Las casas barco de Godoy Cruz: el barrio que esconde un puerto en medio de la ciudad
En Godoy Cruz, un barrio con casas que parecen barcos guarda un pasado moderno único. ¿Por qué quedó en el olvido? Descubrí los secretos del Romairone y su lucha por ser patrimonio.
En el corazón de Godoy Cruz, a pasos del bullicio del Bombal Sur, se esconde un barrio que parece detenido en el tiempo. Sus viviendas de líneas rectas y volúmenes compactos, conocidas como "casas barco", guardan un secreto que pocos conocen y que un reciente estudio de arquitectos saca a la luz.
El Barrio Romairone, con sus fachadas racionalistas y jardines delanteros, evoca una Mendoza de fines de la década del '30, cuando la arquitectura moderna comenzaba a abrirse paso. Pero ¿qué hace que estas casas parezcan embarcaciones ancladas en el asfalto? La respuesta está en su diseño, que imita la proa y la cubierta de los transatlánticos que fascinaban a la época.
Un refugio moderno entre viñedos
Corría 1937 cuando el impulsor Angel Alfredo Romairone y el constructor José Zupo Morrone pusieron en marcha este emprendimiento privado, destinado a sectores medios y medios altos. El barrio se extendía por cuatro manzanas delimitadas por Almirante Brown, Ameghino, Tucumán y Patricias Mendocinas, y hacia 1940 ya contaba con cerca de 70 casas.
En ese entonces, la zona tenía un aire rural, con viñedos y quintas que dieron paso a nuevas calles, forestación y acequias de hormigón. Las viviendas, construidas con ladrillo y hormigón armado, ofrecían tres dormitorios, patios y pérgolas pensadas para regular el sol con vegetación, un recurso muy mendocino.
La distribución interior rompía con lo tradicional. Según detalló la arquitecta Verónica Fader, en muchas de ellas todo giraba alrededor del comedor, desde donde se accedía a los dormitorios y baños, reflejando otra forma de habitar.
¿Cuánto queda de aquel barrio?
Fader, quien junto a Carlos Sala realizó un exhaustivo relevamiento con recorridos, entrevistas y análisis de planos, aclara que no hay un censo exacto de cuántas casas conservan su estado original. Algunas permanecen casi intactas, como la casa de José Zupo, la más singular por ser de dos plantas, o la de la familia Mazzuca.
Otras, en cambio, sufrieron transformaciones radicales. La emblemática vivienda de Josefina Civit de Ortega fue demolida y reemplazada por un edificio de baja altura. Muchas propiedades siguen en manos de las familias originales, lo que ayudó a preservar ciertos sectores, pero en otros tramos las modificaciones por seguridad alteraron la fisonomía del conjunto.
Las tres razones del cambio
Fader identifica tres factores principales detrás de las modificaciones. El primero es el crecimiento en altura: muchas casas sumaron una planta adicional sin respetar el lenguaje racionalista. El segundo responde al imaginario colectivo, que durante décadas asoció la vivienda ideal con techos de tejas y estilos pintorescos. Y el tercero, el más visible, es la seguridad: los jardines delanteros desaparecieron detrás de muros y rejas, mientras que la llegada del segundo automóvil obligó a construir cocheras en espacios comunes.
El resultado es una pérdida del valor de conjunto. Donde antes había continuidad de escalas y retiros, hoy se ven fachadas heterogéneas que ya no dialogan entre sí. Esta situación explica por qué el Romairone no corrió la misma suerte que el Barrio Cano, declarado patrimonio cultural.
¿Por qué el Cano sí y el Romairone no?
Fader explica que el Cano fue proyectado por arquitectos y concebido como un conjunto estatal integral, con un lenguaje arquitectónico más puro. El Romairone, en cambio, nació como un emprendimiento privado de un constructor que seguía las tendencias modernas, y nunca tuvo la misma visibilidad pública para impulsar su declaratoria.
El informe advierte que el barrio quedó absorbido por la trama urbana entre Godoy Cruz y Capital, tanto que muchos lo consideran parte del Bombal. Aun así, los arquitectos proponen medidas para rescatarlo: señalización histórica, delimitación del área patrimonial, preservación de espacios libres y la gestión de una declaratoria como bien de interés cultural municipal.
"Atendiendo al valor patrimonial arquitectónico y urbanístico de los conjuntos estudiados y en virtud de su desfavorable situación actual, consideramos que deben tomarse medidas que aseguren su preservación", señalaron Sala y Fader en su trabajo.
Caminar hoy por el Romairone es una experiencia única. Entre rejas nuevas y edificios cercanos, emergen fachadas blancas, pérgolas cubiertas de verde y ventanas horizontales que miran hacia otro tiempo. Son las viejas casas barco, que ya no navegan entre viñedos pero aún conservan la promesa moderna con la que Godoy Cruz imaginó el futuro hace casi noventa años.