Le sirvieron medio lomito al DT estrella y lo que hizo el gerente después lo dejó mudo
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Le sirvieron medio lomito al DT estrella y lo que hizo el gerente después lo dejó mudo

Le sirvieron medio lomito y medio vaso de gaseosa al DT más famoso de la Liga de Veteranos. Cuando atendió el teléfono hecho una furia, del otro lado estaba el gerente con una condición imposible de rechazar.

En el fútbol de veteranos de Santa Rosa hay personajes que quedaron en la memoria de todos, y Luis "Perro" Baretto es uno de los más queridos. Ex futbolista de General Belgrano y también director técnico, fue uno de los impulsores históricos de la creación y organización de la Liga de Veteranos. Y, como era de esperar, historias sobre él sobran.

Los códigos del fútbol de veteranos

En ese ambiente hay reglas no escritas que se respetan a rajatabla. Una de las más antiguas sostiene que autoridades, sponsors y gerentes siempre tienen un lugarcito asegurado en el plantel.

El caso de Roberto Forestier es un ejemplo claro. Un grupo de muchachos —entre ellos "Callejero" Erro, Horacio Zalabardo, "Caio" Valcarcel y "Pantera" Rodríguez— lo invitaron a jugar la primera vez. No lo hicieron tanto por su juego, sino porque tenía un auto cómodo y seguro para los viajes. Con el tiempo, el hombre demostró que además de motor tenía categoría y buen pie.

Más adelante se armó el equipo de Casino Club, del que Roberto era gerente. Los muchachos la pasaban bárbaro cada vez que iban a jugar unas fichitas, porque Forestier los agasajaba por esa amistad futbolera.

"Voluntarioso": el diagnóstico que lo condenó

Pero el caso que dejó huella fue el de Omar Giménez, el gerente que sucedió a Forestier. Cuando alguien preguntaba "¿qué tal juega Giménez?", la respuesta era automática y con tono piadoso: "¡Voluntarioso!". En idioma futbolero, eso significa que patea con las dos piernas pero no le pega a la pelota con ninguna, corre mucho, entorpece bastante, pero le pone unas ganas bárbaras.

El problema para Giménez fue que el DT del equipo era nada menos que el "Perro" Baretto, un tipo sin casette y de pocas pulgas. Aplicaba la meritocracia pura: a Giménez lo ponía poco y nada, apenas un ratito sobre el final del segundo tiempo, como para cumplir con la investidura y chau.

"Atención de la casa"

El "Perro" tenía un beneficio no menor por ser el DT estrella: cada vez que pisaba el restaurante del Casino, iba derecho a la mesa principal, pedía lo que quería y la cuenta corría por "atención de la casa".

Una noche de sábado, después de una dura jornada de fútbol bajo el sol, Baretto cayó al salón con un hambre voraz. Soñaba con devorarse un imponente lomito completo con papas fritas y bajarlo con una gaseosa helada.

La venganza que nadie vio venir

Lo que Baretto no sabía era que Giménez lo estaba esperando. Desde la oficina de gerencia, mirando las cámaras de seguridad que enfocaban todo el salón, ya le había dado una instrucción precisa al mozo.

El "Perro" se sentó, se acomodó la servilleta en el cuello y pidió su banquete habitual. A los diez minutos, el mozo volvió con la bandeja en alto y depositó el pedido sobre la mesa con solemnidad casi litúrgica.

Baretto miró el plato, parpadeó dos veces y los ojos se le abrieron como dos faroles desencajados. Sobre la mesa no había un lomito: había medio lomito. Y al lado, en lugar de una botella de gaseosa, había medio vaso.

"¿Me estás cargando?", saltó Baretto indignado, clavándole la mirada al mozo.

"Es la orden que tengo, señor Baretto", respondió el mozo, impertérrito. "Es exactamente lo que me mandaron a servirle".

El "Perro" echaba humo por las orejas. En ese preciso instante, le sonó el celular. Atendió hecho una furia:

—¡Hola! ¡¿Quién habla?!

—Hola Perro, soy Giménez.

—¡Giménez! ¡No sabés la locura que están haciendo los muchachos acá en la confitería! ¡Tenés que venir a ver esto, es una falta de respeto! —gritó, esperando que el gerente pusiera orden.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio corto, seguido de una risita socarrona.

—Tranquilo, "Perro"… Estoy mirando por las cámaras. Estoy viendo perfectamente tu mesa.

—¿Y entonces? ¡¿Qué pasa con mi comida?!

—Pasa una cosa muy simple, Luis —le dijo con voz pausada—. El día que me pongas a jugar el partido completo, el lomito y la Coca van a llegar completos.

Y le cortó.

El sábado siguiente

Cuentan las malas lenguas que, por pura coincidencia táctica, Giménez salió a la cancha de titular, lució la cinta de capitán, fue designado para patear un penal si había y jugó los 90 minutos.

Al "Perro" Baretto, esa noche, el lomito le vino con ración doble de papas fritas.

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