La guerra en Irán tensa a China: el petróleo, la Nueva Ruta de la Seda y el riesgo que nadie veía
Mientras el mundo mira los combates, China hace cuentas en silencio. ¿Cómo puede una guerra a miles de kilómetros hacer tambalear el mayor proyecto global de Beijing y poner en riesgo su suministro vital? Los detalles de una dependencia estratégica que pocos conocen.
Mientras el conflicto se expande en Medio Oriente, una potencia observa con creciente inquietud desde el otro extremo de Asia. La desestabilización de Irán amenaza con hacer trizas un plan estratégico clave para Beijing, que depende del crudo iraní y ve peligrar su gran proyecto de conectividad global. Un experto analiza para El Monterizo las vulnerabilidades y las cartas bajo la manga del gigante asiático.
China, al igual que Rusia, mira con preocupación el avance de la guerra en la región. La razón es profunda: Beijing mantiene una asociación estratégica estrecha con Teherán, fundamental para expandir su influencia geopolítica. Jorge Malena, director del Comité de Asuntos Asiáticos del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI), advierte que “una desestabilización prolongada de Irán podría debilitar un área relevante para la inserción económica de China en Eurasia”.
¿Qué pierde China si Irán se hunde en el caos?
El vínculo entre ambos países es principalmente económico y energético, no militar. Para China, Irán es un eslabón crucial hacia Medio Oriente y Europa dentro de su macroproyecto de la Nueva Ruta de la Seda. Las cifras hablan por sí solas: China es el principal comprador de petróleo iraní, absorbiendo aproximadamente el 13% de sus importaciones de crudo. A la inversa, Beijing es el destino del 80% de las exportaciones de combustible iraní.
Esta relación de dependencia mutua es vital para el gobierno de los ayatollahs, ya que le permite sortear las sanciones internacionales impuestas por sus planes nucleares. En 2021, ambos países sellaron un acuerdo estratégico de cooperación por 25 años, que incluye inversiones chinas en energía, infraestructura, transporte y telecomunicaciones a cambio de un suministro estable y descontado de petróleo.
Malena explica que una guerra prolongada en Irán tendría “implicancias económicas para China”, justamente por este acuerdo de largo plazo. “Irán se ha convertido en uno de los principales proveedores energéticos de China”, señala, y subraya que “cualquier alteración sostenida en la oferta iraní podría tensionar sus costos energéticos y afectar márgenes industriales”.
Las reservas secretas y el cálculo geopolítico
Sin embargo, el analista aclara que, en el corto plazo, China parece tener un colchón de seguridad. “Beijing ha acumulado reservas estratégicas y comerciales que superarían los 1200 millones de barriles, suficientes para cubrir varios meses de importaciones”, revela. Además, ha diversificado sus fuentes de abastecimiento, con Rusia, Arabia Saudita, Irak y Brasil como proveedores principales.
Otro punto crítico es el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de la mitad del petróleo que importa China. Malena considera “improbable” que Irán bloquee esta vía, ya que depende de sus ingresos petroleros para sostener su economía bajo sanciones. El impacto inicial, entonces, sería más un incremento en los precios internacionales que un corte abrupto del suministro.
Geopolíticamente, China camina sobre una cuerda floja. Se coordina con Irán en foros como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghai, pero mantiene un vínculo pragmático con Israel y buenas relaciones con Arabia Saudita, el enemigo histórico de Teherán. El gobierno de Xi Jinping busca posicionarse como una “potencia benévola” que defiende el derecho internacional y la no intervención.
El verdadero objetivo estratégico que está en juego
Detrás de esta postura aparentemente neutral, se esconde un interés crucial. “Irán ocupa una posición clave en la proyección euroasiática china”, afirma Malena. Es un nodo esencial para diversificar los corredores terrestres del comercio internacional y atenuar el “dilema de Malaca”, la vulnerabilidad estratégica de China por su alta dependencia de ese estrecho para importar energía.
Una inestabilidad prolongada en Irán, según el experto, afectaría la capacidad china de articular redes logísticas alternativas al predominio marítimo estadounidense. No obstante, Malena descarta una intervención militar directa de Beijing, ya que “ello erosionaría la coherencia de su discurso y desviaría recursos de su prioridad estratégica central: el Indo-Pacífico y la cuestión de Taiwán”.
Precisamente sobre Taiwán, el analista es contundente: China no aprovechará el conflicto en Irán para atacar la isla. “Busca proyectar una imagen distinta a la de Estados Unidos. Es una potencia que no hace uso de la fuerza para conseguir sus intereses. De hacerlo mancharía su imagen de potencia benévola”, argumenta. Además, sugiere que, según fuentes chinas, el Ejército Popular de Liberación aún no habría alcanzado la meta fijada por Xi Jinping de estar listo para pelear y ganar una guerra para 2027, año del centenario de su fundación.