La vida al filo: la historia de Soraya Cabral, la locutora que cambió las pistas por el amor
¿Sabías que una pampeana llegó a presentar a Fátima Flórez y luego lo dejó todo por amor? Soraya Cabral, pionera del roller y del motocross, cuenta su historia.
La vida de Soraya Cabral es una montaña rusa de emociones: hija de un boxeador, pionera del roller, motociclista, locutora y solidaria. Hoy, plena y enamorada, asegura que su presente es la caricia que la vida le debía.
Nacida en un hogar humilde de Santa Rosa, La Pampa, Soraya es la mayor de tres hermanos: David y Aixa. Su padre, Juan Roberto “Brujo” Cabral, fue una gloria del boxeo pampeano, y su madre, María del Carmen Rodríguez, sostuvo la casa con esfuerzo. La familia vivió primero en una casita con piso de tierra en Villa Tomás Mason, hasta que el “Brujo”, con lo ganado en el ring y un crédito del Banco Hipotecario, construyó la casa de calle Larrea, en Villa Alonso.
“Era pasar del piso de tierra al de granito, de un lugar chiquito a disfrutar del sol que entraba por los ventanales amplios... Nada que ver con la casita donde vivíamos antes”, recuerda Soraya, emocionada.
De la administración a la locución
Su voz, reconocible en transmisiones radiales y eventos protocolares, no fue casualidad. Gracias a su padre y al boxeo conoció a “Pecoso” Eyheramono, titular de Canal 2, y entró a trabajar en la parte administrativa. Pronto descubrió su talento: “Enseguida empecé con locución”, dice. Estudió ritmo, respiración y entonación, y se convirtió en una voz familiar en la provincia.
Pasó por Canal 3, donde trabajó con Mario Ziaurriz en el Informativo, con el Ruso Christensen en Primer Plano y con Pedro Kruber en “Entre Bielas y Pistones”. También por Radio El Sol, junto a Carlos Mateu, Luis Díaz y Ziaurriz, y luego en Radio Nacional. En LU33 compartió micrófonos con Egle René Díaz y Miguel Ángel Loggia.
“Barco” Guibelalde, dueño de Canal 2, fue clave: “Me propuso capacitarme en Buenos Aires y tomé clases con Luis Rossini. Fueron muchos y muy lindos años”, agradece.
Con Fátima Flórez y una decisión que lo cambió todo
Viviendo en Río Turbio, Soraya fue elegida para presentar a Fátima Flórez en la Fiesta Nacional del Carbón. “Fueron tres días de estar todo el tiempo con ella”, cuenta. “Es una persona muy sencilla, bien de barrio y enormemente talentosa. Me tocaba hacerle la segunda: ‘Aquí Moria Casán’, decía yo; o ‘La Su’...”. También trabajó con Marcela Baños, conductora de Pasión de Sábado.
La convocaron para acompañar a Fátima en Villa Carlos Paz, pero algo cambió su rumbo. “Hay veces que en la vida tenemos que elegir... y yo elegí en un momento especial”, dice con una sonrisa. Esa elección llegó en los médanos de Toay, a bordo de una Ducati 1.200 cc.
Pionera del roller y del motocross
El deporte siempre fue su refugio. Hizo natación en el Club All Boys, patín artístico, cestoball y sóftbol. Pero fue pionera del roller en Santa Rosa: impulsó la construcción de la primera pista, frente a la CPE, luego de gestionar una audiencia con el intendente “Ningo” Jorge. Para la inauguración, logró traer a Nora Vega, cinco veces campeona mundial.
Como instructora, formó a Lucas Villar, quien llegó al seleccionado nacional. “Fue uno de los momentos más felices de mi paso por el deporte”, reconoce.
En el motocross, Soraya volaba a siete u ocho metros de altura. Se anotó en pruebas en Realicó y luego tomó clases con Omar “El Ruso” Seibel en Macachín. Subió al podio en competencias nacionales femeninas. “Nunca me caí... bah, sí. Una vez cayeron cinco motos encima mío. Me dolía todo. Veía que sacaban ruedas de motos de encima... ¿Y yo? Como una lady... apenas algún raspón”, relata entre risas.
Carlos, el amor que llegó en una Ducati
En un momento difícil, Soraya le pidió a Dios una persona que la valorara. “Estaba muy mal, venía con muchos golpes... Le pedí que me mandara alguien que me respetara y me cuidara”, confiesa. La respuesta llegó por Facebook: Carlos de Fonteynes le pidió clases para manejar en tierra, porque tenía un viaje a Chile por ripio.
Cuando Carlos llegó a los médanos de Toay, Soraya casi no lo podía creer: “Esperaba una 125, una 250... ¿Y con qué llegó? ¡Una Ducati 1.200 cc!”, recuerda. A pesar del susto, le enseñó varios días. Al final, Carlos la miró a los ojos y le agradeció: “Fue ahí que me enamoré de él porque le pude ver el alma”. Hace siete años que están juntos, y Soraya no duda: “Elegí tener una familia y vivir en paz”.
La saxofonista que no fue
Con humor, Soraya recuerda que, de joven, ahorró para comprar un saxofón. “Me imaginaba sentada en un taburete, con una luz tenue, tocando un saxo dorado... como una diosa”, se ríe. En Buenos Aires, el vendedor le explicó cómo tocar, pero ella temió que la práctica le deformara el rostro. “¡No compré nada!”, cuenta. Terminó gastando el dinero en unos rollers. Insólito.
Hoy, Soraya se levanta cada mañana para ayudar en el desayunador de la Iglesia Catedral, junto a su esposo Carlos, bajo la guía del párroco Juan Carlos Cipolla. Sigue siendo solidaria, deportista y, sobre todo, feliz. Como dice la canción de Serrat: “De vez en cuando la vida toma conmigo café”. Y Soraya, que siempre vivió al filo, hoy disfruta la plenitud que tanto anheló.