La noche mendocina de los uruguayos antes de la tragedia: la presión que definió todo
Eduardo Strauch tenía 25 años cuando el avión aterrizó de emergencia en Mendoza. Esa noche comió helado, bailó y compró unos zapatitos rojos. Al día siguiente, una charla con los pilotos en El Plumerillo cambió el rumbo de todo.
La Tragedia de los Andes suele contarse desde la montaña, pero hubo casi 24 horas previas en el Gran Mendoza que resultaron decisivas. Eduardo Strauch, uno de los sobrevivientes, reconstruyó esa escala con el Post y reveló una conversación con los pilotos que, según su interpretación, cambió el rumbo del vuelo.
Una noche inesperada en la ciudad
El plan original era cruzar la cordillera y aterrizar en Santiago el 12 de octubre de 1972. El mal tiempo en la montaña obligó a desviar el avión a El Plumerillo. La noticia los tomó arriba de la aeronave y la primera reacción fue de frustración: tenían cuatro días para disfrutar Chile y perdían uno.
La espera, sin embargo, se transformó en un recorrido por una ciudad que ninguno conocía. Se dividieron en grupos de amigos, caminaron, comieron helados y algunos terminaron bailando con chicas que conocieron esa misma tarde. "Pasamos una noche genial", resumió Strauch, autor de Desde el silencio.
El dormir también tuvo su historia. Strauch compartió una habitación para seis personas en una casa antigua que el investigador inglés John Guiver logró identificar años después: la llamaban "la casa del gobernador". Según pudo reconstruir este diario, se trataría del actual Hotel San Remo, en avenida Godoy Cruz, una vieja casona de los Civit.
Los zapatitos rojos y una dirección que ya no existe
De aquella recorrida quedó un objeto que después sería parte central del relato de la supervivencia: los zapatitos que la madre de Nando Parrado compró para su nieto y que aparecen en el final de la película ¡Viven!. Strauch confirmó que se adquirieron en un negocio del centro mendocino, aunque no recordaba la dirección exacta.
La factura de compra, exhibida en el Museo Andes 1972 de Montevideo junto a uno de los zapatitos, revela el nombre del local: "Daisy, calzado y carteras para damas". Desde el museo enviaron al Post una imagen nítida que precisa el dato: el negocio estaba en Avenida San Martín 1346 de la Ciudad de Mendoza. La fecha de compra, el 13 de octubre de 1972, horas antes del accidente en la montaña.
Con los años, en esa dirección funcionó otra zapatería, Kiss, de la familia Alonso. Hoy San Martín 1346 ya no existe: lo más cercano es "Calzados El Campeón", en el 1350, pegado al edificio de Batistella, en el 1336. En el medio no hay nada.
La presión sobre los pilotos
El 13 de octubre, además de desayunar y hacer compras, la delegación almorzó en el centro antes de partir al aeropuerto alrededor de las dos de la tarde. Allí los pilotos les plantearon dos alternativas: regresar a Montevideo o seguir hacia Chile, pese a que el clima no había mejorado lo suficiente.
Los pasajeros insistían en cruzar. En ese momento llegó un DC-3 procedente de Chile y lo usaron como argumento para alentar a la tripulación: "Ahí viene esa cascarria y cruzó los Andes, no se van a animar ustedes. Vamos, vamos".
Strauch no duda del peso de esa insistencia: "Estoy convencido que la presión que le hicimos incidió". Es su interpretación de aquella conversación, que recordó más de medio siglo después en la misma ciudad donde ocurrió. El vuelo partió hacia el sur para cruzar por el Planchón y terminó estrellándose del lado mendocino.
Durante los 72 días que permanecieron en la montaña, los sobrevivientes nunca consideraron que estuvieran en Argentina. La afirmación del piloto de que habían pasado Curicó los llevó a leer los mapas y el paisaje bajo la certeza de encontrarse en Chile.
El recuerdo de una ciudad que lo hace sentir en casa
Strauch, que regresó varias veces a Mendoza, se mostró entusiasmado con la ciudad: "Me encanta, la encuentro muy hospitalaria, muy amigable. Me hace acordar a las buenas épocas de Montevideo". Destacó los plátanos de las calles y el diseño urbano, y contó que recién se enteró de que las cuatro plazas funcionan como zonas de seguridad por los terremotos. "Es una ciudad de un tamaño humano y amigable, no como las grandes metrópolis", cerró.
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