Le dijeron que no podía comer lo que más le gustaba: el cambio que nadie le explicó

Un psicólogo mendocino explica por qué el diagnóstico de celiaquía puede sentirse como un duelo. Lo que dijo sobre el acompañamiento de la familia cambia por completo la forma de apoyar a alguien que empieza a vivir sin gluten.

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Le dijeron que no podía comer lo que más le gustaba: el cambio que nadie le explicó
Le dijeron que no podía comer lo que más le gustaba: el cambio que nadie le explicó

Recibir un diagnóstico de celiaquía no es solo una noticia médica: es un cambio profundo en la vida cotidiana. Para muchas personas implica empezar una dieta estricta sin gluten de por vida, y con ello un proceso emocional que puede incluir enojo, tristeza, ansiedad o sensación de pérdida. En ese camino, el acompañamiento de familiares, amigos y otros pacientes resulta clave.

El psicólogo Walter Motilla (MP 1645), director clínico del Instituto Psicosalud, lo resume con claridad: “Hay un antes y un después: alimentos que formaban parte de la vida cotidiana dejan de poder consumirse y situaciones tan simples como salir a comer, viajar o compartir una reunión empiezan a requerir más atención”.

El impacto no es menor, pero tampoco siempre negativo. El diagnóstico puede ser un alivio para quienes llevaban tiempo con síntomas sin explicación.

El duelo por los hábitos que se van

La comida no es solo nutrición. Está ligada a los encuentros familiares, las celebraciones, los recuerdos y la vida social. Por eso, una restricción permanente puede vivirse como un duelo por esas costumbres que deben modificarse, explica Motilla a SITIO ANDINO.

En esa primera etapa, es común que aparezcan emociones como:

— Enojo frente al diagnóstico y los cambios que implica.
— Tristeza por las restricciones alimentarias.
— Preocupación por sostener el tratamiento durante toda la vida.
— Sensación de injusticia, con preguntas como “¿por qué a mí?”.
— Ansiedad ante situaciones sociales relacionadas con la comida.

Para el profesional, es importante respetar ese proceso sin que la celiaquía se convierta en el centro de la identidad. “Hay que permitir un tiempo de adaptación. El objetivo psicológico no debería ser negar lo que cambia, sino lograr que la celiaquía vaya ocupando progresivamente el lugar que le corresponde: una condición que requiere determinados cuidados, pero que no tiene por qué convertirse en el centro de la identidad de una persona”, sostiene.

Acompañar sin invadir: el rol de la familia y los amigos

El entorno cercano puede ser un gran sostén emocional, pero también una fuente de dificultades si no comprende bien el tratamiento. Motilla propone una idea central: “acompañar sin invadir”.

Minimizar la enfermedad con frases como “no pasa nada, probá un poquito” ignora que el tratamiento exige evitar el gluten de manera estricta y prestar atención a la contaminación cruzada. Pero convertir cada comida en una situación de alarma permanente tampoco ayuda.

“Hay un gesto que para mí resume bastante bien el buen acompañamiento: no decidir por la persona, pero tampoco obligarla a defenderse todo el tiempo”, expresa el psicólogo.

Algunas formas concretas de acompañar son:

— Informarse sobre la celiaquía y la contaminación cruzada.
— Consultar qué alimentos o lugares son seguros antes de organizar una comida.
— Evitar que la persona se sienta “el enfermo de la casa”.
— Incluir a la persona celíaca en reuniones, cumpleaños y salidas.
— Respetar sus decisiones sin obligarla a dar explicaciones constantemente.

Niños y adolescentes: pertenecer sin dejar de cuidarse

En los chicos y adolescentes celíacos, el aspecto emocional adquiere una dimensión particular. La necesidad de pertenecer al grupo puede hacer que una golosina, una porción de pizza o una comida compartida tengan un significado mucho mayor que el alimentario. “Para un chico, puede representar sentirse diferente justamente en una edad en la que ser aceptado por el grupo tiene enorme importancia”, explica Motilla.

Por eso, recomienda evitar transmitir la enfermedad desde el miedo. Los chicos necesitan conocer los cuidados y aprender progresivamente a preguntar, elegir y comunicar qué necesitan, pero sin crecer con la sensación de que el mundo exterior es una amenaza permanente.

Es clave anticiparse a cumpleaños, campamentos, viajes escolares y reuniones, ya que muchas veces el malestar aparece cuando el niño descubre que todos pueden participar de una actividad menos él. En Mendoza, los estudiantes con celiaquía pueden recibir asistencia alimenticia.

Durante la adolescencia, el desafío es avanzar hacia una mayor autonomía. El acompañamiento familiar debe pasar gradualmente de “nosotros te cuidamos” a “vos sabés cuidarte y estamos disponibles cuando nos necesites”.

Mendoza Sin Gluten: una red para no transitar el camino en soledad

En Mendoza existen espacios que brindan contención, información y acompañamiento a quienes conviven con la celiaquía. Uno de ellos es “Mendoza Sin Gluten”, una asociación civil sin fines de lucro creada para difundir información sobre la enfermedad y acompañar a las personas celíacas.

Adrián Riquelme, presidente de la organización, cuenta a este medio que uno de sus principales objetivos es generar una comunidad donde las personas puedan compartir experiencias y sentirse seguras al momento de comer. “Buscamos que exista una mayor difusión de la enfermedad. Entre otras cosas, nuestro objetivo es brindar apoyo emocional a personas con celiaquía y ayudar a que todos comprendamos la contaminación cruzada”, señala.

La asociación tiene un grupo de WhatsApp con casi 500 miembros, que funciona como espacio de autogestión para compartir orientación, experiencias, recetas, lugares donde comer, oportunidades de compra y encuentros. Además, cuenta con un stand de ventas donde emprendedores ofrecen productos considerados seguros, actualmente ubicado en la plaza Marcos Burgos —frente a la Municipalidad de Las Heras—. Según Riquelme, trabajan para extender esta propuesta a otras comunas.

“Es un hermoso grupo de personas que te hacen sentir que no estás solo en este camino de vivir sin gluten”, resume Riquelme.

Quienes quieran sumarse al grupo de WhatsApp pueden ingresar al link chat.whatsapp.com/Ct3nGjY44i9GgN47Yx4IQj o seguir la página de “Mendoza Sin Gluten” en Instagram: @mendoza.singluten

Una restricción alimentaria no es una vida restringida

Una de las claves del proceso de adaptación es convertir los cuidados necesarios en hábitos cotidianos, para que demanden cada vez menos energía mental. Al principio, leer etiquetas, preguntar cómo fue preparado un alimento, organizar las comidas y encontrar lugares seguros puede resultar agotador. Con el tiempo, esas conductas se incorporan a la rutina.

También es importante desarrollar una comunicación asertiva, que permita expresar las necesidades sin vergüenza ni tener que justificarse permanentemente. “Tener una restricción no significa tener una vida restringida”, afirma Motilla. Y agrega que una persona celíaca puede viajar, reunirse, enamorarse, estudiar, trabajar y celebrar, aunque deba hacerlo incorporando determinados cuidados.

El acompañamiento emocional no reemplaza el tratamiento médico y nutricional, pero puede ayudar a que la persona transite el diagnóstico con menos aislamiento y mayor seguridad. La meta, como plantea Motilla, es que el cuidado de la salud forme parte de la vida cotidiana sin convertirse en toda la vida.

Imagen generada con IA

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