Lo mandaban afuera de su casa de noche: hoy ese chico de Pérez habla frente a cientos de adolescentes
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Lo mandaban afuera de su casa de noche: hoy ese chico de Pérez habla frente a cientos de adolescentes

Santiago creció en Cabín 9, entre maltratos y silencios, y a los 17 un viaje le mostró que no estaba solo. Hoy conduce los encuentros que a él lo ayudaron, pero hay algo que todavía le cuesta contar sin quebrarse.

A los 19 años, Santiago Vizgarra se para frente a decenas de adolescentes y les pide que hablen de lo que les pasa, justo eso que a él le costó durante casi toda su vida. Nacido en Cabín 9, en Pérez, una de las zonas del Gran Rosario más golpeadas por la inseguridad, la violencia y el narcotráfico, creció con la costumbre de callar incluso cuando necesitaba que alguien lo escuchara.

“A mí me tocó pasar por bastante maltrato, no solo verbal, sino físico”, cuenta Santiago. Mientras conversa, desvía la mirada hacia el verde del parque cuando un recuerdo lo obliga a frenar.

La charla transcurre en dos sillas de plástico enfrentadas frente al parque de la Casa de Ejercicios Espirituales Monseñor Aguirre, en Victoria, San Fernando. Cerca se oyen las risas de los chicos que participan de ConTribuIr, un programa intercolegial de tres días que trabaja sobre la soledad y la crisis de salud mental. La propuesta invita a los adolescentes a dejar el celular y conectarse con actividades grupales e individuales, y reúne a chicos de realidades socioeconómicas muy distintas. Santi llegó a los 17 como participante; hoy conduce buena parte de las dinámicas.

Una infancia que lo obligó a refugiarse en el campo

Es el mayor de cinco hermanos. Su padre biológico se fue cuando tenía dos años y durante parte de su infancia vivió en una casa de campo con su madre —empleada de limpieza—, sus hermanos menores y quien entonces era su padrastro, el padre de los otros chicos. Según relata, cuando su madre salía de noche para terminar el secundario, ese hombre lo mandaba afuera de la vivienda. El aire fresco y el verde se volvieron su refugio.

En la primaria sufrió hostigamiento de otros alumnos, le costaba hacer amigos y casi nadie sabía lo que pasaba en su casa. Cuando tenía entre ocho y nueve años, su madre se separó de su pareja y se mudaron cerca de unos tíos. Con cinco hijos a cargo, Santiago empezó a sentir que era una carga y decidió instalarse con sus tíos Romina y David, que vivían enfrente. Durante dos o tres años, pese a la cercanía, se alejó del resto de la familia.

El gracioso del grupo y la escuela que lo recibió

El inicio del secundario, atravesado por la pandemia, lo volvió a cruzar con algunos compañeros que lo habían hostigado en la primaria. Para evitarlos, eligió un personaje: ser el gracioso del grupo. “Pensé: ‘Si yo soy así, me van a querer. Si yo soy el que jode, el que cuenta chistes, el que hace reír a todos, no voy a estar solo’”, recuerda. En la escuela estaba rodeado de compañeros; en su casa volvía a sentirse solo.

A los 16 acumuló inasistencias, quedó libre y no logró aprobar todas las materias para pasar de año. Mientras evaluaba una escuela nocturna, apareció una vacante en el Colegio Tesla, en las afueras del barrio, construido sobre un exbasural. Ahí conoció a Florencia, la directora, que le planteó que podía expresarse sin necesidad de aparentar. Para entonces, su madre le había pedido que volviera a vivir con ella.

Los 17: el viaje que le cambió la mirada

Al año siguiente, una invitación de la escuela lo llevó a ConTribuIr junto con otros nueve estudiantes y Franco, uno de sus profesores. Santiago llegó con prejuicios sobre los alumnos de escuelas con más recursos. “Estábamos ahí en grupitos, no nos separábamos”, dice.

La distancia empezó a caer cuando los organizadores mezclaron a los participantes. Santiago escuchó a adolescentes de otros entornos hablar de conflictos familiares, inseguridades y soledad, y descubrió que varios de esos chicos que suponía ajenos a sus problemas vivían situaciones parecidas. En el segundo encuentro compartió mates, partidas de truco y charlas, y empezó a colaborar con las actividades. El cambio no fue dejar atrás su historia, sino entender que podía escuchar la de otros.

De regreso en Rosario, Florencia lo invitó a una jornada de charlas abiertas a la comunidad educativa y al barrio. Santiago pensaba hablar de una película de Rocky, hasta que la directora lo animó a revisar su propia historia. Una semana antes escribió sobre su infancia, su padre ausente y su futuro. La charla se llamó “Yo elijo”. Frente a compañeros y vecinos puso en palabras lo que hasta entonces había callado. Ya no hablaba para hacer reír: había encontrado algo propio para decir.

Reconectar, el espacio que nació de su propio recorrido

A comienzos de 2026 participó de un encuentro educativo de Ánkyra y después de Renacer, una experiencia intergeneracional de la misma iniciativa. Ahí retomó con sus amigos una idea que había surgido tras su primer retiro: crear en Rosario un espacio donde otros adolescentes pudieran encontrarse y hablar sin sentirse juzgados. Así nació Reconectar, organizado por estudiantes del Colegio Tesla para sus propios compañeros.

La primera edición se hizo en abril, con alumnos de cuarto año. Arrancaron con ejercicios de respiración y después les propusieron mirarse a los ojos durante un minuto, sin hablar. Hubo risas nerviosas hasta que Santiago quedó frente a un compañero que había repetido el año y cuya historia conocía en parte. Al terminar, se acercó y lo abrazó. “No estás solo”, le dijo. El otro adolescente se largó a llorar. Para Santiago, ese gesto tuvo un sentido inesperado: “Es como que también me abracé a mí”.

Luego armaron una “pecera”: cuatro sillas ocupadas y una libre para hablar sin interrupciones. Santi y sus amigos rompieron el silencio. Él habló de las pantallas y de la diferencia entre lo que los adolescentes muestran y lo que sienten. Después llegaron otros testimonios: un estudiante contó cómo atravesó la enfermedad y la muerte de su madre; otros hablaron de padres ausentes y conflictos familiares. “Por más que estemos todos en un mismo salón, no significa que estemos todos bien”, reflexiona.

Qué es Ánkyra y por qué el after importa

El Proyecto Ánkyra, detrás de ConTribuIr, nació después de la pandemia para generar espacios de encuentro entre adolescentes. Desde la organización explicaron que en 2026 observaron una profundización de la soledad y la ansiedad frente al futuro, y aclararon que se trata de una experiencia educativa, no terapéutica.

En Rosario, Santiago y sus compañeros preparan una segunda edición de Reconectar llamada “La mesa: volver a encontrarnos”, orientada a las familias. Por dificultades de organización, evalúan hacerla a fines de 2026 o en 2027.

Su paso por Ánkyra lo transformó. Después de Renacer, Ramón, integrante del equipo, lo invitó a conducir actividades de ConTribuIr desde el escenario. Ahora vuelve a hacerlo en la quinta edición del encuentro. “Soy Santi, soy un chico de Rosario, soy estudiante, como ustedes, así que no quiero que crean que yo, por estar acá arriba, soy más que ustedes, porque yo soy uno de ustedes”, dice ante los chicos. Quiere estudiar Psicología, formarse en coaching ontológico y ayudar a su familia.

“No tenés que poder con todo vos solo”

Cuando le preguntan qué le diría al Santi de 17 años, se toma unos segundos. “Lo vería de frente, le daría un abrazo, porque sé que lo necesitaba”, responde. Y agrega: “No tenés que poder con todo vos solo; no tenés que aparentar siempre ser fuerte”.

Uno de los recuerdos que más lo conmueven tiene a su abuelo como protagonista, un hombre que sufrió un accidente y quedó con secuelas importantes. Santiago cuenta que una vez, después de discutir con su madre, se fue de su casa. Su abuelo salió a buscarlo y, cuando lo encontró, lo abrazó. “Dale, Santi. Sos bueno, Santi”, recuerda que le dijo. Mientras reconstruye ese momento, se le enrojecen los ojos. Intenta seguir, pero las lágrimas aparecen y se seca la cara con las manos.

La noche anterior a la entrevista participó de una actividad en la que debían representar sus corazones con arcilla. Santiago modeló a un nene abrazado a una pelota, inspirado en una foto de su infancia que su tía le había mandado por su cumpleaños. Cuando imagina qué le diría al de la foto, no habla del escenario ni de sus proyectos. “Mirá, Santi, no tengo la máscara. Podemos ser nosotros, podemos ser escuchados, podemos sanar. Le agradezco por ser un guerrero”.

El desafío de que lo vivido no se apague al volver a casa

La historia de Santiago también expone uno de los nudos que Ánkyra busca resolver: cómo hacer que lo vivido en tres días tenga continuidad cuando los adolescentes regresan a sus escuelas y hogares. Durante 2026, la organización reforzó un modelo de acompañamiento que empieza antes del retiro, con grupos focales para conocer las necesidades de cada comunidad educativa, y sigue después con reencuentros, intercambios con docentes y directivos y evaluaciones para ver qué aprendizajes se sostienen. También profundizó una metodología basada en cinco capacidades —ser, pensar, relacionarse, colaborar y actuar— y reforzó los protocolos de cuidado ante situaciones de sufrimiento emocional, con adultos responsables y profesionales especializados cuando corresponde.

“Una experiencia transformadora no necesariamente produce una transformación sostenible”, explicaron desde Ánkyra. Para la organización, el desafío no pasa solo por que los adolescentes reconozcan y expresen sus emociones, construyan vínculos de confianza o tomen decisiones distintas, sino por que encuentren condiciones para sostener esos cambios. Por eso buscan involucrar cada vez más a escuelas, educadores y familias. “No podemos depositar toda la responsabilidad del cambio en los adolescentes si no acompañamos también la transformación de los entornos a los que regresan”, señalaron.

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