Lo que descubrieron tras 20 años de estudio: los residuos forestales que nadie quiere y que pueden revolucionar la industria
¿Sabías que los residuos forestales pueden convertirse en biocombustibles, plásticos biodegradables y hasta grafeno? Un equipo de científicos misioneros trabajó dos décadas para demostrarlo. Ahora buscan llevar sus hallazgos a la industria.
Tras dos décadas de investigación, el PROCYP del IMAM (UNaM-CONICET) demostró que los residuos forestales no son basura, sino una mina de oro para la bioeconomía. En Misiones, donde cada año se generan millones de toneladas de desechos, las biorrefinerías de segunda generación (2G) aparecen como una solución para diversificar la producción, crear empleo calificado y fortalecer la competitividad del sector.
¿Qué son las biorrefinerías y por qué importan?
El concepto no es nuevo, pero su aplicación en Argentina sí. Las biorrefinerías buscan imitar a las refinerías de petróleo: a partir de un mismo recurso –la biomasa– se obtienen múltiples productos: desde biocombustibles hasta materiales avanzados. El PROCYP trabajó durante 20 años para adaptar esta tecnología a la realidad local.
El proceso comenzó con el fraccionamiento de la biomasa, separando celulosa, hemicelulosas, lignina y extractivos. Luego, cada fracción fue valorizada por separado. Finalmente, se integraron todos los procesos en sistemas que impulsan una bioeconomía circular.
Cinco hallazgos que cambian las reglas
El equipo liderado por la Dra. María Cristina Area sintetizó los resultados en cinco grandes descubrimientos:
1. Los residuos son materia prima. Se demostró que prácticamente todas las fracciones de la biomasa pueden aprovecharse mediante fraccionamiento. Se optimizaron procesos con solventes verdes como γ-valerolactona (GVL) y solventes eutécticos profundos (DES), logrando altos rendimientos y menor impacto ambiental.
2. La celulosa no es solo para papel. Se convirtió en bioetanol 2G, bioetileno para combustibles de aviación (SAF), nanocelulosa para impresión 3D, sensores, envases sostenibles y bioplásticos. Incluso se evaluaron aspectos toxicológicos para una producción más segura.
3. Hemicelulosas, lignina y extractivos también valen. De las hemicelulosas se obtuvieron xilitol, furfural y ácido levulínico. De los extractivos, resinas fenólicas y adhesivos biobasados a partir de taninos de pino. La lignina pasó de ser un subproducto a convertirse en vainillina, grafeno y nanolignina.
4. La rentabilidad está en la integración. Una biorrefinería multiproducto que aproveche todas las corrientes –como pulpa, biocombustibles y químicos finos– es mucho más viable que una que se enfoque en un solo producto. Esto abre la puerta a biorrefinerías descentralizadas integradas con aserraderos, plantas de celulosa o ingenios.
5. El futuro es sostenible y regional. No existe un modelo único. Cada biorrefinería debe diseñarse según la biomasa disponible, la infraestructura existente y las oportunidades de cada territorio. En el Nordeste argentino, las biorrefinerías descentralizadas pueden reducir costos logísticos y generar ecosistemas industriales basados en la bioeconomía circular.
El desafío que viene: de los laboratorios a las plantas
Tras dos décadas, la ciencia ya demostró que es posible. Ahora el reto es escalar: validar las tecnologías en plantas piloto e industriales. En ese contexto nace la Planta Piloto Biorrefinerías del NEA, dentro del Centro Interinstitucional Estratégico Biorrefinerías del Norte Argentino (BioNA).
“La inversión sostenida en ciencia y tecnología es indispensable para generar conocimiento que se transforme en innovación”, afirma la Dra. Area. El equipo del PROCYP y BioNA ya busca alianzas con organismos públicos, empresas e inversores para dar el salto.
Los residuos forestales ya no son un costo de disposición. Son el punto de partida de nuevas cadenas de valor que pueden dinamizar el desarrollo regional y fortalecer la bioeconomía argentina.