Lady Gaga, el micrófono y una noche de jazz en Tokio: la historia que Delfina Oliver trajo a Salta
La noche de jazz en el Club 20 de Febrero no solo dejó música: lo recaudado tiene un destino que toca de cerca a los salteños, y la historia que Delfina Oliver contó sobre Lady Gaga en Tokio todavía sorprende. Enterate de qué se trata.
El viernes por la noche, el Club 20 de Febrero se llenó de jazz y de un propósito que fue más allá de la música: Delfina Oliver se presentó a beneficio de la Cooperadora del Hospital Dr. Arturo Oñativia. La cantante argentina, con una trayectoria que cruza escenarios nacionales e internacionales, volvió a Salta con un show que combinó su voz, la improvisación y la solidaridad.
La velada no fue solo un concierto. Lo recaudado se destinó por completo a la cooperadora del hospital, una institución que trabaja para cubrir equipamiento y necesidades del establecimiento sanitario. La idea de armar esta presentación nació de Freddy Ponce León, esposo de la artista y salteño, según contó Oliver.
Sobre el escenario, la cantante estuvo acompañada por una formación pensada para la ocasión bajo el título De Tokio a Salta: Pablo Raposo en piano (llegado desde Buenos Aires), Fernando Nocetti en guitarra, Matías Saluzzi en contrabajo y Martín Misa en batería. La propuesta reunió músicos porteños con instrumentistas de la escena local, un encuentro que Oliver había anticipado como uno de los grandes atractivos de la noche.
Durante el show, la artista agradeció a quienes hicieron posible el encuentro solidario. Destacó el apoyo de El Tribuno y reconoció especialmente la iniciativa de Marcelo Nallar, gerente general del Hospital Oñativia, que estuvo a cargo de la organización.
Una voz que se formó entre el piano y la improvisación
Oliver llegó al jazz por un camino poco lineal. Empezó con el piano clásico, pero fue la improvisación la que le abrió una puerta distinta. Con los años construyó una identidad propia: arreglos cuidados, sonoridades buscadas y una interpretación vocal que no se limita a repetir la versión original de cada tema.
Para ella, el jazz es una música que invita a explorar. Cada presentación permite cambiar una frase, jugar con el ritmo o generar un diálogo inesperado con los instrumentos. Esa libertad es la que la sigue desafiando incluso con canciones que ya interpretó cientos de veces.
Su repertorio mezcla el respeto por la tradición con una mirada contemporánea. Puede tomar un clásico del cancionero estadounidense, una canción de cine o una obra del folclore argentino y llevarla hacia otro lenguaje musical.
De Buenos Aires a Japón: la carrera internacional
Uno de los capítulos más fuertes de su trayectoria está en Japón. En 2012 fue convocada como cantante residente en el New York Bar de Tokio, un espacio de jazz que se hizo mundialmente conocido por aparecer en la película Perdidos en Tokio, de Sofia Coppola. Esa experiencia abrió la puerta a otras temporadas en clubes japoneses, como el Maduro Jazz Bar.
Las residencias no son presentaciones aisladas: implican quedarse varios meses al frente de un espectáculo, trabajar con músicos locales y armar un repertorio que puede cambiar de una noche a otra. Ese formato le permitió liderar distintas formaciones y construir un vínculo cercano con los instrumentistas.
En Japón, Oliver encontró un público interesado en los clásicos estadounidenses, pero también receptivo a las composiciones argentinas. De hecho, incorporó obras como La pomeña y Tonada de un viejo amor adaptadas al lenguaje del jazz.
Discos, premios y un cancionero propio
A lo largo de su carrera, la cantante armó un repertorio que incluye composiciones de grandes referentes de la música estadounidense, como George Gershwin y Cole Porter, y recupera la tradición de intérpretes como Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan y Billie Holiday. Pero lejos de imitarlas, construyó una identidad propia donde la interpretación y la improvisación son centrales.
Esa búsqueda quedó registrada en sus discos. En 2005 publicó Mirada, su primer álbum como solista. Después llegaron Camino (2010), Buenos Aires Bebop (2015) y Tokyo Sessions (2020), este último ligado a su experiencia en Japón. Cada trabajo fue una nueva exploración de estilos, arreglos y formaciones.
Su calidad artística también le valió reconocimientos: fue jurado de los Premios Clarín Espectáculos y de los Premios Gardel en la categoría jazz, y recibió distinciones del ciclo Jazzología. En 2015 obtuvo el premio Jazzología de Oro, un reconocimiento a su aporte al desarrollo y la difusión del género en el país.
La noche en que Lady Gaga cantó en el club de Tokio
Entre las anécdotas que Oliver compartió durante su paso por el streaming Tal Cual, de El Tribuno, hay una que se destaca: el encuentro con Lady Gaga en Japón. Según relató, la cantante estadounidense llegó en varias oportunidades al club de jazz donde Oliver se presentaba en Tokio, después de sus propios conciertos.
En una de esas noches, el equipo de Gaga preguntó si podía interpretar algunas canciones acompañada por la banda. Oliver recordó el momento en que la estrella tomó el micrófono y empezó a cantar junto a los músicos, en un ambiente íntimo, muy lejos de los estadios. La experiencia le permitió ver de cerca otra faceta de Gaga, su capacidad para el jazz y su adaptación a un formato pequeño. Años después, la artista estadounidense haría una conocida colaboración con Tony Bennett.
Jazz para todos y una causa solidaria
Antes de la presentación, Oliver insistió en un mensaje: el jazz no es una música difícil. “El jazz tiene como una mala fama, como que es difícil. Pero eso no es así para nada”, señaló en la entrevista con El Tribuno.
Para la cantante, no hace falta conocer las estructuras musicales ni identificar las improvisaciones para disfrutar de un show. La experiencia puede empezar con una melodía, con una voz o con el diálogo entre los instrumentos. Esa idea fue la que buscó transmitir en el Club 20 de Febrero, en una noche que unió el jazz con la solidaridad y dejó fondos para el Hospital Oñativia.