Llega a las 4 de la mañana y nadie lo ve: el secreto que sostiene a un clásico de Roca desde hace 50 años
¿Qué hace Antonio Priolo a las 4 de la mañana, cuando General Roca todavía duerme, desde hace 50 años? La respuesta está adentro de Arezzo y explica por qué generaciones enteras vuelven por más.
A las 3:30, cuando General Roca todavía duerme, Antonio Priolo ya está despierto. Cerca de las 4 llega a Arezzo en soledad. No hay mostrador, clientes ni cucuruchos: hay silencio, máquinas e ingredientes. Esa rutina se repite desde hace cinco décadas.
La heladería de Tucumán al 1200 cumple 50 años y su historia empezó lejos, en Reggio Calabria, Italia. Antonio llegó a la Patagonia con apenas siete años, en una de las últimas grandes olas de inmigración italiana de los años 60.
“Viajamos hasta Génova y desde ahí salimos para acá. Fue un 21 de septiembre y a Buenos Aires llegamos un 12 de octubre del año ‘63. Mi padre había venido antes, se había radicado en Allen y nos fue a buscar a mi mamá, a mi hermano y a mí”, recuerda el Tano Priolo.
El desarraigo y un sueño que no fue
Extrañaba el mar, que en Italia estaba a 300 metros de su casa, y a sus abuelos. Durante años conservó la idea de volver, pero la vida le tenía otros planes. Creció en Allen, fue a la escuela, cursó el secundario y pasó casi tres años en la Fuerza Aérea: quería ser piloto. No pudo concretarlo.
En 1976 llegó a Roca con 19 años y prácticamente nada sabía de fabricar helados. “Lo único que tenía idea es que el azúcar era blanca y la leche también…”, bromea. Compró una heladería en sociedad y se enamoró del oficio.
Aprender no fue fácil. “Antes era mucho más difícil porque no tenías información. Nadie te daba la fórmula, la receta”, cuenta. En Buenos Aires conoció a grandes maestros heladeros, como Andrés Mandalari, y a Rafael Pagani, que lo presentó al dueño de Freddo. “Tuve la suerte de que Luigi me diera algunos secretos, fórmulas…”, recuerda.
También conoció a Cristiano Ferrero, la primera persona que trajo al país las pastas para heladería Aromitalia. “Desde los años ‘80 hasta el día de hoy yo las sigo comprando”, dice.
La búsqueda de la fórmula perfecta
Antonio dedicó casi dos años a encontrar la textura y el sabor exactos. Quería un helado que no obligara al cliente a buscar un vaso de agua después de comerlo. “Yo quería que la gente venga a tomar un helado y que vuelva a repetir”, explica. “No tengo bebedero en la heladería. Uno de mis objetivos fue lograr que la gente después de tomar un helado no tenga ganas de tomar agua sino probar otros gustos”.
Hoy sigue llegando a las cuatro de la mañana. Hay días en que fabrica doce sabores; en plena temporada puede elaborar treinta o cuarenta. Tiene 64 sabores y no acumula producción: no tiene cámara frigorífica ni trabaja con stock. Lo que se vende durante el día se vuelve a fabricar al día siguiente.
“El helado artesanal que se elabora en el lugar, que no va a una cámara frigorífica, que va directamente al despacho, es un helado que tiene otro valor. Lo tiene que tener”, sostiene.
Lo que dejan cinco décadas
“De haber conformado a la gente”, responde cuando se le pregunta qué rescata de estos 50 años. “Alguien me dijo un día: ‘No te olvides que vos alegrás las mesas de todos los domingos…’ Soy muy agradecido de Roca, a mí me dio mucho”.
También pide que la comunidad apoye a los negocios locales. Y agradece a quienes lo ayudaron a darle forma definitiva a Arezzo, como Darío Saldía, técnico electricista, y el diseñador Diego Danei.
Antonio compra el diario en papel desde siempre. “El celular es la muerte silenciosa”, dice. Hace por lo menos 26 años se lo trae el mismo canillita, Miguelito, que “ya forma parte de Arezzo”.
Reconoce que no está lejos el momento de colgar el delantal. Después de medio siglo, piensa cada vez más en regresar a Italia. “Mi idea es volver algún día. A mí Roca me dio todo, todo lo que tengo se lo debo a esta ciudad”.
El niño que llegó desde Reggio Calabria nunca dejó atrás aquel mar. Pero Roca dejó de ser el lugar al que llegó y se convirtió en el lugar que lo hizo.