaba que mis compañeras me acompañaran a mi casa”.

Esa noche, la violencia verbal se transformó en tortura. “Esa noche se levantó enojada, empezó a pegar, agarró un cuchillo de la cocina para amenazarme y me clavó un destornillador en el brazo”, narró. Romero justificó el uso del destornillador con una frialdad estremecedora: “Me dijo en calma que era más fácil que entrara un destornillador que un cuchillo”.

Luego vino una amenaza aún más aberrante. “Dejó el cuchillo y me dijo: ‘Si vos te querés ir, te vas ahí, pero cuando yo te termine de quemar los pechos con una plancha’”, recordó. La tortura se ejecutó: “Me terminó atando de brazos para quemarme con la plancha porque me había pegado golpes en la cabeza y en las costillas que no me dejaban respirar”. Durante el ataque, la amenaza médica era aterradora: “Me dijo que me quemaba un segundo o me quemaba hasta donde ella quisiera y no sabía si recuperaría los pechos”.

Todo ocurrió delante de la hija de Romero, que estaba presente. “Todo esto ocurrió viéndolo su nena, que estaba presente durante todo el proceso”, contó Yamina. Después, la agresora cambió de actitud abruptamente: “Después volvió a actuar tranquila y me dijo que fuera a ducharme, que ella me curaba”.

Atada con alambres y sedada

Yamina fue descubriendo los antecedentes de Romero con el tiempo. “Tiene un trastorno derivado por su psicóloga, pero ya era agresiva con sus exparejas anteriores”, señaló. El aislamiento extremo le impidió pedir ayuda antes: “Soy la única que habló, que hizo algo y que sufrió más porque las otras se pudieron alejar y a mí me molestaba a mí o a mi familia”.

El chantaje afectivo fue su principal herramienta de control. “Me tuvo con la amenaza de que si no me quedaba le iba a hacer algo a mis hermanitos más chicos y a mi hija”, relató. La tortura psicológica no daba tregua: “Un día se levantó nerviosa y me dijo que mandó a matar a mi hermano y a mi hija, y me amenazaba con si quería escuchar los audios o ver el video”. Los condicionamientos eran permanentes: “Me condicionaba diciendo que me portara bien o mandaba a matar a mis sobrinos”.

En agosto, la privación de la libertad fue total. “Estuve dos semanas de agosto atada con alambres en la escalera o en la cama, y solo me soltaba para ir al baño o para acostarme”, contó. Para mantener el control físico, Romero recurría al sometimiento químico: “Ella tenía una caja de medicamentos con los que me drogaba metiéndolos en la comida o en el agua para dejarme tonta o en cama y pegarme sin que me pudiera defender”.

Las agresiones incluían humillaciones aberrantes. “Amenazó con violarme con la parte de atrás del mismo martillo con el que me pegó en la cabeza, aunque nunca me agredió sexualmente”, relató. La sentencia de muerte era explícita: “Me dijo directamente que no iba a salir viva de esa casa, que saldría en partes y que le mandaría una parte a mi mamá”. También descargaba su furia contra la hermana de Yamina: “Le tenía un odio tremendo a mi hermana y amenazaba con hacerle vivir el mismo horror”. La joven resumió aquel período como un calvario de múltiples dimensiones: “Sufrí amenazas de muerte constantes, violencia psicológica y suministro involuntario de sustancias”.

La huida desesperada

El terror empezó a resquebrajarse por un detalle inesperado. Un audio en su teléfono le devolvió la noción de la realidad: “Escuché un audio de mi mamá donde de fondo mi nena preguntaba por mí, y ahí pensé que todo lo que me decía era mentira y que me tenía que ir de ahí como fuera”.

Días después, Romero la trasladó nuevamente a la casa de Boris Gós para reafirmar su dominio. “Me llevó a la casa de Boris Gos para mostrarme que todavía tenía el poder de dejarme encerrada”, contó. Allí la violencia volvió a estallar: “Se volvió a enojar pensando en las cosas que habían pasado y me quiso clavar un destornillador otra vez”.

En ese instante límite, Yamina reunió fuerzas para enfrentarla: “Le dije que estaba cansada y que conmigo se terminaba su historia de querer golpear a la gente y hacerse la intocable”. Aprovechando un descuido, logró zafarse y ganar la calle: “Salí del auto y corrí por la calle, donde me ayudó una familia que estaba haciendo un asado afuera”. Romero intentó frenar el escape a los gritos: “Ella me gritaba desde el auto que entrara, pero un chico de la familia salió y llamó a la policía”.

Yamina pidió ayuda urgente a los vecinos: “Pedí que llamaran a mi papá, que es policía, porque necesitaba ver a alguien conocido para irme de ahí”. Al llegar la asistencia médica, el cuadro reflejaba la crudeza de lo vivido: “Llegué al hospital toda golpeada, descalza, en pantalones cortos y sin abrigo en un día con temperaturas bajo cero”. La atención se prolongó durante horas: “Estuve hasta las 3 de la mañana en el hospital con radiografías, curaciones y análisis de sangre y orina”.

El reclamo a la Justicia

Con la causa en manos de las autoridades judiciales de Santa Cruz, el mayor temor de Yamina es que los antecedentes de salud mental de la imputada se usen como estrategia de impunidad. “Espero que la justicia vea las cosas y no la deje hacerse pasar por loca”, pidió. Para ella, Romero medía cada uno de sus actos: “Ella estaba bastante cuerda, escribía todo en su WhatsApp y actuaba así porque se sentía intocable al ver que la policía no hacía nada”. Su pedido a los tribunales es firme: “Espero que esta vez se quede donde tiene que estar y no la metan a un hospital psiquiátrico para que después salga no más”.

Al mirar en perspectiva el calvario superado, Yamina busca transformarlo en una herramienta de concientización y ayuda para otras personas que puedan estar atravesando situaciones similares. “Aconsejo que si tienen una amiga o amigo pasando por esto, no los dejen solos, aunque se los pidan por manipulación de la pareja”, enfatizó. Y ofreció su propio testimonio como canal de escucha: “Cualquiera que necesite ser escuchado o apoyado cuenta conmigo libremente porque sé lo que es estar sola y que nadie te escuche”.

Su experiencia cambió su percepción sobre la empatía y la solidaridad: “Muchas personas te creen y hasta los desconocidos te pueden ayudar más que la gente cercana”. Por eso, guarda un reconocimiento eterno para quienes le tendieron la mano en el momento más crítico: “Estoy profundamente agradecida con la familia de vecinos que me ayudó, me contuvo e incluso fue a declarar como testigos a la comisaría”. Y concluyó conmovida: “No cualquiera te ayuda cuando ve que estás pasando por algo así, y para mí fue un gesto enorme que me reconforta”.

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