La memoria en la cuerda floja: lo que los jóvenes realmente saben sobre el 24 de marzo
Desde el “no sé mucho” hasta el relato de un abuelo sobreviviente: las respuestas de los jóvenes sobre la dictadura exponen cómo se transmite—o se pierde—la memoria de un país. Un mosaico de voces que revela lo que queda del Nunca Más.
Una pregunta directa a quienes nacieron décadas después del golpe revela grietas inquietantes en la transmisión del pasado más oscuro de la Argentina. ¿Qué queda del “Nunca Más” en una generación que no vivió la dictadura? Las respuestas, recogidas en plazas y facultades, pintan un panorama fragmentado donde conviven el conocimiento profundo, la ignorancia y los relatos familiares en conflicto.
El 24 de marzo de 1976 permanece como una cicatriz en la historia nacional. Pero cuando la mirada se posa en quienes no la vivieron, el paisaje se vuelve complejo. Preguntar a los jóvenes de hoy sobre la última dictadura militar es indagar en algo más que datos históricos; es observar cómo se construye y se transmite la memoria colectiva.
Quienes hoy tienen entre 18 y 22 años nacieron en un país muy distinto, marcado por la herencia de la crisis de 2001, la inflación persistente y la pandemia. Para ellos, el “Proceso de Reorganización Nacional” es un capítulo de los libros, un relato que llega mediado por la escuela, la familia o, cada vez más, por las redes sociales.
Entre el recuerdo familiar y el vacío escolar
Las respuestas son un mosaico. Para algunos, la memoria es un mandato vital. Bruno, de 20 años, afirma: “Es algo que tenemos que tener siempre presente para que no se repita. La memoria es lo más importante”. Para otros, el vínculo es visceral y personal. Nicolás, también de 20, comparte: “Mi abuelo fue desaparecido. Por suerte lo liberaron, fue uno de los pocos sobrevivientes. Es una parte horrible de nuestra historia”.
Sin embargo, no todos portan esa carga. Valentina, estudiante de diseño, reconoce con honestidad: “La verdad es que no sé mucho. En el colegio no se tocaba tanto el tema y en mi casa tampoco”. Esta brecha en la formación es una constante que preocupa a los especialistas.
Mercedes, de 21, lo explica desde su experiencia: “Se habla de la dictadura en momentos puntuales y muy por arriba. La memoria está presente en las fechas, cuando se conmemora. Pero en el día a día no tanto”.
Un pasado que se vuelve “controversial”
Entre quienes manejan más información, emergen referencias a hitos como la Noche de los Lápices, la guerra de Malvinas o las figuras de la Junta Militar. Pero también aparece una percepción de que el relato no es único. Un joven entrevistado por TN lo plantea sin rodeos: “Es un tema muy controversial. Depende de a quién le preguntes”.
Esta idea de la memoria como territorio en disputa es analizada por expertos. La socióloga Elizabeth Jelin señala que “la memoria no es un archivo del pasado, es una construcción social en permanente cambio”. El historiador Hugo Vezzetti agrega que las memorias sociales “están atravesadas por conflictos, olvidos y reinterpretaciones”.
El investigador Daniel Feierstein advierte sobre el riesgo de la distancia generacional: “Cuando el pasado se aleja, la transmisión deja de ser experiencia vivida y pasa a depender de mediaciones culturales y educativas”. Esto se refleja en los testimonios, donde incluso dentro de una misma familia pueden convivir relatos opuestos.
La geografía de la memoria y la búsqueda propia
La percepción de cómo se recuerda también varía según el espacio. Nicolás observa una diferencia clara: “En mi barrio, en La Matanza, la memoria está muy presente. Pero en la Ciudad no tanto”. Otros jóvenes critican la banalización del tema. “Siento que muchos lo usan para fines desubicados. No es un tema para hacer chistes”, afirma una entrevistada.
Frente a esto, también surge una actitud proactiva. Muchos buscan llenar los vacíos por su cuenta. “Está bueno informarse por cuenta propia sobre la historia argentina y sobre la dictadura”, dice uno. Julia agrega: “A mí me gusta buscar publicaciones en redes y debatirlo con gente que piensa distinto”.
El informe de la CONADEP documentó en su momento 8.961 desaparecidos, una cifra que los organismos de derechos humanos y la sociedad ampliaron para dimensionar la tragedia en unas 30.000 víctimas. Pero los números, por sí solos, no bastan. La memoria se teje en los relatos cotidianos, en los silencios elocuentes y en la persistente pregunta por un pasado que, a 50 años del golpe, sigue interrogando al presente.
Al final, quizás la clave no esté en encontrar respuestas definitivas, sino, como sugiere el texto, en sostener la pregunta. En cada duda, en cada fragmento de historia compartida, se juega el futuro de una memoria que debe seguir viva para, verdaderamente, garantizar el Nunca Más.