La lucha de las trabajadoras sexuales que no piden permiso para hablar

¿Qué encontraron las trabajadoras sexuales en la Casa Roja que el barrio no quiere ver? El libro de Georgina Orellano se presenta este jueves en el Parque de España.

· 6 min de lectura
La lucha de las trabajadoras sexuales que no piden permiso para hablar
La lucha de las trabajadoras sexuales que no piden permiso para hablar

Georgina Orellano, secretaria general de AMMAR, presenta este jueves a las 19 en el Centro Cultural Parque de España su libro "Vida de putas. Calle, sexo y mentiritas", un relato colectivo sobre la organización de las trabajadoras sexuales en Argentina. La actividad se enmarca en la cuarta edición del Festival Nación Trava.

El texto, escrito por Orellano, recupera las experiencias, conflictos y aprendizajes de las trabajadoras sexuales organizadas. No se limita a la crónica: según el autor del artículo, funciona también como un manual de ciencia política sobre la praxis que las putas desarrollaron en el territorio, es decir, en la calle y en los inquilinatos donde vive la mayoría de sus protagonistas.

La presentación del libro está prevista para este jueves a partir de las 19 en el Centro Cultural Parque de España, en el marco del Festival Nación Trava. La entrada es libre y gratuita.

Un relato desde la Casa Roja

Orellano toma la posta y se pone al hombro la tarea de recuperar las experiencias colectivas ocurridas al calor de la Casa Roja, el espacio que lograron abrir en el barrio porteño de Constitución. Ese lugar funciona como oficina, sala de reuniones, punto de paso para las compañeras que necesitan un lugar donde estar y asamblea abierta para la toma de decisiones.

A través de un relato colectivo, el libro revela las tensiones con el barrio que, aunque sabe de ellas desde siempre, presenta una resistencia cada vez más violenta a la posibilidad de convivir bajo el mismo cielo. Carlos, uno de los vecinos que encabeza la cruzada contra las trabajadoras sexuales, representa el arquetipo del medio pelo argentino: racista, transfóbico y obsesionado con ejecutar una limpieza que los libre de la presencia de las indeseables para su estándar moral. Con astucia política, Orellano se pregunta por qué este señor se erige como portavoz de una comunidad que nunca lo votó.

En ese ida y vuelta, también explora la relación con los medios de comunicación y la necesidad de acudir a las denominadas "fuentes incómodas", esas que proveen un relato tal vez menos sensacionalista que el de Carlos, pero que se ajustan a la verdad de las historias que concitan la atención de la prensa.

Las impericias del Poder Judicial y el sistema de salud

En otro de los capítulos, Georgina revela las impericias del Poder Judicial y explica cómo, a pesar de la buena voluntad de algunas de sus funcionarias, la falta de conocimiento real sobre el modo de vida de las travestis migrantes las lleva a formular hipótesis equivocadas: una puta no viaja dos veces a su país de origen para reportarse a sus jefes narcos, sino para visitar a su familia con motivo de su cumpleaños y de Navidad.

Lo mismo sucede con el sistema de salud: en pleno brote de tuberculosis, las travestis alojadas en el pabellón de un hospital no quieren leer un libro, tal como proponen las médicas y enfermeras comprometidas con su cuidado, sino que quieren ropa, maquillaje y un cura para que confiese sus pecados e interceda por ellas para que, al salir, tengan más trabajo.

Una de las lecciones más importantes que contiene el libro es que confiar en la policía nunca es una opción viable: un agente, con aparente buena onda, puede convertirse en un aliado circunstancial frente a un conflicto, pero al final del día ellas saben que llegará la traición porque así lo demanda el mismo sistema que las ubica como las enemigas a combatir. No obstante, las putas dan una lección de humanidad al recibir a ese mismo policía en la Casa Roja para que se beneficie con un programa destinado a la realización de estudios oftalmológicos pensado para sus compañeras.

El feminismo en el Estado y las preguntas incómodas

Otro de los pasajes contiene un alegato sobre la experiencia del feminismo en el Estado a partir de la creación del Ministerio de las Mujeres durante el gobierno de Alberto Fernández. Orellano y sus compañeras reconstruyen algunas controversias, como la fallida experiencia de abrir un registro para que se anotaran las trabajadoras sexuales, una iniciativa que duró apenas algunas horas y fue eliminada por la presión ejercida por las abolicionistas. La posibilidad concreta de contar con información para la elaboración de políticas públicas fue coartada a instancias de un sector que se niega a debatir el trabajo sexual como posibilidad real y a las putas como aliadas necesarias para combatir la trata de personas y la explotación sexual en Argentina.

El libro también deja preguntas clave para la militancia social y política: ¿qué es ser realmente antipunitivista? ¿Basta con nombrarse de esa manera para que se haga realidad o es necesario sentarse a pensar estrategias que permitan evitar los caminos ya conocidos que propone la justicia blanca, cis y heteropatriarcal? En esa misma tónica, propone dar una discusión honesta sobre el consumo de drogas: ¿qué diferencia hay entre el transa del barrio y el dealer que provee sustancias para la fiestita electrónica de Palermo? Y, en este entramado, ¿qué lugar ocupan las compañeras que, despojadas de casi todos sus derechos, acuden a esas formas de la economía para sobrevivir?

Quizás ahí radique la mayor potencia de "Vida de putas. Calle, sexo y mentiritas": en obligarnos a mirar desde otro lugar aquello que creíamos conocer. Orellano no escribe para pedir permiso ni para acomodar las experiencias de sus compañeras a las categorías que otros construyeron sobre ellas. Escribe desde la calle, las asambleas y las discusiones cotidianas para demostrar que también allí se produce pensamiento político, se construyen estrategias y se ensayan formas de comunidad. Las putas no aparecen como objeto de estudio ni como víctimas a las que hay que rescatar, sino como sujetas políticas capaces de disputar sentidos, cuestionar ciertos consensos y señalar las contradicciones de quienes dicen hablar en su nombre. Al final del recorrido queda una certeza incómoda: tal vez el problema nunca haya sido que ellas no tuvieran nada para decir, sino que durante demasiado tiempo hubo demasiada gente empeñada en no escucharlas.

Más para leer

En Santa Fe, 460 mil chicos dependen del comedor escolar: por qué las cooperadoras prendieron la alarma
Sociedad
El Niño amenaza la fiesta más esperada de Rosario: la advertencia que recibieron las colectividades
Sociedad
El bar que reabre en el Parque España: la fecha que nadie esperaba
Sociedad
Ojo al volante: los accesos a Santa Fe cambian de cara y los carteles que ves ya no son los mismos
Sociedad
El servicio de colectivos en Santa Fe se normaliza tras la retención de la tarde
Sociedad
85 años de la Cultural Inglesa: el brindis que reunió a generaciones en Rosario
Sociedad