La escritora de Roca que desafía los tabúes de la vejez en su nuevo libro
Una escritora nacida en Roca acaba de publicar una novela que pone la lupa sobre la vejez y el deseo. La historia de Clara, su protagonista, expone una realidad incómoda para una sociedad que prefiere no mirar.
Aylín Pitluk, una escritora nacida en Roca, acaba de publicar “No sé de quién son mis manos”, una novela que pone el foco en la vejez y en cómo la sociedad trata a los mayores. La obra, editada por Mandrágora, narra la historia de Clara, una mujer que ve cómo su mundo se achica mientras intenta conservar su autonomía y sus deseos.
La autora, que nació en 1990 en Roca aunque vivió allí solo un año, vuelve a la ciudad con esta propuesta literaria que surge de una pregunta que la acompaña hace tiempo: ¿qué lugar ocupa la vejez en la sociedad? “La vejez es un tema que siempre ocupó mucho mi pensamiento. No en el sentido de la vejez propia, no porque me angustie o me preocupe particularmente, sino como una cuestión más social”, explica Pitluk.
La novela sigue a Clara, una mujer mayor que canta para recordar su infancia, que escucha a su hija Silvia y extraña a su nieta Abril, que emigró a Europa. Mientras tanto, Clara pierde la memoria y la vista, y depende cada vez más de los otros. La historia transcurre en una casa que se vuelve más pequeña a medida que el mundo de la protagonista se angosta.
El origen de la historia
Pitluk aclara que Clara no está inspirada en su abuela ni en una persona concreta, aunque tuvo conversaciones con su abuela para darle raíz al personaje. Los que sí están basados en personas reales son los padres de Clara, inspirados en los padres de su abuela.
La escritora, que es profesora de Lengua y Literatura y trabaja hace quince años como bibliotecaria en la escuela cooperativa Mundo Nuevo de Buenos Aires, asegura que escribir sobre la vejez fue un desafío. “No tengo experiencias cercanas de eso. Mis padres son muy jóvenes; mi mamá todavía no tiene sesenta. En ese sentido, fue un ejercicio de imaginación y también de ponerse en el lugar del otro”, sostiene.
Su libro anterior, “El tamaño del mundo”, ya había explorado el contraste entre el crecimiento de su hijo y el envejecimiento de su abuelo. “Todos vivimos buena parte de nuestra vida con la ilusión de que el mundo es más o menos siempre del mismo tamaño. Perdemos registro de ese momento en el que todo es expansión y de que, en algún momento, se nos va a angostar”, reflexiona Pitluk.
La vejez y el deseo
Uno de los ejes de la novela es el dilema entre la autonomía de Clara y la preocupación de sus hijos por cuidarla. “Me vuelve loca que asuman con semejante descaro que lo único que se justifica porque soy vieja es lo estrictamente necesario”, escribe la autora en un fragmento del libro.
Para Pitluk, la obra no busca resolver esa tensión, sino mostrar cómo socialmente se termina tratando a los viejos “como muebles”. “Hay una cuestión logística, económica y familiar que aparece enseguida y entonces aparece esta idea de reducción de daños. Pero hay otra dimensión, que es la del deseo”, explica.
Clara todavía desea: “Quise ser hermosa y quise bravía, como el mar. Y ahora que ya no soy ninguna de esas cosas me pregunto qué soy”, dice el personaje. La autora destaca que esa fue la verdadera búsqueda del libro: mostrar los mandatos y deseos de las distintas generaciones de mujeres, desde la madre de Clara, que trabajaba en una fábrica, hasta su nieta Abril, que busca otra vida.
También aparece la amistad como un vínculo central, a través de Ángela, una amiga de Clara que murió. “Hay algo de ese modo en el que Clara mira a Abril. No lo dice, pero me gusta leer entre líneas algo de: ‘Ah, todo lo que yo hubiera hecho si hubiera sido de esta generación’”, cuenta Pitluk.
La autora encuentra en su trabajo como bibliotecaria una fuente de esperanza: “En la biblioteca veo eso todos los días: chicos que empiezan a leer y van construyendo una relación con los libros, pero también una relación consigo mismos y con el mundo”.