Leemos más pero peor: la explicación de una experta jujeña sobre la lectura en tiempos de redes
No es que leamos menos: leemos de otra manera. Pero hay un dato sobre cómo procesamos esa información que preocupa a los expertos.
La tecnología transformó por completo la manera de leer y comunicarnos. Hoy consumimos más contenido que nunca, pero de forma rápida, fragmentada y con nuevos desafíos para la comprensión. Mercedes Nieva Agreda, Magíster en Comunicación, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Jujuy y becaria doctoral del CONICET, analizó este fenómeno y explicó que no se trata de leer menos, sino de leer distinto.
De la lectura en voz alta a las pantallas
La forma de leer no fue siempre la misma. Hasta aproximadamente el siglo V, la lectura era pública y en voz alta, y requería que los oyentes prestaran atención al narrador. Luego surgieron formas de lectura intensiva, concentradas en pocos textos y reservadas a ciertos sectores de la sociedad.
La imprenta marcó otro hito: la circulación de periódicos, panfletos y novelas amplió el acceso y dio paso a una lectura más extensiva, con mayor cantidad y variedad de textos.
Hoy, ese proceso sumó una nueva transformación. “Estamos viviendo una lectura hipertextual, multimodal, que consumimos a través de diferentes soportes y muchos lenguajes: textual, visual y sonoro, en simultáneo”, explicó Nieva Agreda. Ese tipo de consumo se da especialmente en redes sociales, plataformas digitales y aplicaciones, donde se pasa de una publicación a otra combinando textos, imágenes, audios y videos.
Lectura rápida vs. lectura profunda
La especialista diferenció la lectura superficial y cotidiana de aquella que exige mayor concentración. La primera aparece al revisar redes sociales, leer un mensaje de WhatsApp, buscar una receta o consultar una indicación: es utilitaria y necesaria para la vida diaria.
La lectura profunda, en cambio, requiere seguir una línea argumental durante más tiempo y mantener la atención, como ocurre con novelas extensas, textos literarios o artículos académicos.
Nieva Agreda señaló que hoy existe una enorme cantidad de contenidos disputando permanentemente la atención de las personas. “Si hablamos en cuanto a cantidad, leemos muchísimo más contenido, pero es breve, es fragmentado”, sostuvo. Frente a eso, la literatura puede ofrecer una experiencia diferente, ya que obliga a disponer de tiempo y sostener la concentración, y puede funcionar como una pausa ante esa demanda constante de estímulos.
¿Perdimos comprensión por las redes?
La investigadora advirtió que no es correcto afirmar de manera general que las personas dejaron de leer o perdieron capacidades. Las prácticas lectoras dependen de factores como la edad, el nivel educativo, las condiciones sociales, las trayectorias familiares y escolares y el acceso a los libros.
Sin embargo, ciertos tipos de lectura digital generan hábitos diferentes. En redes sociales, es común una lectura rápida y fragmentada, conocida como lectura “en F”: se observa la parte superior del contenido, se desciende rápido, se leen algunos fragmentos y se sigue avanzando. Ese comportamiento permite consumir mucha información en poco tiempo, pero no necesariamente exige analizar, evaluar o cuestionar lo que se lee.
La preocupación por los estudiantes universitarios
Uno de los principales desafíos aparece en el paso de la escuela secundaria a la universidad. Investigaciones con estudiantes secundarios y jóvenes de los primeros años universitarios muestran dificultades recurrentes para abordar textos extensos.
“Lo que sale constantemente de las voces de estos estudiantes es que les cuesta poder enfrentar lecturas largas, que precisan mayor concentración”, señaló Nieva Agreda. El problema no es solo terminar el texto: la lectura universitaria demanda comprender conceptos, relacionar argumentos, evaluar información y desarrollar una postura crítica.
Para la investigadora, esta situación puede influir en la permanencia y el egreso de los estudiantes, ya que gran parte de la formación universitaria sigue basándose en textos académicos extensos.
El desafío, entonces, no es elegir entre libros o pantallas. En una época con enorme cantidad de contenidos, la cuestión pasa por conservar y desarrollar distintas competencias lectoras: las que permiten desenvolverse rápido en la vida cotidiana y las que hacen posible detenerse, concentrarse, comprender y analizar críticamente un texto.