En la herrería de calle Florida no solo se trabajaba el hierro: por allí pasaron Los Olimareños y Peteco Carabajal, y se guardaba la historia del Paso del Lamar. Con la muerte de su dueño, ese archivo oral empieza a apagarse.
El fallecimiento de don Jorge Balderramo no solo deja un vacío en la cultura de Jáchal. Con él se va un archivo vivo: el de una herrería de la calle Florida que funcionó durante décadas como taller, peña y memoria oral del departamento, y que ahora queda sin quien la cuente como él la contaba.
La noticia fue difundida por el abogado y expresidente del Concejo Deliberante de Jáchal, Mario Alfredo Luna, quien despidió al maestro con una imagen precisa: se fue como se van los que cantan, a unirse a lo eterno de la guitarra. Para quienes lo escucharon, la pérdida excede a una voz. Se cierra una biblioteca que nunca estuvo escrita en papel.
El fuego donde nacían el oficio y la copla
En la herrería de los Balderramo, el golpe del martillo y el rojo del hierro convivían con las charlas de arrieros, caminos y coplas. No era un taller cualquiera: por ese espacio pasaron artistas como Los Olimareños y Peteco Carabajal, que dejaron allí su canto. Según la semblanza de Luna, un pueblo que hace pasar la música por su herrería entiende que el oficio y el canto nacen del mismo fuego.
El Paso del Lamar y la Ciudad Perdida
Don Jorge también era depositario de historias que pocos conocen. Una de ellas es la del Paso del Lamar, en el norte del departamento, cerca del límite con La Rioja. Allí, donde el río Bermejo corre por una estrechura entre dos cordones precordilleranos, se ubica la que la prensa bautizó como la Ciudad Perdida del Lamar.
Se trata de un sitio de la etapa incaica, vinculado al sistema vial andino conocido como Qhapaq Ñan, con un valor cultural que trasciende los límites de Jáchal. Hubo en ese lugar predios regados con una toma del Bermejo y cultivos de forrajeras destinados a engordar el ganado que pasaba rumbo al Noroeste. El poblamiento continuó en tiempos hispánicos y de la independencia, y se extendió hasta principios del siglo XX.
Punta del Agua: el rastro que espera una mirada
A la historia del Lamar se suma otro tramo del camino del Inca junto a Punta del Agua, que hoy es apenas un rastro olvidado. Alguna vez fue una ruta de intercambio, de ganado y de gente. Si el Lamar y ese camino funcionaron como paso hacia el Noroeste, Jáchal estuvo siempre en el mapa grande de América.
Una ley que no alcanza
Existe una ley provincial que reconoce el valor del Paso del Lamar y, hace años, se reclamó recuperarlo como atractivo arqueológico. Pero, según plantea Luna, un reconocimiento sin relevamiento, sin señalización y sin recursos equivale a un papel guardado. Mientras tanto se pierden las dos memorias que sostienen el sitio: las piedras, que se deterioran, y los relatos, que se van con quienes los contaban.
Tres pasos para no dejar que el fuego se apague
Frente a ese panorama, el autor de la semblanza propone tres acciones concretas:
1. Registrar la memoria oral de los mayores de Jáchal, con grabaciones y un archivo público, antes de que sea tarde.
2. Relevar y proteger el Lamar y el tramo de camino de Punta del Agua, con el aporte de la Universidad y de arqueólogos.
3. Integrar ambos sitios en un circuito cultural y turístico que incluya la memoria de la herrería, la música y la Fiesta de la Tradición.
Don Jorge ya hizo su parte: contó, cantó y dejó abierta la puerta de la fragua. Ahora la responsabilidad de que ese fuego no se apague queda del lado de quienes siguen escuchando.