Le pidieron el cambio, miró al mensajero y soltó: "Soy el Director"
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Le pidieron el cambio, miró al mensajero y soltó: "Soy el Director"

¿Qué le dijo el número 10 al mensajero que fue a sacarlo de la cancha? La respuesta dejó mudo al banco y terminó de la mejor manera para el equipo.

Hay partidos de fútbol amateur que quedan en la memoria por el resultado y otros que se recuerdan por lo que pasó al costado de la línea de cal. En el Estadio Municipal de Santa Rosa, donde los fines de semana se armaban los torneos de "profesionales", hubo una mañana que todavía se cuenta entre risas: la de los Profesores de Educación Física contra los Ingenieros Agrónomos.

El trámite era áspero. La pelota volaba de un lado al otro, el marcador seguía cerrado y los "profes" necesitaban los puntos como el aire para no desprenderse de la pelea por el campeonato. En el banco, la dupla técnica de Horacio González y Roberto Zamudio —dos nombres queridos del deporte lugareño— buscaba una fórmula para sacudir al equipo.

Un mensajero con cinturón

Mover las piezas no era sencillo. Hacía falta alguien que fuera a dar la noticia y aguantara la respuesta. Los técnicos llamaron a Lorenzo Díaz, colaborador de siempre, trabajador municipal y, además, karateca reconocido. Le encomendaron la misión: avisarle al número 10 que salía de la cancha para que entrara Juan.

Díaz intuyó el terreno que pisaba, pero caminó firme hasta el lateral. Levantó los brazos, le avisó al juez de línea y le hizo señas al enganche para que abandonara el campo.

La frase que quedó en el folklore

El silencio se instaló en las tribunas. El jugador señalado no era uno cualquiera: grandote, con una barba espesa y oscura y el flequillo empapado de sudor sobre la frente, era una figura reconocida en la vida pública local. Se acercó con paso pausado hasta la línea de cal, miró fijo a Díaz y, de reojo, buscó a los técnicos, que simulaban mirar para otro lado.

Entonces llegó la respuesta que quedó grabada en la historia del torneo: "Yo no salgo… soy el Director". El autor de la retranca era Oscar Di Benedetto, por entonces director de Deportes de la Municipalidad de Santa Rosa.

Nadie se animó a discutir demasiado. El principio de autoridad pesó más que la pizarra de González y Zamudio. Y había un detalle que terminaba de inclinar la balanza: de lunes a viernes, en el organigrama municipal, el jefe directo de Lorenzo Díaz en la Dirección de Deportes era justamente aquel número 10. Contradecirlo en la cancha era un riesgo que ni el karate podía cubrir.

El premio a la desobediencia

El fútbol suele tener memoria para los audaces. Pocos minutos después de que se cancelara el cambio, los "profes" ejecutaron un tiro de esquina. Di Benedetto se elevó en el corazón del área y, con un cabezazo soberbio, clavó la pelota contra el ángulo, con un salto que en las tribunas compararon con el de Martín Palermo.

El partido terminó 1 a 0. Los Profesores de Educación Física se quedaron con el triunfo y el indomable número 10 dejó el césped con el pecho inflado y una sonrisa dedicada, con sutil ironía, a los técnicos que habían querido mandarlo a las duchas antes de tiempo. En su Dirección, el reglamento lo escribía él.

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