Lo esperaban en Ezeiza con la alfombra lista, pero el viento la hizo volar: así empezaron las 33 horas que cambiaron Malvinas
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Lo esperaban en Ezeiza con la alfombra lista, pero el viento la hizo volar: así empezaron las 33 horas que cambiaron Malvinas

En plena Guerra de Malvinas, un papa llegó al país por 33 horas y movilizó a multitudes que hoy serían impensables. Lo que pidió desde el balcón de la Casa Rosada y el dato de su reunión privada con Galtieri que nunca se confirmó.

El 11 de junio de 1982, en plena Guerra de Malvinas, Juan Pablo II aterrizó en Ezeiza para una visita relámpago de 33 horas. Fue el primer papa en ejercicio en pisar la Argentina y su paso dejó una marca que muchos todavía vinculan con el desenlace del conflicto.

La escena previa en la pista del aeropuerto ya anticipaba que nada sería sencillo. Los integrantes de la Junta Militar aguardaban en el palco, junto a la banda musical, con frío y viento. La alfombra colocada al pie de la escalera empezó a levantarse por las ráfagas y decenas de voluntarios corrieron a sujetarla.

A las 8.50 aterrizó el avión de Alitalia. Doce minutos después, el pontífice bajó, caminó unos pasos, se arrodilló y besó el suelo argentino. Dos obispos y el general Leopoldo Galtieri, presidente de facto, se acercaron a saludarlo. En las terrazas de los espigones, la gente agitaba banderas y gritaba.

Una visita armada contra reloj

El viaje se organizó con urgencia por el conflicto del Atlántico Sur. La gira británica del papa estaba fijada desde dos años antes, entre el 28 de mayo y el 2 de junio, y cayó en medio de la guerra. Cuando se confirmó, en el país hubo enojo y protestas: la Junta y buena parte de la población esperaban que la suspendiera.

Desde el Vaticano repetían que se trataba de un viaje pastoral, ajeno a la política, y que no había chances de cancelarlo. Los militares intentaron una campaña de prensa contra la Santa Sede, no lo lograron y hubo quejas diplomáticas que nunca se hicieron públicas.

Los cardenales Juan Carlos Aramburu y Raúl Primatesta viajaron a Roma para transmitirle al papa el malestar popular. Es probable, además, que llevaran algún mensaje reservado del gobierno.

El descontento surtió efecto. El 25 de mayo, Juan Pablo II difundió una carta manuscrita a los argentinos: explicó que el viaje a Inglaterra se había coordinado con mucha antelación, que no podía defraudar a los fieles que lo aguardaban y prometió ir pronto a Luján. "Mis días de permanencia en Gran Bretaña seguirán siendo una incesante plegaria en favor de la paz", escribió.

La primera propuesta vaticana fue que volara directamente de Londres a Buenos Aires, para no mostrar parcialidad. La Junta pidió más tiempo y la llegada se postergó hasta el 11 de junio. Los militares la leyeron como una victoria diplomática, aunque el papa aclaró que no sería una mediación sino una visita pastoral organizada in extremis.

El hombre de confianza que llegó antes

A comienzos de junio desembarcó en el país Paul Marcinkus, obispo estadounidense y una de las figuras más poderosas de la Iglesia, encargado de sus finanzas y apodado "el Banquero de Dios". Su historial incluía el envolvimiento en la caída del Banco Ambrosiano y hasta señalamientos por la muerte de Juan Pablo I.

Su presencia no era casual: la visita era tan delicada que el papa envió a alguien de máxima confianza y con poder de decisión para tratar con los militares, fijar reglas claras, intentar influir en las decisiones bélicas y evitarle incomodidades al pontífice.

La paz como único mensaje

Ya en Ezeiza, Juan Pablo II habló desde un atril en la pista e instaló el concepto que repetiría durante toda la estadía: la paz. Acompañó el dolor de las víctimas y sus familiares, mencionó la incertidumbre de quienes no conocían el destino de sus seres queridos —un guiño a los desaparecidos, sin nombrarlos— y exigió a ambos gobiernos y a los organismos internacionales que terminaran la guerra.

Luego se dirigió a la Catedral porteña. A lo largo de la autopista y las avenidas, miles de personas agitaban manos, pañuelos y banderas. Desde la cabina blindada, el papa saludaba y bendecía; los balcones también se colmaban, al punto de correr riesgo de desmoronarse.

El Papamóvil fue una de las grandes atracciones: una camioneta Ford F-350 que iba a ser remolque de la ACA y terminó convertida en transporte papal, con cabina blindada y un sillón giratorio en el centro para saludar a los fieles.

Desde la Catedral caminó hasta la Casa Rosada. Hubo una reunión protocolar con la Junta y otra privada solo con Galtieri. No trascendió versión oficial, pero se supone que el papa pidió que no hubiera más muertos ni familias destrozadas, dio a entender que conocía la verdadera situación en Malvinas y le recordó al gobierno que no había aceptado el laudo arbitral por el Beagle.

Después salió al balcón desde el que Galtieri había lanzado su "Si quieren venir que vengan" y bendijo a la multitud. Luego partió hacia Luján, donde miles lo esperaban desde hacía días pese al frío y la lluvia. Recorrió toda la Avenida Rivadavia en el Papamóvil y en Morón tomó un tren acondicionado para la ocasión.

Frente a la Basílica lo escucharon más de 800.000 personas y la transmisión por cadena nacional batió récords de encendido. Allí lo describieron como "el peregrino de los momentos difíciles". Después volvió a Buenos Aires para descansar en la Nunciatura.

Dos millones en Libertador y un caos imposible

La segunda misa, el sábado 12 de junio, se celebró en el Monumento a los Españoles —el mismo lugar donde está prevista la ceremonia de León XIV el lunes próximo—. Esa mañana, dos millones de personas se congregaron en la Avenida del Libertador para la misa de Corpus Christi. Los diarios la destacaron como la mayor convocatoria de la historia argentina hasta ese momento.

La multitud desbordó las previsiones y también la seguridad. A Galtieri le costó más de diez minutos llegar al palco aunque el auto oficial lo había dejado a menos de quince metros. El Papamóvil avanzaba con dificultad y las motos de custodia no dudaron en arrollar a transeúntes: hubo decenas de heridos y fracturados. A los desmayados los sacaban en camillas mientras el papa los bendecía al pasar.

El mensaje volvió a ser la paz, "duradera, digna, honrosa". La gente respondió bien y el grito de "¡Queremos la paz!" se repitió durante toda la ceremonia, pese a la cerrazón informativa y a las noticias falsas que hablaban de miles de bajas inglesas y de triunfos argentinos constantes.

La misa se transmitió por cadena oficial, con la voz del locutor Juan Mentesana. Según consignaron los diarios, cuando mencionó a los miembros de la Junta se escucharon silbidos entre la multitud. Cerca del escenario, a la izquierda del altar, una amplia delegación de Madres de Plaza de Mayo tampoco pasó desapercibida y fue bendecida por el papa.

Juan Pablo II les pidió a los jóvenes argentinos que se unieran con los británicos: "Ellos también en los últimos días han aplaudido y han sido igualmente sensibles a toda invocación de paz, de concordia. No dejen que el odio marchite la energía generosa y la capacidad de entendimiento que todos llevan adentro", dijo.

La ovación más grande llegó cuando recordó que los jóvenes británicos le habían pedido que intercediera para terminar la guerra. Otra vez el rugido: "¡Queremos la paz!".

Detrás del respetuoso silencio se escuchaban las sirenas de las ambulancias que iban y venían de los hospitales. Muchos de los que habían acampado, mojados y con frío extremo, fueron atendidos por hipotermia. Hubo tanto trabajo que dos mujeres embarazadas dieron a luz en medio de la ceremonia. Después de "Juan Pablo Segundo, te quiere todo el mundo", el otro cántico más repetido fue "Camilla, camilla".

En la comunión, el papa la brindó a los diáconos y a un grupo de personalidades del palco. Por una rampa subieron los miembros de la Junta a recibirla de sus manos; también lo hizo Jorge Rafael Videla. Imágenes que hoy producen escozor. Con 2000 sacerdotes distribuidos, fueron pocos los fieles que lograron comulgar: algunos curas se desmayaron por los apretujones y otros fueron arrollados. El coro de cientos de voces tampoco pudo llegar al escenario, y el órgano quedó a 50 metros, inaccesible por la multitud.

El éxito que Galtieri no confesó

"Me siento espiritualmente feliz. Interpreto que así lo está también nuestro pueblo. Hemos compartido pocas pero intensas horas de nuestras vidas con el sucesor de Pedro que, como Vicario de Cristo, reconfortó sin dudas nuestro espíritu con la fe y la esperanza en estas inolvidables jornadas", dijo Galtieri al terminar la misa, convencido de que la visita era un gran éxito político propio.

Lo que no decía era que el avance inglés era indetenible: los comunicados oficiales, minutos antes de la misa, habían abandonado el exitismo para anunciar ataques británicos y dificultades en las defensas argentinas.

El jefe de la aeronáutica, Basilio Lami Dozo, con la guerra casi perdida, ya pensaba en lo que vendría. El 12 de junio declaró: "Una vez terminada la guerra no volveremos a cometer los errores del pasado y se instalará en el país una democracia pluralista".

Menos de 48 horas después de la partida del papa se produjo la rendición argentina. Años más tarde, Galtieri le aseguró al Tata Yofre que esa visita de día y medio había perjudicado su accionar y las chances argentinas, una afirmación que no parece tener sustento fáctico: la posición argentina y su capacidad de rechazar los avances ingleses sobre Puerto Argentino ya no eran alentadoras.

Días antes del arribo, un grupo de civiles encabezados por el sociólogo católico Adolfo Critto había diseñado un plan de paz. Según relata Malvinas. La Trama Secreta, de Cardozo, Kirschbaum y Van der Kooy, el "Plan Critto" consistía en un llamamiento público de Galtieri a retirar las tropas, explicando la imposibilidad de seguir combatiendo contra un enemigo superior en preparación y tecnología. Buscaba preservar lo positivo —la causa justa, la soberanía, los sacrificios, la unión del país— y aprovechar la presencia del papa para darle un marco de paz y comprensión cristiana al retiro. Galtieri pareció dispuesto a aceptarlo, pero los líderes de la Armada lo rechazaron de plano.

El regreso, cinco años después

El papa cumplió su promesa y volvió en abril de 1987, con un panorama muy distinto: gobierno democrático y conflicto del Beagle ya dirimido. Estuvo del 6 al 12 de abril y recorrió Mendoza, Córdoba, Tucumán, Viedma, Bahía Blanca, Salta, Corrientes, Paraná y Rosario, además del Colón y el Luna Park. Su misa multitudinaria en la 9 de Julio fue la de Ramos.

Esa visita no tuvo consecuencias políticas directas como la anterior, pero a la semana de su partida el país volvía a estar movilizado en las calles: se había producido el primer levantamiento carapintada.

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