La grieta que devora la república: ¿estamos perdiendo la capacidad de alternar el poder?
¿Qué pasa cuando la grieta deja de ser una metáfora y se convierte en un mecanismo que destruye la democracia? Un análisis que recorre desde Nicaragua hasta la Argentina de Perón y la actual retórica de Milei contra Lula.
La república se sostiene sobre un pilar silencioso pero vital: la certeza de que el poder no es eterno. Sin embargo, la polarización extrema está transformando la alternancia democrática en una guerra existencial, donde el adversario ya no es un competidor sino un enemigo a exterminar. Un análisis del abogado Mario Alfredo Luna, expresidente del Concejo Deliberante de Jáchal, advierte sobre los riesgos de esta deriva.
¿Qué es la alternancia y por qué importa?
En una república constitucional, la periodicidad de los mandatos y la posibilidad real de que distintas fuerzas se turnen en el gobierno son las salvaguardas de la libertad civil. Cuando el sistema funciona, la alternancia es un hecho ordinario, previsible. Pero la grieta ha infectado ese engranaje: ahora el triunfo propio se vive como la fundación definitiva de la comunidad, y la derrota, como la extinción histórica del propio espacio.
Bajo este esquema, la rotación de partidos deja de ser una opción democrática y se convierte en una catástrofe o una traición. Los mecanismos de control recíproco y los contrapesos parlamentarios pasan a ser obstáculos que deben removerse. El objetivo ya no es persuadir a una mayoría, sino construir una hegemonía que clausure para siempre la viabilidad del rival.
Nicaragua: el caso extremo de supresión de la alternancia
El ejemplo más drástico en Latinoamérica es el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua. Allí, la alternancia ha sido formal y materialmente suprimida mediante el uso monopolístico de la fuerza estatal y una reconfiguración punitiva del orden jurídico. El gobierno no compite dentro del sistema: ha convertido al Estado en un instrumento de persecución total contra la disidencia.
La anulación se consumió al categorizar al opositor como “traidor a la patria” o agente apátrida. Así se legitimó el encarcelamiento de candidatos presidenciales, el cierre de organizaciones civiles y la confiscación de medios independientes. La cúspide fue el despojo de la nacionalidad y el destierro de cientos de ciudadanos críticos, una medida que busca suprimir la existencia misma del disidente.
Perón y el intento de volver a la razón
En el extremo opuesto, la historia argentina ofrece un intento explícito de retornar el conflicto al plano de la razón. En sus últimos años, Juan Domingo Perón reformuló una máxima fundacional: “Para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”, en lugar de “Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”.
Lejos de ser un mero giro retórico, representó una profunda intuición institucional. Perón comprendió que décadas de violencia política y proscripciones eran el resultado de tratar la contradicción partidaria como una guerra ontológica de exterminio mutuo. Al postular que la condición común de ciudadanía debía primar sobre la identidad facciosa, buscó recrear un marco de contención que hiciera viable la convivencia democrática.
Milei y Lula: ¿otra recaída en la grieta ontológica?
Un escenario contemporáneo que ilustra esta recaída es la retórica de Javier Milei respecto al gobierno de Lula da Silva en Brasil. Al calificar al progresismo regional como “comunismo empobrecedor”, “corrupción intrínseca” o un “mal moral”, el eje de la discusión se desplaza de la evaluación pragmática de políticas a una confrontación de absolutos metafísicos.
Cuando la crítica se formula como una cruzada contra un mal absoluto, el debate democrático se desarticula. El socialismo o el intervencionismo estatal no se tratan como programas alternativos, sino como patologías morales que destruyen la civilización. Así, la alternancia con fuerzas de ese signo se asume como una claudicación inaceptable.
Esta moralización de la política no solo tensiona vínculos diplomáticos y comerciales, sino que debilita la cultura democrática interna.
La salida: reinstalar el conflicto en la racionalidad
La persistencia de la grieta representa una regresión hacia formas primitivas de organización social, donde el orden se mantiene mediante la exclusión o el sometimiento del otro. Cuando los líderes abandonan la convicción de que la alternancia es un valor republicano irrenunciable, el sistema constitucional entra en una fase de vulnerabilidad extrema, expuesto a derivas autoritarias o crisis crónicas de gobernabilidad.
Es necesario reinstalar la contradicción política en el plano de la racionalidad y el debate programático. El pluralismo no es una debilidad, sino la principal fortaleza. Solo mediante el reconocimiento recíproco de los actores como competidores legítimos y la sujeción estricta a las reglas de juego de la Carta Magna será posible garantizar la seguridad jurídica, la paz social y la vigencia plena de la república.