La llamada de madrugada que un pediatra de Paraná nunca pudo olvidar
Un pediatra de Paraná atendió a un nene con fiebre y lo mandó a casa. Horas después, la madre lo llamó de madrugada: lo que encontró cuando llegó a la vivienda lo marcó para siempre.
Roberto Ariel lleva más de cuatro décadas al frente de la terapia intensiva pediátrica del Hospital Materno Infantil San Roque de Paraná. En una entrevista en La Mañana de la Red (88.7), repasó su trayectoria, los obstáculos que atravesó para formarse y las historias que marcaron su vocación por cuidar chicos.
Paranaense, egresado del Colegio Nacional en 1975, Ariel se fue a Rosario para estudiar Medicina. Allí descubrió que la pediatría era su camino: el trato con los niños se convirtió en una motivación que sigue intacta.
“Me considero un afortunado de trabajar en lo que me gusta. Eso no es negociable”, dijo. Después de tantos años de ejercicio, asegura que disfruta de su tarea y que le cuesta imaginar el momento de dejar la profesión.
Una formación marcada por el esfuerzo
Su paso por la universidad estuvo atravesado por dificultades económicas y por el contexto político del país. Llegó a Rosario en 1976, poco antes del golpe de Estado, y vivió en una pensión junto a otros estudiantes, en condiciones austeras. Se recibió en 1981, poco antes de cumplir 23 años.
Mientras cursaba en una universidad pública, su familia atravesó una situación económica compleja. La interrupción de la actividad comercial y la pérdida de clientes golpearon los ingresos del hogar y complicaron sostener sus estudios lejos de Paraná. En ese marco, el médico destacó el papel de la educación pública, que le permitió continuar y recibirse pese a todo.
Ya con el título, siguió su preparación en pediatría y completó los últimos años de residencia en Santa Fe. Esa etapa también tuvo obstáculos: las crecientes y las dificultades en los cruces del río complicaban el traslado entre ciudades.
Los inicios de la terapia intensiva en el San Roque
De regreso en Paraná, Ariel empezó a trabajar en el Hospital San Roque. Junto al doctor César Etchart participó en la puesta en marcha de una sala de terapia intensiva pediátrica con seis unidades, en un espacio ubicado detrás de la sala de lactantes.
Los comienzos fueron duros. El equipo necesitaba conseguir monitores, respiradores y elementos básicos para atender a los pacientes. La colaboración de la comunidad resultó clave para reunir equipamiento y recursos.
El médico destacó el compromiso de las cooperadoras y los grupos de voluntarios que acompañan al hospital. Para él, esa solidaridad sigue siendo importante para la salud pública y para las familias que atraviesan situaciones difíciles.
La preocupación por la falta de pediatras
Con la experiencia acumulada, Ariel mira con inquietud las dificultades para incorporar nuevos profesionales a la pediatría. Recordó que, cuando ingresó a la residencia en Santa Fe, había 81 postulantes para nueve cargos. En convocatorias recientes, en cambio, las vacantes no llegaron a cubrirse.
“Nos preocupa”, reconoció sobre la falta de médicos que elijan la especialidad. Explicó que la formación requiere varios años y que se trata de una actividad exigente por la responsabilidad que implica.
También advirtió que poner en funcionamiento una terapia intensiva pediátrica no depende solo de una decisión administrativa: hacen falta profesionales capacitados y especialistas preparados para intervenir ante cuadros complejos.
Escuchar también es curar
A lo largo de su carrera, Ariel debió adaptarse a nuevas herramientas de comunicación, como WhatsApp y las recetas electrónicas. Considera que pueden facilitar el contacto con las familias, siempre que se usen de manera responsable y no reemplacen la evaluación médica cuando es necesaria.
Entre sus recuerdos, destacó el caso de una madre que lo llamó de madrugada porque no lograba controlar la fiebre de su hijo. Aunque había atendido al niño la noche anterior, la insistencia de la mujer le generó preocupación. Decidió buscar el domicilio y acercarse personalmente. Allí comprobó que el pequeño tenía meningococcemia, una infección grave que puede provocar un cuadro de shock. El niño recibió atención y logró recuperarse.
La experiencia reafirmó la importancia de escuchar a las familias y no subestimar sus preocupaciones. Para Ariel, el vínculo entre médico y paciente no se limita a indicar un tratamiento: también implica acompañar y generar confianza.
En un congreso de pediatría, recordó haber preguntado qué esperaban las personas de sus médicos. La respuesta más frecuente fue que las escucharan y que pudieran encontrar siempre al mismo profesional.
“Primero, que me escuche. Segundo, que sea siempre el mismo. Tercero, que me solucione el problema”, resumió.
Después de cuatro décadas en el Hospital San Roque, esa convicción sigue presente en su manera de ejercer la medicina: atender a los chicos, acompañar a sus familias y entender que escuchar también es una forma de cuidar.