La reunión secreta en un yate y el pedido inesperado de Isabelita: los meses de vértigo que sellaron el destino de la Argentina
La presión militar era insostenible y la política no tenía respuestas. En medio de ataques guerrilleros históricos y reuniones clandestinas, un pedido sorpresivo de la propia presidenta y la negativa de un regimiento marcaron el camino hacia una noche que cambiaría todo. Descubrí los detalles ocultos de los meses que definieron el destino del país.
La década más violenta del siglo XX argentino llegaba a su punto de ebullición. Mientras la guerrilla lanzaba ataques sin precedentes contra cuarteles, los altos mandos militares celebraban encuentros clandestinos. El reloj corría inexorablemente hacia un desenlace que todos veían venir, pero que la clase política parecía incapaz de evitar. Este es el relato de los meses críticos que culminaron con el fin de un gobierno constitucional.
El punto de inflexión ocurrió el 5 de octubre de 1975. Por primera vez, el autodenominado Ejército Montonero atacó una guarnición militar: el Regimiento 29 de Infantería de Monte, en Formosa. Los atacantes, que usaron uniformes con grados militares, esperaban el apoyo de los conscriptos, pero fueron rechazados. La acción terminó con 25 muertos y el secuestro de un avión de Aerolíneas Argentinas, que fue destruido tras un aterrizaje forzoso en un campo del noroeste de Santa Fe.
La decisión que cambió todo
Este hecho marcó un límite para las Fuerzas Armadas. La presión de los mandos medios y altos se volvió insostenible. El 13 de octubre, los tres comandantes generales se reunieron: el general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Eduardo Massera y el brigadier Héctor Luis Fautario. La reunión, prevista para tratar ascensos, tomó otro rumbo.
Tras un cuarto intermedio, el 17 de octubre, Videla y Massera se encontraron a bordo de un yate en el delta del Paraná. Allí, respondiendo a las exigencias de generales y almirantes, pusieron en marcha el plan golpista. El gran obstáculo era la firme resistencia de Fautario a participar.
Según su propia versión, Videla solicitó una reunión con la presidenta María Estela Martínez de Perón para pedir su retiro, ante la imposibilidad de contener al generalato. Para su sorpresa, la mandataria le habría pedido que se quedara, argumentando que “algún otro sería peor que usted”. Un testimonio que nunca fue corroborado por Isabelita.
La rebelión que anticipó el final
El 18 de diciembre de 1975 estalló una sublevación en la Fuerza Aérea, encabezada por el brigadier Orlando Capellini. Los rebeldes exigían el relevo de Fautario –a quien tomaron prisionero– y la renuncia de la presidenta. Durante cuatro días, quedó en evidencia la incapacidad del poder político para frenar una asonada militar.
Ese mismo día, Fautario fue reemplazado por Orlando Ramón Agosti, compañero de Videla en el Colegio Militar. También en Tucumán, el general Acdel Vilas fue relevado por el general Antonio Domingo Bussi, quien pronunció una frase escalofriante al asumir: “Debo decirle, general, que no me ha dejado nada por hacer”.
Pocos días después, el 23 de diciembre, se produjo el operativo guerrillero más grande de la historia argentina. El Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) intentó copar el Arsenal Militar de Monte Chingolo, en el Gran Buenos Aires, con más de ciento cincuenta combatientes. El enfrentamiento con la guardia militar dejó un saldo de más de un centenar de muertos entre guerrilleros, militares y civiles. Fue la derrota definitiva del ERP.
Con Videla, Agosti y Massera al mando, comenzó la cuenta regresiva. El derrocamiento de Isabel Perón estaba fijado para el 24 de marzo de 1976, fecha establecida seis meses antes. Nunca un golpe de Estado fue tan anunciado y organizado como este, que la historia registraría como el último.
El dramático fracaso de la política
Mientras los militares afinaban los detalles, la clase política demostraba su incapacidad para ofrecer soluciones. Un intento de reemplazar a la presidenta mediante una licencia médica del titular provisional del Senado, Ítalo Argentino Luder, fracasó. Curiosamente, la mandataria fue enviada a descansar a la residencia de la Fuerza Aérea en Ascochinga, junto a las esposas de Videla, Massera y Fautario.
Un proyecto de juicio político también naufragó en negociaciones estériles. Nadie quería cargar con el costo de deponer legalmente a quien llevaba el apellido del líder muerto en 1974. El radical Ricardo Balbín, líder de la principal oposición, admitió con crudeza: “No tengo soluciones que ofrecer, pero hay que llegar a las elecciones con muletas”.
El dramatismo del momento se reflejó en los bruscos cambios de posición. El 16 de marzo, el mismo Balbín imploró por cadena nacional: “Argentinos de todos los rincones… ¿para qué llegar a los últimos cinco minutos?”. Ocho días después, su advertencia se haría realidad. Varios legisladores ya habían vaciado sus despachos en el Congreso, convencidos de que nada quedaba por hacer.
La noche final en la Casa Rosada
El 24 de marzo comenzó un período que se autodenominó Proceso de Reorganización Nacional. La noche anterior, una larga vigilia tuvo lugar. La presidenta permanecía en la Casa Rosada pasada la medianoche, acompañada por unos pocos colaboradores, entre ellos Julio González, su secretario legal y técnico.
Un hecho poco conocido es que el jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo, responsable de su custodia, se negó a que el derrocamiento ocurriera dentro de la Casa de Gobierno, por su juramento de defenderla. En la Plaza de Mayo, unos cincuenta seguidores gritaban “¡Isabelita!”. Fueron los últimos fieles.
Esta decisión obligó a los complotados a montar un operativo fuera de la sede presidencial. Cuando el helicóptero presidencial despegó de la Casa Rosada rumbo a Olivos, el piloto fue obligado a desviarse al Aeroparque. Allí se consumó el derrocamiento.
El general José Villarreal le comunicó a la presidenta: “Las Fuerzas Armadas han decidido tomar el control político del país y usted queda arrestada”. Martínez de Perón respondió preguntando si iban a fusilarla. Los militares le garantizaron su seguridad personal. Así comenzaba una nueva y oscura etapa para la Argentina.