La escena de la cachetada que casi nadie quería filmar: el costado oculto del nuevo film que va por el Oscar

La película que representa a Polonia en los premios de la Academia esconde una escena que costó filmar y una decisión del director que cambió la historia real: por qué reemplazó a la esposa de Thomas Mann por su hija Erika.

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La escena de la cachetada que casi nadie quería filmar: el costado oculto del nuevo film que va por el Oscar
La escena de la cachetada que casi nadie quería filmar: el costado oculto del nuevo film que va por el Oscar

Hay una escena en Tierra de mi padre que condensa todo lo que la película quiere decir sobre las heridas de una familia célebre. Sandra Hüller, en el papel de Erika Mann, le da una cachetada a Gustaf Gründgens, el hombre que en la vida real fue su marido antes de convertirse en una de las figuras teatrales más prominentes de la Alemania nazi. Detrás de ese gesto hay una historia de traiciones reales que el film no esquiva.

La película de Pawel Pawlikowski llega este jueves a los cines argentinos y fue elegida para representar a Polonia en los premios de la Academia de Hollywood. En diálogo con LA NACION, la actriz alemana contó cómo fue poner el cuerpo en esta historia que cruza la Segunda Guerra, el exilio y la división de un país.

"Joachim fue tan amable que me costó mucho pegarle en la cara, pero se mostró generoso al permitírmelo, sin usar ningún truco, y lo recibió con gracia en cada toma", relató Hüller sobre Joachim Meyerhoff, su compañero de escena.

Un viaje que la historia no registró así

La trama parte de un hecho concreto: Thomas Mann regresa en el verano de 1949 a una Alemania partida en dos para recibir el Premio Goethe por el bicentenario del escritor. Primero pasa por la Frankfurt capitalista y después por la Weimar comunista, convencido de que su tierra natal, en el fondo, seguía siendo una sola.

Erika, su hija, es uno de los puntos de vista desde los que se mira esa ilusión. Pero el viaje real no fue con ella. "El viaje real ocurrió con Katia, la esposa de Thomas Mann, que no era dramáticamente tan interesante, así que la descartamos y trajimos a Erika, que era muy interesante", admitió el director sin rodeos.

Pawlikowski tampoco respetó la cronología. El suicidio de Klaus Mann, hijo de Thomas y hermano de Erika, es uno de los temas centrales del relato, que además retoma algunas de las lecturas que Mann hizo sobre la muerte en la obra de Goethe. En la vida real, esa muerte ocurrió tres meses antes del viaje; en la película, sigue al protagonista como una sombra inmediata. "Una muerte clave que ocurre temprano en la película en realidad pasó tres meses antes", reconoció el cineasta, que sumó además personajes inventados, como unos nietos de Richard Wagner, para aflojar la tensión con algún golpe de humor.

De un proyecto trunco a la pantalla grande

El film comparte con las obras anteriores de Pawlikowski algo más que rasgos estéticos: Ida (2013) y Cold War (2018) también hurgan en las heridas que la Segunda Guerra deja en el cuerpo de Europa. El director llegó a este proyecto después de que se le derrumbara otro: The Island, una producción que llevaba años de preparación con Joaquin Phoenix y Rooney Mara y que se desarmó semanas antes de empezar a filmar, durante la huelga de actores en Hollywood.

En Cannes, el cineasta explicó por qué eligió, una vez más, mirar al pasado para reflejar el presente: "Estoy perdido. No tengo idea de en qué período estamos, por eso hice una película de época". Y agregó: "La vida es complicada, porque no hay una sola narrativa y somos todos paradójicos de alguna manera".

Una carrera que no para de acelerar

A Erika Mann le pone cuerpo una actriz cuya carrera atraviesa desde 2023 una aceleración poco habitual. Ese año llegó su primera nominación al Oscar por Anatomía de una caída, el drama judicial francés que la consagró, además de un papel secundario en Zona de interés, que se llevó el premio a mejor película internacional.

En 2026 el ritmo no bajó, aunque cambió de forma: Hüller protagonizó películas tan distintas entre sí como dispares en su recepción, unidas por los elogios hacia su trabajo como único denominador común. Entre ellas se destaca Rose, por la que ganó el premio a mejor actriz en el Festival de Berlín, además de Proyecto Fin del Mundo y la reciente Digger.

Hüller no esconde cuál es, para ella, el verdadero lenguaje de su oficio: "Me eduqué en una escuela de teatro, así que este siempre será mi primer lenguaje artístico. Todavía no entiendo nada de filmación, no miro el monitor, no tengo ninguna técnica actoral específica", admitió.

Esa honestidad también se traduce en su manera de responder cada pregunta. No oculta, por ejemplo, que no tuvo ninguna lectura particular cuando se le consulta en qué libros o películas se inspiró para encarar el proyecto. Esa falta deliberada de método la obliga a buscar otro ingreso a cada personaje. Para Erika Mann, dijo, el trabajo fue relacional: entender el vínculo con el padre y con el hermano, "no tanto un retrato de ella" como mujer.

De Hanns Zischler, que interpreta a Thomas Mann, dijo: "Hans es básicamente un regalo para el mundo. Tiene un conocimiento muy amplio sobre la familia Mann, y es escritor él mismo, lo que también lo hace estar destinado a este papel. Hasta se parece físicamente".

De Pawlikowski, en cambio, lo que eligió destacar fue su manera de dirigir: impone "un marco muy estricto" que le deja al actor la tarea de "encontrar libertad en ese pequeño espacio que queda" disponible. "No es alguien que te hable mucho, no te explica tu personaje. Confía en sus actores mil por ciento, y la mayor cantidad de conversación la tiene con su director de fotografía, porque la película arranca desde la imagen".

Algo de eso se nota en el resultado: los encuadres en blanco y negro de Tierra de mi padre llevan la firma del mismo fotógrafo polaco de sus películas anteriores, Lukasz Zal.

Dos Alemanias, un solo Goethe

Esta es la segunda película en la filmografía de Hüller que lidia con las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial en Alemania, después de Zona de interés. Se filmó casi en su totalidad en locaciones reales de Polonia: Alemania ya está demasiado reconstruida para servir de escenario de época, y recrearla digitalmente habría encarecido la producción mucho más que cruzar la frontera. El presupuesto rondó los 11 millones de dólares, alto para los estándares del cine europeo pero lejano de cualquier cifra hollywoodense.

"Para nosotros, como alemanes, ir a lugares en Polonia que fueron alemanes fue muy especial", contó la actriz, y explicó que Pawlikowski y su equipo "elegían lugares que parecían lastimados, todavía heridos por la guerra".

La disputa que retrata el film fue real: en 1949, tanto la Alemania occidental como la oriental reclamaron para sí el legado de Goethe en el bicentenario de su nacimiento, y Mann terminó aceptando el premio en ambos lados, primero en Frankfurt y después en Weimar, zona soviética.

La película no absuelve a ninguna de las dos Alemanias. En la occidental, a Mann se le advierte que su recepción pública se resentirá si cruza a la zona comunista. En la oriental, una escena muestra a un hombre que irrumpe desesperado para denunciar que el régimen silencia a sus opositores: es arrestado ahí mismo, frente a los invitados. Dos sistemas, dos formas distintas de vigilar y castigar lo que se puede decir sobre Goethe, sobre Alemania, sobre uno mismo.

Alemania no llegaría a verse cara a cara hasta la reunificación de 1990, 35 años después de la muerte de Thomas Mann y 41 años después de aquel viaje dividido en dos premios, dos discursos, dos países que insistían en ser uno solo.

Hüller describió lo que más admira de Erika Mann, el personaje que le tocó encarnar: "Lo que más amo de ella es que realmente no le importa lo que la gente piense de ella. Sabe quién es, y si decide ser otra persona, será otra persona. Es una cantidad enorme de libertad y orgullo".

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