Una caravana de familias cruzaba la Tranquera de Loreto con sus santos a cuestas. Detrás quedaban pueblos enteros reducidos a cenizas por orden del Doctor Francia. La historia de los desterrados que fundaron nuevos pueblos en Corrientes.
Caravanas de familias cruzaban la Tranquera de Loreto, cerca de la actual Ituzaingó, con lo poco que podían cargar: pertenencias, algunos animales y las imágenes de sus santos. Eran los desterrados del Doctor Francia, el último capítulo de un desarraigo que ya llevaba dos décadas y que terminaría de vaciar la antigua provincia guaranítica de Misiones.
El avance portugués y la resistencia guaraní
Todo había empezado en 1801, cuando los portugueses se apoderaron de los siete pueblos orientales del Uruguay. Una década después, los paraguayos ocuparon Candelaria, Santa Ana, Loreto, San Ignacio, Corpus y hasta la Rinconada de San José, la actual Posadas, después de resistir la expedición de Belgrano que buscaba sumar Paraguay a la revolución de Buenos Aires.
En 1815, Andresito logró expulsar a los paraguayos y sumó esos pueblos al proyecto de José Artigas. Al año siguiente lanzó una campaña contra los portugueses para recuperar los siete pueblos orientales, pero la ofensiva fracasó.
La represalia portuguesa de 1817
La venganza llegó en enero de 1817. Las tropas del brigadier Francisco das Chagas Santos cruzaron el río Uruguay y arrasaron con Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y otros asentamientos guaraníes: saqueos, incendios y escombros. Miles de pobladores debieron abandonar sus hogares y dejar atrás ruinas humeantes.
Los portugueses, sin embargo, no tocaron el departamento de Candelaria, que reconocían como territorio paraguayo. Esa complicidad permitió que, mientras unos destruían las poblaciones del Uruguay, José Gaspar Rodríguez de Francia hiciera lo mismo con las del Paraná.
El incendio de los pueblos del Paraná
Ese mismo año, Francia ordenó incendiar Candelaria, Santa Ana, Loreto, San Ignacio y Corpus, y trasladó por la fuerza a muchos habitantes hacia Paraguay. Los que lograron escapar huyeron hacia el sur, cruzaron la Tranquera de Loreto y se refugiaron en los esteros del Iberá, donde fundaron los actuales pueblos correntinos de Loreto y San Miguel.
La persecución no cesó. En 1821, Francia volvió a castigar a los pocos que quedaban en esos pueblos, con una política de expulsiones para impedir cualquier intento de repoblamiento. Ni siquiera el naturalista francés Aimé Bonpland, instalado en Santa Ana para cultivar yerba mate, se salvó: sus plantaciones fueron destruidas y él quedó cautivo en Paraguay durante casi ocho años.
Un territorio vacío y disputado
Durante las décadas siguientes, buena parte de Misiones quedó prácticamente despoblada, vigilada por destacamentos paraguayos, mientras Corrientes avanzaba en su incorporación territorial y Brasil mantenía pretensiones sobre las tierras del este. Después de la Guerra de la Triple Alianza, Corrientes profundizó su organización administrativa, hasta que en 1881 el Estado nacional dispuso la federalización. Recién entonces comenzó una nueva etapa de ocupación y colonización.
Un rey, un emperador, un dictador supremo perpetuo, directores supremos y gobernadores dibujaron y desdibujaron los límites de la actual provincia. ¿Con qué derecho? ¿Con qué autoridad? Quizás porque podían, o porque creían que podían.
Jon Elledge, en A History of the World in 47 Borders, sostiene que las fronteras y las naciones no son realidades naturales ni inmutables, sino construcciones históricas nacidas de decisiones políticas, guerras, negociaciones, accidentes y relaciones de poder. No importan dioses ni ancestros. Las fronteras débiles quedan expuestas a los vaivenes del poder, y basta con que un vecino prospere o que otro caiga en desgracia para que alguien pretenda moverlas.
Así lo habrán sentido los antiguos pobladores de esta tierra. En su larga marcha, aferrados a las imágenes de sus santos, rezaron para encontrar otro rincón del mundo, lejos de reyes y dictadores, donde pudieran vivir el sueño de libertad que les habían arrancado.
Por Juan Carlos Waldemar Avelli, licenciado en Historia.