La pregunta que persigue a la Iglesia: ¿Qué pasó realmente en los días previos al golpe del 76?
Archivos secretos de la Iglesia y conversaciones privadas salen a la luz: lo que realmente debatieron los obispos y qué le dijeron a Isabel Perón en las horas críticas antes de que todo cambiara.
Un informe secreto sobre la “guerra justa” y conversaciones privadas con la presidente Isabel Perón revelan el rol de la cúpula eclesiástica en los momentos clave previos a la última dictadura. La monumental investigación “La verdad los hará libres”, basada en archivos desclasificados, arroja nueva luz sobre las acciones y debates internos de los obispos argentinos frente a la inminente ruptura del orden constitucional.
Desde el retorno de la democracia, la actuación de la Iglesia católica durante ese período oscuro ha sido objeto de un intenso escrutinio. La duda central persiste: ¿fue una voz firme contra las violaciones a los derechos humanos o adoptó una postura cómplice? La respuesta, según los nuevos documentos, requiere analizar primero una cuestión fundamental: la actitud de la jerarquía ante el derrocamiento del gobierno.
El clima de época y un informe crucial
En su libro “El jesuita”, el entonces cardenal Jorge Bergoglio reflejó el sentir de aquellos días, señalando que “casi todo el mundo comenzó a ‘golpear las puertas de los cuarteles'”. Añadió que el golpe “lo aprobaron casi todos, incluso la inmensa mayoría de los partidos políticos”, aunque aclaró que pocos anticiparon la magnitud de lo que vendría.
La investigación encargada por la Conferencia Episcopal a la UCA detalla que, ante el avance del terrorismo y los rumores de un golpe, el presidente del episcopado, Adolfo Tortolo, pidió un informe teológico. El encargado fue el dominico Domingo Basso, quien en noviembre de 1975 presentó un análisis sobre la doctrina de la “guerra justa”. Los estudiosos interpretan que los obispos buscaban un “sólido fundamento teológico-moral” para evaluar la lucha contra la subversión.
La relación clave con Isabel Perón
Los documentos revelan que Tortolo, quien también era vicario castrense, mantenía una relación de gran confianza con la presidente Isabel Martínez de Perón. Los investigadores señalan que este vínculo “superaba lo estrictamente institucional”. A principios de febrero de 1976, en una conversación privada, la mandataria le expresó que no renunciaría: “De aquí me sacan muerta”.
Tortolo le advirtió que era “una mujer cautiva que no estaba debidamente informada”. Isabel Perón argumentó que no podía abandonar el legado de Perón y que, de hacerlo, correría un “río de sangre”. Finalmente, afirmó: “Haré lo que Dios me pida”. Esta relación continuó incluso después del 24 de marzo, ya que Tortolo actuó como mediador para la firma de su renuncia durante su reclusión en “El Messidor”.
Los límites y las advertencias internas
En las reuniones de la comisión permanente de obispos, previas al golpe, la preocupación por una posible “represión del Estado” o una “guerra interna” era palpable. Por un lado, argumentaban que el Estado no podía ser un “mero espectador del caos” y que no se podía exigir a las fuerzas de seguridad actuar con “pureza química de tiempo de paz, mientras corre sangre cada día”.
Sin embargo, también establecían límites claros. Advertían sobre los peligros de las “detenciones indiscriminadas”, la “ignorancia sobre el destino de los detenidos” y cualquier abuso cometido en nombre de la seguridad. El investigador Federico Tavelli sintetiza que la mayoría de los obispos “estaban bastante de acuerdo con el golpe” ante la gravedad de la violencia, aunque aclara que no anticiparon “la dimensión en que sucedió” la represión.
La voz solitaria que anticipó el horror
En medio de un clima de consenso, surgieron voces disidentes. Una de las más lúcidas fue la del padre Jorge Mejía, quien cuestionaba el recurso a la fuerza preguntando: “¿No hay una manera más civilizada de decidir quién manda en una sociedad?”. Mejía argumentaba que no se habían “agotado las posibilidades de cambio dentro del régimen”.
Su reflexión final resultó trágicamente premonitoria. Planteó que si la prioridad nacional era acabar con la guerrilla, la primera preocupación debía ser “organizar la paz”. Una advertencia que, a la luz de la historia, quedó ahogada en los debates teológicos y la compleja red de relaciones entre la Iglesia, la política y los cuarteles en los albores de la noche más larga.