La historia del arquitecto pampeano que sobrevivió a siete años de cautiverio y hoy diseña los monumentos de la memoria

Caminaba sin apuro por las calles de Santa Rosa, pero pocos sabían que este arquitecto pampeano había estado siete años en cautiverio durante la dictadura. Lo que hizo después, con los planos y los pinceles, es la respuesta más contundente que pudo darle al horror.

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La historia del arquitecto pampeano que sobrevivió a siete años de cautiverio y hoy diseña los monumentos de la memoria
La historia del arquitecto pampeano que sobrevivió a siete años de cautiverio y hoy diseña los monumentos de la memoria

Miguel García camina sin apuro por las calles de Santa Rosa. Pocos saben que este arquitecto de 74 años estuvo siete años, dos meses y tres días en cautiverio durante la dictadura militar, sometido a torturas y vejaciones. Pero él no guarda rencor: su victoria, dice, es "ser como somos, y estar".

Nacido en La Plata por los rumbos laborales de su padre, Justino "Pampero" García –quien fue senador nacional por La Pampa–, Miguel se crió en Eduardo Castex junto a sus hermanos Carlos, Ana María, Estella y Sergio. Su madre, Benita Perera, tuvo a su cargo la crianza de los cinco. Los abuelos, tanto Perera como García, fueron parte de la gesta fundacional del pueblo.

En su infancia, Miguel ayudaba a dar misa en la parroquia local y jugaba al fútbol en los picados. Luego vino el seminario salesiano, del que regresó a los quince años. Ya en la adolescencia se destacó en el Racing de Castex y armó un equipo de fútbol reducido junto a amigos como "Pucho" Arroyo.

De la militancia a la persecución

A los 17 años se instaló en La Plata para estudiar Arquitectura. Allí fundó el grupo pictórico Tabaré junto a Tomás Yebra y se sumergió en la militancia peronista de los años setenta. En enero de 1976, mientras veraneaba en Misiones, una patota militar irrumpió en su domicilio de Buenos Aires buscando a los hermanos. Encontraron a Sergio, el menor, y lo asesinaron esa misma noche en un descampado de Berisso.

Su padre le suplicó por teléfono: "Hijo, no vuelvas. Ocultate en la selva, te están buscando a vos también". Miguel se internó en el monte misionero y luego consiguió empleo en Posadas. Pero en octubre de ese año fue capturado. Durante un traslado, maniatado en el baúl de un auto en movimiento, logró zafarse de las ligaduras, abrir la tapa desde adentro y arrojarse al asfalto. Tres disparos rompieron la noche, pero no lo alcanzaron.

"En un momento me pareció que me habían herido, pero por suerte no fue así… Lo curioso es que en ese instante no tuve miedo; pero sí el terror me sobrevino cuando recuperé la calma en el escondite y me di cuenta de la dimensión de lo que estaba pasando", recuerda hoy.

Finalmente fue recapturado. Pasó siete años, dos meses y tres días en los penales más duros de la dictadura. En la soledad de la celda, evocaba los aromas de su infancia y su tierra pampeana. Recuperó la libertad en diciembre de 1983, con la vuelta de la democracia, y regresó a Santa Rosa, donde la comunidad lo recibió con un abrazo sanador.

El regreso y la obra

En 1984, el gobierno provincial peronista, a través de Nelson Nicoletti, le transmitió un mensaje: "Miguel, a 'Pampero' y a vos, por todo lo que caminaron y militaron, la provincia les debe una bandera de acá a la luna. Por eso el gobernador quiere que termines tus estudios… el Estado te va a ayudar y después regresás a volcar tus conocimientos en La Pampa".

Así lo hizo. En 1986 se recibió de arquitecto y abrió su estudio en Pellegrini 217, el mismo espacio que su familia había comprado para asegurar su arraigo. Su primer cliente fue el Vasco Inchaurraga y Pocha Russel, a quienes había conocido en la peña Cori Hué. Para esa casa, Miguel diseñó los planos sin talar dos árboles añosos: los incorporó dentro de la vivienda. La originalidad le valió decenas de proyectos.

En 1987 ingresó a la Dirección de Arquitectura Provincial. Más tarde, Norma Durango y Graciela Oporto lo convocaron para relevar y poner en valor el patrimonio cultural e histórico de los pueblos pampeanos. Diseñó el Eje Histórico Institucional de Santa Rosa (1990) y el anfiteatro del Centro Cívico (1994). Restauró el Palacio de Justicia y los edificios de Parque Luro, y construyó bibliotecas populares en Alpachiri, Doblas, Caleufú y Arata.

Su trazo también abrazó las raíces originarias: proyectó el Monumento a la Raza Ranquelina y los entierros sagrados de los caciques Mariano Rosas y Gregorio Yancamil en Leuvucó y Victorica. Codirigió junto a Clorindo Testa el edificio de la Biblioteca de la Cámara de Diputados. Y aún hoy su pincel sigue invicto: este año, su obra "La Pampa tenía un río" fue distinguida en el Salón Federal del Fondo Nacional de las Artes.

Hoy comparte su vida con Marta Candia, su compañera hace 25 años, a quien conoció en la facultad y en la militancia. Sus hijos Lucio, Josefina y Candela son su orgullo. En su estudio-atelier, un espacio luminoso que fue refugio de poetas como Bustriazo y Edgar Morisoli, Miguel sigue trabajando junto a Carla Torres. Dice que su victoria no está en el rencor, sino en la capacidad de reconstruirse sobre los escombros. Y ahí va, caminando de la mano de Marta, con la hidalguía de los justos.

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