La noche en que Catamarca tembló y Pomán desapareció: las dos víctimas que el periódico no nombró
La noche del 4 de febrero de 1898, Catamarca tembló como nunca. Mientras la capital contaba los daños, un dato que llegó desde el oeste lo cambió todo: Pomán y Saujil ya no existían. Entre los escombros aparecieron dos nombres que la historia tardó más de un siglo en corregir.
Poco antes de las diez de la noche del 4 de febrero de 1898, Catamarca vivió uno de los episodios más violentos de su historia. Un terremoto de magnitud estimada en 6,4 sacudió la provincia y dejó un saldo que las crónicas de la época tardaron días en dimensionar: Pomán y Saujil prácticamente destruidas, decenas de viviendas inhabitables y al menos dos muertos confirmados por la investigación histórica.
Al día siguiente, el gobernador Flavio Castellano, oriundo de Andalgalá, ordenó inspeccionar los edificios de la capital. La comisión quedó integrada por Luis Caravati, Adonay Spreáfico, Juan S. Andrada y Pedro Rissoti. El 7 de febrero, el mandatario envió un equipo al oeste provincial: el presidente del Consejo de Higiene, doctor Adolfo Córdoba —a cargo de atender enfermos y heridos—, el jefe del Departamento de Topógrafos, Hilarión Furque, y un corresponsal del diario La Ley.
La ayuda que llegó desde Buenos Aires
El Gobierno nacional envió 8.000 pesos para los damnificados, mientras que la Comisión del Monumento a Falucho aportó otros 227. El 8 de febrero, el gobernador designó como administradores de esos fondos al vicario foráneo Rafael D’Amico, el presbítero Domingo Duthu, Adolfo Castellano, Francisco Cubas y Juan A. Retamal.
La crónica de La Ley abrió con una frase que resume el espanto: “¡Qué temblor tan espantoso!”. Según el relato, un primer movimiento recio despertó la alarma. Cinco segundos después llegó un segundo sacudimiento, de violencia extraordinaria y con un ruido aterrador. Quienes estaban dentro de sus casas salieron a la calle. Algunos gritaban; otros se arrodillaron a implorar protección divina. En la plaza principal, la multitud quedó paralizada y luego cayó de rodillas. El segundo movimiento habría durado unos trece segundos que, para quienes los vivieron, parecieron interminables.
La tierra no se calmó con el amanecer. Durante la madrugada siguieron movimientos menores, cerca de la una y de las cinco, que renovaron el temor. Muchas familias dejaron de confiar en sus casas y trasladaron las camas a espacios abiertos. La plaza principal, la plazuela de San Francisco y el paseo de Navarro se convirtieron en refugios improvisados. Otros vecinos recorrieron las calles en una suerte de romería, rezando conmovidos.
Una ciudad herida
Las primeras informaciones indicaban que no había desgracias humanas de gravedad, pero los daños materiales mostraron otra cosa. La Iglesia Matriz presentó grietas graves en su bóveda y en las paredes del atrio. También resultaron afectados la Escuela Normal de Niñas, el Hospital, el Seminario, la Casa de Gobierno, los Tribunales y la Municipalidad.
En las viviendas particulares, algunas quedaron inhabitables; otras perdieron frentes, techos o galerías. En la calle Rojas se derrumbaron varios metros de pared. En la calle Esquiú, el techo de una habitación se desplomó y una mujer resultó levemente herida cuando entró a rescatar a un niño. En Chacabuco, una casa quedó completamente destruida. Los alrededores de la capital —San Isidro, La Chacarita, Villa Dolores, Santa Rosa, Chumbicha y Amadores— también registraron daños.
La calma no volvió pronto. La Ley informaba que las familias seguían reuniéndose en plazas y esquinas a pesar del calor del verano. Hasta el ruido de un carro provocaba alarma: cada estruendo podía confundirse con un nuevo movimiento de la tierra. Ese mismo día llegó la peor noticia: Pomán y Saujil estaban prácticamente destruidas.
La destrucción de Pomán
Pomán era entonces una población de unas cuatrocientas personas, con construcciones mayoritariamente de barro y madera distribuidas alrededor de la plaza y a lo largo de sus calles principales. El terremoto encontró allí un escenario particularmente vulnerable. La crónica de La Ley afirmaba que ninguna casa había quedado en pie y que los habitantes se habían trasladado a las huertas, buscando refugio bajo los árboles.
Los pocos segundos que separaron los dos grandes movimientos de aquella noche fueron, según el periódico, decisivos para evitar una tragedia mayor. La mayoría ya estaba recogida por la hora, aunque, según observaba Lafone Quevedo, en esa época muchas personas acostumbraban dormir al aire libre en las noches calurosas. Esa circunstancia pudo haber influido en que el número de víctimas no fuera aún mayor.
Con el paso de los días se conocieron nuevos detalles. El periódico mencionó a Rosario Navarro, pero la investigación histórica estableció que se trataba de Rosario Nieva, varón, natural de Pomán, de 40 años y soltero. La otra víctima fue una niña de apenas un año y medio: Catalina Genoveva, hija de Emperatriz Dulce y Benjamín Medina. Los registros del Libro de difuntos de Nuestra Señora de la Candelaria (1878-1910) confirman ambos fallecimientos.
La población del centro buscó refugio en la plaza. Familias enteras permanecían expuestas al clima porque regresar a las viviendas agrietadas era arriesgar la vida. Algunos intentaban levantar pequeños ranchos; otros no tenían recursos ni para eso.
La comisión enviada por el Gobierno llegó a Villa Prima (hoy Huillapima), en Capayán, y comprobó la destrucción de las viviendas de Manuel Sala, Rosa Gordillo, Secundino Sala y Mateo Herrera, entre otras. En “Concepción”, la iglesia se había desmoronado en su parte noreste. Los viajeros partieron a las 5 de la mañana y, desde el punto llamado “El Tembleque” hasta Pomán, observaron los efectos devastadores del sismo. A la altura de “La Crucecita” fueron recibidos por fuertes remolinos, como si la naturaleza anunciara lo que ocurriría esa noche en la Villa de Pomán. Durante el trayecto vieron columnas grisáceas de vapor elevarse hacia el naciente de los cerros.
Ya en Pomán, los enviados del Gobierno relevaron las estructuras afectadas. El listado de propiedades dañadas, publicado por La Ley el 12 de febrero de 1898, incluye decenas de apellidos: Fermín Carrizo, Juan Manuel Ogas, Moisés Pance, José Gómez, Vicente Robles, Ramón López, José Heredia, la familia Romero, Cándido Luján, Damacena Zárate, Bailón Zárate, Eulogio Montiveros, Luis Galeano, Juan Galeano, Cándido Carrizo, Pascual Carrizo, la familia Navarro, Eloísa Delgadino, la Casa Escuela, Manuel Antonio Navarro, Sofía de Nieva, Remigio Gaffet, Tomás Morales, Juana Espeche, la Casa Parroquial, la familia de Salas, la Iglesia, Samuel Nóblega, Clemira Salas, la familia de Ogas, Magdalena Villafañe, Efigenia Soria, Benedo Santibáñez, Ramón Rodríguez, Neófita López, Segundo F. Nieva, Domingo Soria, Luis Segura, Plácida de Montiveros, Benigno Jaimes, Ramona Granados, Carmen Zárate, Tiburcio Orellana, Ester Pedraza, Tomás Elena, Ubaldo Nieva, Evangelisto Nieva, Moisés Reinoso, Rosario Navarro, Griselda de Ávila, José Ángel Díaz, Gregoria Mercado, Miguel Carrizo, Rosa Oviedo, Teodora Berón, Delicia Andrada, Wenceslao Carrizo, Feliciano Casas, Lorenzo Molina, Petrona Soloaga, Miguel Soloaga, Teresa Soloaga, Segundo Reinoso, Pía de Pedraza, Ángel Delgadino, Agustina Díaz, Pedro Vega, Santos Casas, Gabriel Villafañe, Nicolás Villafañe, Matías Villafañe, Octaviano Navarro, Ramona Villafañe, la familia de Toledo, Abdón Reinoso, León Ponce, Manuela Nieva, José de la Paz Nieva, la familia de Nieto, Severa Ocampo y otras más.
Texto y fotos: colaboración del investigador Claudio Benjamín Balsa. Continúa en el próximo número.