Le dieron la espalda en un club de sordos y esa escena le cambió la vida para siempre
Mónica Esquenazi lleva casi 40 años enseñando lengua de señas en Río Cuarto. Un día viajó a un club de sordos en Córdoba convencida de que ya hablaba el idioma. Lo que vivió ahí la dejó sin palabras, pero le enseñó algo que todavía hoy transmite a sus alumnos.
Mónica Esquenazi tiene 58 años y lleva casi cuatro décadas trabajando para que las personas sordas de Río Cuarto puedan comunicarse. Su historia, que marcó un antes y un después en la comunidad, empezó con un obstáculo que parecía menor pero la acompañó durante toda la carrera: una disfonía recurrente en las cuerdas vocales que no le impidió superar los exámenes de ingreso. Así comenzó sus primeras experiencias como practicante ad honorem.
En aquellos primeros años, la enseñanza estaba centrada en el enfoque oralista: lograr la articulación de la palabra y la lectura labial. Sin embargo, Mónica advirtió temprano que para muchos alumnos la voz no alcanzaba. Ese impulso la llevó, junto a un grupo de docentes, a formarse en Lengua de Señas Argentina (LSA).
El día que le dieron la espalda
La búsqueda de formación la llevó a protagonizar una escena reveladora en el Club de Sordos de Córdoba. Después de completar un año de curso, Mónica viajó a un encuentro convencida de que dominaba la lengua. Pero al identificarse como oyente, sintió el rechazo y la distancia de la comunidad.
“Me daban la vuelta y no me hablaban. Me sentí mal, pero a la vez dije: esto es lo que sienten ellos. Entendí que la lengua de señas es la identidad y la cultura sorda”, recuerda hoy. Aquella vivencia le demostró que la comunicación trasciende las señas técnicas y requiere un deseo genuino de conectar: “No hace falta tanta seña, sino deseo de comunicar”.
A diferencia de otros centros con posturas rígidas, la única escuela para personas con discapacidad auditiva del sur cordobés adoptó un enfoque integrado. Los docentes crecieron junto a las primeras camadas de alumnos, acompañando sus procesos desde la infancia hasta la adultez. Se promovió la lectura labial, la alfabetización y la expresión oral en quienes podían desarrollarla, sin prohibir el uso de las manos ni condicionar la comunicación.
Inclusión que se abre camino en la ciudad
Mónica acompañó a jóvenes sordos en cursos de soldadura y carpintería dictados por el Centro de Formación Regional (CEDER). La totalidad de la camada completó los talleres y la mayoría logró insertarse en el mercado de trabajo. Además, impulsó capacitaciones de LSA dictadas directamente por instructores sordos, una metodología que permitió a los estudiantes oyentes romper prejuicios desde la primera clase. Entre los asistentes se destacaron comerciantes locales interesados en atender mejor a sus clientes sordos habituales.
La expresión artística también tuvo su lugar con “Expressarte”, donde estudiantes sordos e intérpretes llevaron la lengua de señas a los escenarios junto a canciones de artistas de renombre como Jairo, Patricia Sosa, Armonía Americana y Ángel Mildoza, además de agrupaciones corales como el Coro de la Merced y el PEAM. Uno de los momentos más emotivos ocurrió durante una interpretación junto a Armonía Americana, cuando el grupo dejó un pasaje a cappella de la canción “Sube, sube” para que los alumnos sordos sumaran sus propias voces.
Lo que todavía falta
A pesar de las transformaciones logradas en la sociedad riocuartense, Mónica señala que persisten dificultades estructurales, especialmente en el ámbito del empleo privado. Con frecuencia, postulantes sordos enfrentan el rechazo de empleadores que dan marcha atrás al conocer su condición.
Al hacer un balance de sus más de 36 años de aportes provinciales y casi cuatro décadas de labor, destaca la sensibilidad de los estudiantes sordos, capaces de percibir estados de ánimo a través de la gesticulación y la mirada, así como el compromiso del cuerpo docente.
“La sociedad cambió de manera significativa en su mirada hacia las personas sordas, aunque todavía falta avanzar, especialmente en materia de presupuesto estatal para la educación especial. Los docentes de la educación especial hacen magia”, cierra.