En muchos hogares de Salta, desde temprano se empieza a armar una mesa con pan casero, empanadas y las fotos de los que ya no están. La tradición marca una hora exacta para la llegada de las almas, y también un momento para desarmar todo.
Cada 1 y 2 de noviembre, cientos de hogares en Salta repiten un ritual que atraviesa generaciones: preparar la mesa para recibir a las almas. La tradición combina fe, memoria y cocina, y se sostiene con fuerza en el norte argentino.
La costumbre marca que los difuntos regresan a sus casas el 1 de noviembre al mediodía. Por eso, desde la mañana, las familias empiezan a montar la ofrenda con los platos y bebidas que sus seres queridos disfrutaban en vida.
Qué no puede faltar en la mesa
El pan casero encabeza la lista. Lo acompañan empanadas, tamales y masas dulces, esas que se preparan con tiempo y receta heredada. A la comida se suman flores, velas y fotografías de los fallecidos, que ocupan un lugar central en la mesa cubierta con un mantel blanco.
Cada objeto tiene su propio significado. Nada está puesto al azar: todo remite a un recuerdo, a un gusto, a una persona. En muchos hogares, los mayores enseñan a los más chicos cómo se arma la mesa, y así la costumbre pasa de una generación a otra.
Hasta cuándo queda armada y cómo se cierra
El altar se mantiene hasta el 2 de noviembre al mediodía, cuando llega el momento de "levantar la mesa". La ceremonia incluye rezos y agradecimientos, y después los alimentos se reparten entre familiares y allegados.
En distintas zonas de Salta, sobre todo en el Valle de Lerma y los Valles Calchaquíes, también se acostumbra llevar parte de las ofrendas a los cementerios. Allí se recuerda a los difuntos con flores, velas y oraciones.
Más que una fecha del calendario, el Día de las Almas funciona como un puente entre quienes están y quienes se fueron. La comida, los rezos y los objetos sobre la mesa sostienen esa conexión simbólica, y la tradición sigue viva en las familias salteñas.