La otra cara del fútbol: la angustia silenciosa de los jugadores que se quedaron sin club
Detrás del fútbol de lujos y fama existe un mundo de sacrificio anónimo. Jugadores que se formaron en grandes clubes hoy son choferes o albañiles, pero no abandonan su sueño. ¿Cómo es la lucha diaria de los futbolistas “libres” para volver a la cancha?
Mientras el fútbol profesional brilla con contratos millonarios, existe una realidad oculta y desgarradora. Es el mundo de los jugadores “libres”, aquellos que se quedaron sin equipo y libran una batalla diaria entre la pasión y la necesidad de sobrevivir. Un espacio llamado “El Busca Club” se ha convertido en su último refugio, donde la esperanza de reinsertarse choca contra la cruda realidad de trabajos como chofer de aplicación o albañil.
Cristian Rodrigo Cabañas, de 24 años, resume esa sensación con una frase que duele: “Yo me sigo sintiendo futbolista”. Sin embargo, cuando le preguntan dónde juega, la respuesta es un vacío. “Les digo que en ningún lado. Y uno no sabe cómo explicar esa sensación de angustia”, confiesa el defensor, formado en Boca y con pasos por el Ascenso, en diálogo con TN.
El DT Damián Malandra es el cerebro detrás de “El Busca Club”, un proyecto que inició en 2022. Su objetivo es claro: reunir a estos deportistas desempleados, organizar amistosos y mantener viva la chance de que algún ojeador los vea. “Acá vienen los laburantes del fútbol”, define Malandra. “Vienen a jugar y después se van a ser choferes de aplicación, a cortar pelo, a trabajar de albañil, a una fábrica”.
Historias de sacrificio y sueños postergados
Lautaro Gatica, de 28 años, tiene una historia que mezcla gloria pasada y presente adverso. Formado en River Plate, fue compañero de Gonzalo Montiel durante seis años. Sin embargo, su carrera se truncó por una grave lesión de rodilla que requirió tres operaciones. Hoy, mientras intenta volver, trabaja como pintor.
“Las lesiones te aniquilan mentalmente”, admite Gatica. “Mi sueño es vivir del fútbol y sé que con 28 años es difícil, pero no pierdo la esperanza”. El sentimiento de culpa y frustración por no haber cumplido las expectativas es un peso constante. “A veces, no poder cumplir el sueño o quedarte en el camino te hace sentir culpable o frustrado”, confiesa.
Para Cabañas, que lleva un año sin equipo, la reinserción es un camino cuesta arriba. Obligado a priorizar la economía familiar, trabaja con su padre en eventos. Mauro Sánchez, de 24 años, vive una rutina similar: entrena por las mañanas y trabaja en una metalúrgica por la tarde. “La vida del futbolista en la Argentina es muy diferente”, reflexiona el cordobés, formado en Estudiantes de Caseros y Racing de Córdoba.
“Obviamente que hay una élite siempre, pero en el Ascenso es todo muy sacrificado”, explica Sánchez. La búsqueda de club no es convencional: no basta con enviar un currículum. “Hay que moverse, tocar puertas, trabajar con agentes”, detalla, sosteniendo que lo que los impulsa no es una vida de lujos, sino la pura pasión.
El motor que no se apaga: amor y fortaleza mental
Carlos Jiménez, delantero de 25 años con pasado en Flandria y una experiencia en Brasil, también está en la búsqueda. Para muchos, el extranjero se presenta como una alternativa, ofreciendo salarios en dólares y manutención, aunque a costa de distancia y soledad. “Yo me sigo sintiendo futbolista, eso no lo voy a perder nunca”, afirma Jiménez, quien hoy ayuda a su padre en su trabajo.
Pero mantenerse firme no es fácil. Cabañas describe la prueba mental que implica estar fuera del sistema. “Hoy se ve todo por redes sociales y vos ves las fotos y videos de tus excompañeros que están en actividad. Estando afuera, se siente un poquito de angustia”, reconoce. Damián Malandra, quien sobrevivió a un impacto de bala perdida y 14 operaciones, entiende esa frustración. “A este espacio llegan con mucha frustración porque todos tienen problemas”, señala el entrenador.
El partido amistoso contra la Reserva de Chacarita termina 1-1. La pelota se detiene, pero la carrera contra el reloj de estos jugadores no. Agarrán sus mochilas y parten rápido. Algunos corren hacia sus trabajos, otros a cumplir con obligaciones familiares. Sobre sus hombros no solo llevan el equipamiento, sino el peso de un sueño que se niegan a soltar y una esperanza que, como bien dicen, es lo último que se pierde.