Llegó de Japón a Córdoba, lo apodaron "el coya" y terminó manejando las locomotoras del ferrocarril
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Llegó de Japón a Córdoba, lo apodaron "el coya" y terminó manejando las locomotoras del ferrocarril

Llegó sin hablar español, lo confundieron con un coya y hasta le cambiaron el nombre. Medio siglo después, su bisnieto maneja subtes y lleva su historia en la sangre: cómo un japonés terminó siendo ferroviario y criollo hasta el final.

Cuando Makino Kinzo apareció por las calles de Córdoba, a fines del siglo XIX, casi nadie en la ciudad podía ubicar a Japón en un mapa. Mucho menos explicar de dónde venía ese joven de rasgos orientales que, para colmo, llevaba nombre argentino y apellido británico: Miguel King. Y que solo hablaba inglés.

Había nacido el 28 de diciembre de 1859 en Misaki, distrito costero de Miura, prefectura de Kanagawa, a 65 kilómetros de Tokio. Su infancia coincidió con un Japón que se sacudía la estructura feudal de los samurái para meterse de lleno en la modernización de la era Meiji, un salto que convirtió al país en potencia industrial y que trajo burocracia nueva, comercios, tecnología y una red ferroviaria en plena construcción.

En ese clima de cambios, muchos jóvenes empezaron a mirar más allá de las fronteras. Kinzo sintió la curiosidad a los 18 años, pero todavía le faltaba un tiempo para hacer la valija.

De camarero en un barco inglés a recorrer el mundo

El histórico periódico de la colectividad japonesa en la Argentina, Aruzenchin Jiho, reconstruyó ese tramo en un artículo titulado “Los Pioneros”. Allí se explica: “Al no obtener el permiso de sus padres, a los 22 años decidió hacerse a la mar alistándose como tripulante de un barco inglés”.

Kinzo llegó hasta el puerto de Yokohama y se subió como camarero a un navío británico. Después pasó a formar parte de la tripulación y navegó casi una década dando vueltas por el mundo. A bordo perfeccionó el inglés y sumó conocimientos de mecánica naval. Sus compañeros lo rebautizaron con un nombre británico de fonética parecida al suyo: Michael King.

El mismo periódico aclara que la vida de marino no era su verdadero objetivo: “Sin embargo, no era su anhelo la vida de marino. Quería trabajar lejos, en el extranjero, y llevar una vida estable”.

El desembarco clandestino y 700 kilómetros a pie

En 1886, con 27 años, se decidió por tierra firme. El destino que eligió fue de los más lejanos posibles: las costas argentinas. Como no tenía pasaporte en regla y temía que lo detectaran las autoridades migratorias, se bajó del barco sin avisar apenas la nave amarró en Buenos Aires.

Desde el puerto porteño encaró una hazaña enorme: caminó los 700 kilómetros que lo separaban de Córdoba. Allí, tras un trámite breve, obtuvo su documentación argentina. Aprovechando su inglés fluido y la similitud fonética, Makino Kinzo o Michael King se anotó formalmente como “Miguel King”. Ese apellido quedó para siempre en su descendencia argentina, nietos y bisnietos incluidos.

De limpiar máquinas a probar locomotoras

Sus primeros años en el país los pasó como peón en una empresa de transporte de maderas y como conductor de tranvía a caballo. Llevaba una vida modesta, con una rutina disciplinada que llamaba la atención entre los trabajadores temporales de la zona.

Córdoba atravesaba entonces una fuerte expansión agrícola que exigía mano de obra calificada para el ferrocarril: se necesitaban técnicos de mantenimiento y obreros para el trazado. El 1 de abril de 1889, Kinzo entró a la compañía Ferrocarril Central Argentino, de capitales británicos, desde abajo: como peón, limpiando las máquinas.

Su dominio del inglés y sus conocimientos técnicos le abrieron camino, pero los historiadores señalan que fueron su carácter fuerte, su disciplina y su honradez los que aceleraron el ascenso. Pasó a ser “foguista”, el responsable de la caldera en las locomotoras a vapor, y poco después lo nombraron maquinista.

El cambio de puesto multiplicó por cinco su salario. Se volvió una figura clave de la empresa, donde trabajó 34 años sin interrupciones. La confianza de los directivos era tal que durante más de una década le encargaron probar las locomotoras.

“El coya” que se ganó el respeto de todos

En sus primeros tiempos, los vecinos y sus compañeros de trabajo lo llamaban con cariño “el Coya”, por el parecido físico que le encontraban con los habitantes originarios del noroeste argentino. La mayoría de los cordobeses jamás había visto a un japonés.

La percepción cambió de golpe hacia 1904, durante la guerra ruso-japonesa, cuando los diarios locales empezaron a relatar las victorias navales del Imperio del Sol Naciente, como la histórica caída de Port Arthur, conocida en japonés como “Ryojun”. Sus compañeros de cuadrilla comenzaron a mirarlo con renovado respeto, lo llamaron por su nombre e incluso festejaron con él cada triunfo bélico, aceptando la invitación a beber hasta el amanecer.

A diferencia de otros inmigrantes que llegaron después y se volcaron al comercio, la floricultura o las tintorerías, Kinzo eligió una integración criolla profunda. Con su uniforme verde, las manos engrasadas y el mate compartido sobre la locomotora, se ganó el aprecio de toda la comunidad. Sus compatriotas lo señalaron como el “ejemplo perfecto de integración social para otros inmigrantes asiáticos en Sudamérica”, en un contexto donde el desafío era no quedar encerrados en la propia colectividad, como había ocurrido con japoneses radicados en Estados Unidos o Canadá.

Amalia, la casa propia y una familia argentina

En 1892 se casó con la criolla Amalia Rodríguez. “Contaba mi abuelo que en principio era difícil la comunicación entre ellos, pero que se hablaban en inglés”, relata Ricardo Muñoz, uno de sus bisnietos. Tuvieron cinco hijos, de los cuales sobrevivieron tres varones: Armando Valentín, Roger y Pedro Pablo.

En 1901, con los ahorros de toda su vida, compró una casa con jardín en la periferia de la ciudad de Córdoba. Hoy se la destaca como la primera propiedad inmueble adquirida de forma permanente por un japonés en el país. Fiel a su espíritu solidario, la casa sirvió de refugio temporario para otros paisanos a los que ayudó a conseguir trabajo.

La nostalgia de Miura y una vida entera en la Argentina

Kinzo se jubiló en 1927, después del fallecimiento de su esposa, a los 67 años. El periódico Aruzenchin Jiho del 12 de marzo de ese año recogió un comentario del secretario consular de entonces, que contó que Makino Kinzo le expresó entre lágrimas la nostalgia por su aldea natal de Miura: recordó sus playas y los días en el mar, y manifestó su deseo de volver a ver a su hermano mayor en Japón.

El primer inmigrante japonés vivió 53 años en la Argentina y nunca regresó a su país natal. Falleció el 19 de agosto de 1929. Años después, el periódico A Koku Shinbun lo recordó en una nota titulada “Imagen de un precursor olvidado”, con el testimonio de un compañero de trabajo: “Maki —así lo llamó— no mantenía mucho contacto con la colectividad. Es probable que haya seguido sintiéndose japonés, pero parecía haber olvidado tanto el nihongo (japonés) como el inglés. El hecho de que a su funeral haya concurrido mucha gente no japonesa se debió a que sus familiares eran argentinos y él mismo había vivido la más pura vida criolla”.

Un legado que sigue andando sobre rieles

Su memoria sigue presente. En la sede de la Asociación Japonesa de Córdoba hay un monumento en su honor. Uno de sus hijos, Armando Valentín King, fue un reconocido radiestesista —también llamado rabdomante— que llegó a colaborar en la búsqueda del avión uruguayo caído en la cordillera de los Andes en 1972, y vivió hasta los 100 años. Su nieto, el médico Rubén King Binelli, participó del especial que la televisión japonesa NHK grabó este año y que viajó hasta Córdoba para reconstruir la vida de Kinzo.

El bisnieto Ricardo Muñoz, nieto de Roger, mantiene viva la tradición familiar desde su trabajo como maquinista en la red de subtes de Buenos Aires. “Desde chico para mis amigos del barrio fui ‘Japo’ de sobrenombre, incluso hoy con 60 años —cuenta—. Tengo sangre japonesa por el lado de mamá, y aunque yo creo que algún rasgo japonés siempre tuve, cuando la gente se entera de Makino, siempre se sorprende. Mamé todo lo relacionado a mi descendencia desde la infancia porque era muy compinche de mi abuelo Roger, quien me vivía contando de sus padres. Lo que más le interesa saber a la gente es de los samurái, aun hoy me llenan de preguntas, ¡hasta en el trabajo! Para mi familia, y para mí en particular, es un orgullo enorme llevar en la sangre la cultura japonesa”.

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