La historia de Paul Gascoigne: del Mundial que lo consagró a las fotos que desnudaron su caída
Paul Gascoigne, leyenda del fútbol inglés, vivió una carrera marcada por el talento y los excesos. Desde el Mundial 1990 hasta su caída en el alcoholismo y las adicciones, repasamos su historia.
Un personaje desmesurado. Un Mundial lo llevó a la gloria, un llanto desconsolado lo hizo muy famoso y el alcohol y los excesos lo consumieron. Hace varias décadas que Paul Gascoigne es más recordado por sus excesos que por sus logros deportivos. El mundo asiste a su caída, dolorosa e interminable.
Ya se habían jugado más de 100 minutos de la semifinal del Mundial de Italia 90. Alemania e Inglaterra empataban 1-1 en un partido tenso, cerrado, muy físico. Paul Gascoigne ganó una pelota en mitad de cancha. Lothär Matthaus salió a su paso, pero el inglés se lo sacó de encima resistiendo la carga. Cuando el siguiente alemán se cruzó, Gascoigne estiró su pie y alejó la pelota. Le quedó un poco larga y Thomas Berthold, el lateral alemán, por fin lo anticipó y la recuperó. Gazza, cómo le dicen los hinchas, no se resignó y se tiró a barrer con los dos pies hacia adelante, intentaba trabar pero venía demasiado rápido y desarmado. Levantó a su rival por el aire.
Enseguida, desde el piso, Gascoigne miró al árbitro. Se levantó, se disculpó con un gesto de manos y se acercó a Berthold para intentar levantarlo. El referí se acercó y con solemnidad, impostando el gesto de autoridad, le sacó la merecida tarjeta amarilla. Gazza comenzó a gesticular, la cara se transformó en una mueca de dolor y los ojos se le llenaron de lágrimas. Esa segunda amarilla significaba que, en caso de que su equipo triunfara, no iba a poder estar en la final del Mundial. Su compañero Gary Lineker se acercó, inspeccionó sus ojos, como no queriendo creer que estaba llorando en medio del partido e hizo un mohín (simpático) a su banco de que prestaran atención a Gascoigne, que parecía estar al borde del colapso nervioso. Esa noche turinesa Alemania le ganó a a Inglaterra por penales.
Pero Gascoigne, con su entrega y con su dolor por esa tarjeta amarilla se convirtió en una leyenda en su país. El hombre más popular, un héroe nacional. Había comenzado la Gazzamanía.

Ese fue el momento en el que el mundo —menos informado que el actual— conoció a Gazza, pero también fue su pico profesional. Pese a que era muy joven —tenía 22— y recién jugó su primer partido oficial para Inglaterra en el debut de ese Mundial, fue el momento más alto de su carrera.
Paul Gascoigne, el jugador vistoso y carismático que protagonizó numerosos escándalos fuera de la cancha
“La fama me golpeó como un tren sin frenos. No estaba preparado para ser un ídolo. Quería jugar al fútbol, no ser Paul Gascoigne”, escribió.
Tuvo tapas de revistas, entrevistas, programas de televisión, mejoras contractuales, publicidades, chicas, muchas invitaciones y demasiado alcohol.
Paul Gascoigne era un jugador vistoso y aluvional. Con habilidad, despliegue y personalidad. Además, claro, estaba el carisma y ese modo de jugar fronterizo, siempre rozando el abismo, dándole un aire agónico a cada intervención.
Debutó en el Newcastle y pasó al Tottenham por una fortuna. En 1991, mientras jugaba la final del FA con el Tottenham, se rompió la rodilla. Una larga convalecencia que puso en riesgo el pase millonario al Calcio, el torneo más importante del momento. Un año después llegó a la Lazio. Entre lesiones, poca conducta y falta de aclimatamiento, lo de Gazza en Italia no fue memorable. El Glasgow Rangers fue su nuevo destino. En tierras escocesas se sintió más cómodo. Ese fútbol menos exigente consiguió sacar una buena versión de Gascoigne.

A esa altura ya había protagonizado algunos escándalos y se conocía de su propensión a la bebida. En vísperas de la Eurocopa de 1996, los tabloides ingleses publicaron en tapa una foto de Gazza y algunos de sus compañeros de la selección inglesa, en un pub bien avanzada la noche, participando de La Silla del Dentista: un juego en el que uno se recuesta y los otros van vertiendo alguna bebida blanca -tequila preferentemente-. Gana el que soporta más.
En la foto, el que recibía los shots de tequila con la boca bien abierta y los ojos encendidos era Gascoigne. Cuando días después su selección, ya en la Eurocopa, enfrentó a Escocia y los ecos del escándalo no se habían disipado, Gazza apareció en la puerta del área a toda velocidad y con la izquierda le hizo un sombrerito a un defensor rival y antes de que la pelota cayera le dio de volea, esta vez de derecha, y la puso al lado de un palo. Un golazo.
Salió corriendo, desaforadamente —como solía hacer— y se tiró boca arriba al lado del arco. Quedó acostado y solo levantó un poco su cuello y su cabeza, y abrió los brazos en cruz. Enseguida llegaron sus compañeros de equipo; algunos simularon verter en su boca abierta alcohol, otro robó la botella de agua del arquero rival y le tiró varios chorros en la boca de Gazza. Ese festejo se convirtió en icónico y hasta fue bautizado: La silla del dentista.
Después pasó por muchos otros equipos pero ya casi nada quedaba de ese jugador eléctrico y emocionante. Tan solo unos pocos gestos, mucho histrionismo y escaso fútbol. Su magia la perdió en noches demasiado largas. Jugó varios años solo con su nombre. Sin presente, a la cancha solo entraba un fantasma del pasado.
Una caída anunciada
Muchos lo compararon con George Best, otro díscolo genio británico. Best alguna vez dijo que su vida había tenido tres fases bien definidas. La primera había transcurrido en las canchas de fútbol; la segunda, en discotecas y bares; y la tercera, en hospitales.
Para Gascoigne las dos primeras frases ocurrieron simultáneamente. La tercera, invariable, está ocurriendo desde hacer 30 años.

Son muchas las anécdotas de su exuberancia y desvarío mientras jugaba. Un día, en el Tottenham, mientras se duchaban tras un entrenamiento, sus compañeros de equipo pusieron en duda su capacidad de ser gracioso. Gazza se ofendió. Intentó defenderse pero la opinión parecía unánime: sus bromas no hacían reír a nadie. Lo tomó como un desafío. Esa noche, dice, no pudo dormir.
A la mañana siguiente, mientras manejaba hacia el entrenamiento, pasó por un zoológico. Se detuvo e inspeccionó los distintos animales. Eligió un avestruz y se la pidió, sin demasiada esperanza, prestada al encargado. Para su sorpresa el hombre aceptó. Al final y al cabo era un héroe del fútbol y los fans a veces -o casi siempre- pierden la cabeza. Gazza esperó que sus compañeros estuvieran en la cancha precalentando y soltó al animal que comenzó a correr por todos lados. Nadie podía creer lo que estaba sucediendo. Al terminar el entrenamiento Gascoigne demoró casi tres horas en volver a cazar al avestruz y devolverlo al zoológico. Él estaba convencido de que había mostrado su capacidad para hacer bromas, de ser gracioso. Sus compañeros, seguramente, no pensaron lo mismo.
Otra vez, ya en la Lazio, llegó como técnico Zdének Zeman, un checo severo que manejaba los entrenamientos a fuerza de silbatazos. Gazza cansado del rigor del DT, en un descuido, le robó el silbato y se lo colgó a un ganso que siempre estaba en una laguna artificial. El silbato era una especie de talismán para Zeman que se enloqueció buscándolo. Cuando lo halló, no tuvo dudas de quién había sido el responsable.
Tras un primer tiempo muy malo en el Rangers y con el equipo en desventaja, Gascoigne se escondió en un rincón del vestuario y le dio varios tragos a la petaca que llevaba escondida en su bolso. Salió a jugar entonado y en el segundo tiempo hizo tres goles. Adoptó el alcohol como una superstición infaltable, sin importar que en los siguientes partidos su tarea fuera bastante pobre.
El día de su debut en el Middlesbrough había gran expectativa. El club había pagado muchos millones por él, pese a que había sobradas señales de que su decadencia había empezado hacía bastante. Tras perder una pelota en mitad de cancha, corrió al rival y le asestó un terrible codazo en la cara. Fue una lesión terrible. Pero no para el agredido sino para Gascoigne que se rompió el codo tras el golpe y estuvo un par de meses fuera de las canchas.
Lo que muchos de sus compañeros nunca dejaron de reconocer es que Gazza fue uno de los jugadores más talentosos y con más corazón con el que alguna vez jugaron.
Su caída fue anunciada, no sorprendió a nadie. Y fue muy pública. Se hizo habitué de los tabloides y de los programas de chimentos ingleses.
Hay varias fotos de Gazza, ya retirado, en mal estado en la calle. Alguna en calzoncillos y una botella de cerveza en una mano, sangre en sus nudillos, un corte profundo en la frente. En otra muestra heridas en la cara y sangre en toda su ropa después de una pelea en un boliche; también hay una célebre en la que está con una bata gris algo raída, con un cigarrillo aplastado y curvado en una mano, descalzo en plena calle. La barba crecida, la mirada desorbitada, el porte encorvado y la cara envejecida.

Muchas de esas imágenes recorrieron el mundo. Gascoigne estaba irreconocible. Aparentaba mucha más edad de la que tenía (actualmente tiene 58), un anciano prematuro, arrugado por el vino y las resacas.
Alcoholismo, drogas, depresión, episodios de violencia doméstica, denuncias varias, peleas en bares, internaciones varias, heridas por todo su cuerpo, conductas hostiles y/o erráticas.
También hubo denuncias por violencia doméstica, peleas callejeras (que casi siempre pierde porque apenas puede mantenerse en pie), abandono del hijo, insultos racistas, robos menores, desalojos.
Entró y salió de tratamientos de rehabilitación. Uno de ellos fue pagado por antiguos compañeros de la selección inglesa que hicieron una colecta para que Gazza estuviera mejor.
Otras glorias del fútbol inglés de los ochenta y los noventa tuvieron problemas de adicción al alcoholismo. Paul Merson, Tony Adams, el uruguayo Fabián O´Neill son, quizás, los casos más conocidos.
Gascoigne afirmó que siempre tuvo una personalidad adictiva. Que sucesiva o simultáneamente fue adicto al alcohol, a las drogas, a los medicamentos legales, al juego, a la comida basura, a las compras, a los videojuegos, a los tatuajes.

Estuvo varias veces al borde de la muerte durante estos años. En 2014 al poco tiempo de ingresar a un instituto de rehabilitación en Arizona, tuvo una severa crisis cardíaca derivada del síndrome de abstinencia y entró en paro cardíaco. Los doctores lograron reanimarlo y permaneció 18 días en coma inducido.
Un año atrás fue noticia de nuevo. Otra vez por estar al borde de la muerte. Lo encontró un amigo tirado en su casa, inconsciente. Fue trasladado de urgencia al hospital y los médicos lograron salvarlo.
En enero de este año, otro accidente doméstico. Una caída de espaldas, seis costillas rotas, una conmoción cerebral y varios días en el hospital.
Al salir declaró que intentaría llevar una vida más ordenada, pero que seguramente volvería a tomar alcohol. Que él morirá siendo Gazza.