Le dijo a su mamá que volvía en unas horas: la encontraron quemada a 3 km y el culpable ya tenía otra vida
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Le dijo a su mamá que volvía en unas horas: la encontraron quemada a 3 km y el culpable ya tenía otra vida

Le prometió a su mamá que volvía en unas horas. Dieciséis días después encontraron su cuerpo calcinado a tres kilómetros de la casa. Cuando la Justicia finalmente condenó al responsable, la que había peleado diez años por su hija ya no estaba para escucharlo.

En Villa del Carmen, un pueblo chico de San Luis donde todos se conocían, la desaparición de Brenda Arias partió la tranquilidad en dos. La joven tenía 19 años cuando salió de su casa la noche del 11 de julio de 2009 para juntarse con amigos. Antes de cruzar la puerta le dio un beso a su mamá y le prometió que volvería en pocas horas. Nunca regresó.

Lo que vino después fue una búsqueda desesperada, una causa llena de demoras y sospechas de encubrimiento, y una pelea judicial que se estiró casi una década. En el medio apareció lo peor: el cuerpo de Brenda, calcinado, a tres kilómetros de su casa.

La noche que no volvió

Brenda salió cerca de las 21.30 de su vivienda en el departamento de Chacabuco. Había quedado en verse con su amiga Carolina y con el novio de esta, Juan José Murúa. El punto de encuentro estaba cerrado por las restricciones que se habían impuesto por el brote de gripe A.

La última imagen que se tiene de ella es en una esquina, cuando aparentemente encaraba el regreso a su casa. Sus padres pensaron primero que se había quedado en otro lado o que había cambiado de planes. Pero de madrugada llegó un mensaje desde el teléfono de la joven a Elba, su madre: decía que estaba en Tilisarao y que volvería por la tarde. A la familia algo no le cerró.

Cuando el micro llegó y Brenda no bajó, la preocupación se volvió desesperación. En los días siguientes aparecieron más mensajes enviados desde su celular, pero los padres seguían sin poder escuchar su voz. La Policía, en un primer momento, no activó una búsqueda urgente.

El hallazgo que lo cambió todo

El 27 de julio, dieciséis días después de la desaparición, un vecino encontró restos humanos a unos tres kilómetros de la casa de la joven. El cuerpo estaba desnudo y completamente quemado. Alrededor había objetos personales: un reloj con manchas de sangre, anillos, pulseras, un juego de llaves y la tira de un corpiño. Todo era de Brenda.

Ahí se confirmó lo que la familia temía. La joven no se había ido por voluntad propia ni se había quitado la vida, como se especuló en algún momento. Los peritajes determinaron que la mataron el mismo día en que desapareció, con un proyectil calibre .22, y que después usaron combustible para prender fuego el cuerpo y borrar pruebas.

La causa volvió a quedar trabada en demoras y contradicciones. Durante meses no hubo avances y la familia empezó a sospechar que algunas pistas no se estaban investigando como correspondía.

El nombre que apareció en el expediente

La investigación recién tomó otro rumbo once meses después del hallazgo, cuando la jueza Patricia Besso se hizo cargo y ordenó revisar testimonios, llamadas y movimientos de quienes habían estado cerca de Brenda en sus últimas horas.

Las nuevas medidas apuntaron a Juan José Murúa, pareja de una amiga de la víctima y uno de los que iban a encontrarse con ella esa noche. Varios testigos lo describieron como un hombre violento y obsesivo, con antecedentes de violencia de género y acoso. También mencionaron su interés por Brenda y actitudes que llamaron la atención de los investigadores.

El dato que lo puso en el centro de la escena fue el tiempo que estuvo fuera de su casa la noche del crimen: según la reconstrucción, se ausentó unas seis horas con la excusa de que iba a buscar una carabina para salir a cazar. Esa ventana horaria le daba margen suficiente para cometer el asesinato.

Rodolfo Picapiedra, uno de los testigos, declaró que esa noche escuchó una discusión, dos disparos y después el ruido de una moto que se alejaba. Además, los mensajes enviados desde el teléfono de Brenda después de su desaparición coincidían con los movimientos de Murúa.

La confesión que faltaba

El caso llegó a juicio en 2018. Para entonces Murúa ya estaba detenido y cumplía condena en Córdoba por un intento de abuso contra una sobrina. Fue justamente en ese proceso donde apareció la pieza que terminó de armar el rompecabezas: Mabel Bonada, otra sobrina del acusado, declaró que su tío le había confesado que había matado a una joven en San Luis y que había quemado el cuerpo para ocultarlo.

El tribunal tomó en cuenta toda la cadena de indicios: las seis horas de ausencia, los antecedentes de violencia, los testimonios sobre su interés por Brenda, los mensajes posteriores a la desaparición y la confesión ante su sobrina.

El 15 de noviembre de 2018 los jueces lo declararon culpable y unificaron las penas en 38 años y dos meses de prisión, a cumplir en el Complejo Penitenciario Provincial Pampa de las Salinas.

La madre que no llegó a escuchar el fallo

Elba Norma Garayalde, "La Negrita" para todos los que la conocían, fue quien cargó con la pelea por justicia durante casi diez años. Marchó, reclamó, presionó a las autoridades y mantuvo vivo el caso cuando parecía encerrado en un callejón sin salida.

No llegó a ver el final. Murió cuatro días antes de que arrancara el juicio contra Murúa. No pudo sentarse en la sala a escuchar los testimonios ni conocer el fallo que condenó al responsable de la muerte de su hija. La sentencia llegó, pero ella ya no estaba.

Otra perpetua y una nena que sigue desaparecida

Entre el asesinato de Brenda y el juicio que lo condenó casi diez años después, Murúa se mudó a Córdoba y siguió sumando causas. Fue investigado por violencia de género tras una denuncia de su esposa y enfrentó un juicio por un intento de abuso sexual contra una de sus sobrinas.

También se convirtió en sospechoso de otro femicidio: el de Marisol Reartes, de 18 años, que la mañana del 2 de febrero de 2014 desapareció junto a su hija Luz, de apenas dos, en Villa de las Rosas. La investigación estuvo cuatro años sin avances significativos hasta que el 1 de noviembre de 2018 apareció el cráneo de Marisol.

Ese hallazgo le permitió a la fiscalía avanzar con la hipótesis del doble homicidio. Los restos de la nena, en cambio, nunca aparecieron. En abril de 2025 Murúa sumó una nueva condena a prisión perpetua por los asesinatos de Marisol y de su pequeña hija.

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