Lo que dice el plato de tus hijos ya no alcanza: el nuevo consenso que mira la mesa completa
Sandra Blasi y un equipo de especialistas detectaron que la Argentina no tenía ninguna herramienta para ordenar qué comen los chicos de 2 a 17 años. Lo que armaron va mucho más allá del plato.
Un grupo de especialistas argentinos trabaja en una herramienta que no existía en el país: un consenso de recomendaciones alimentarias pensado exclusivamente para chicos y adolescentes de 2 a 17 años. Se llama NutreAR y lo impulsa PROFENI, la asociación de Profesionales Expertos en Nutrición Infantil.
Los fundamentos y el proceso de desarrollo del proyecto se presentaron en un simposio durante el 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica, organizado por la Sociedad Argentina de Pediatría.
La iniciativa busca cubrir un vacío concreto. Las necesidades de energía y nutrientes, el desarrollo, la autonomía y la relación con la comida cambian a lo largo del crecimiento, pero hasta ahora no había una herramienta nacional específica que ordenara esas recomendaciones para las distintas etapas entre los 2 y los 17 años.
Cinco etapas, cinco formas de comer
NutreAR segmenta sus recomendaciones en cinco tramos: primera infancia extendida (2 a 5 años), niñez escolar temprana (6 a 8), niñez media (9 a 11), adolescencia temprana (12 a 14) y adolescencia media-tardía (15 a 17).
A lo largo de esos años se modifican los requerimientos de energía y de nutrientes, con algunos especialmente sensibles como el calcio, el hierro, el zinc y la fibra.
“Las Guías Alimentarias para la Población Argentina constituyen nuestro punto de partida; NutreAR se propone complementarlas y adaptarlas a una etapa de la vida que es extraordinariamente dinámica. Los requerimientos nutricionales cambian a medida que un niño crece y una recomendación general puede resultar insuficiente para orientar situaciones muy diferentes entre sí”, sostuvo Sandra Blasi, licenciada en Nutrición y especialista en Nutrición Pediátrica, en un informe al que accedió la Agencia Noticias Argentinas.
Sergio Britos, licenciado en Nutrición y director ejecutivo del Centro de Estudios sobre Políticas y Economía de la Nutrición (CEPEA), puso el foco en esa diversidad: “Cuando hablamos de niños y adolescentes estamos hablando de personas que atraviesan momentos biológicos muy distintos. Una recomendación alimentaria adecuada debe contemplar esas diferencias. El desafío es cubrir los requerimientos de cada etapa con una alimentación de buena calidad y, al mismo tiempo, traducir la evidencia en pautas que sean comprensibles y posibles para las familias”.
No es solo qué se come, también cómo y con quién
Una de las apuestas centrales de NutreAR es ampliar la mirada tradicional sobre la alimentación infantil. El documento se organiza en tres dimensiones: nutrición, con recomendaciones basadas en evidencia y adaptadas a cada etapa; comensalidad, abordada desde lo nutricional, lo psicológico y lo social; y comunicación, para transformar esas recomendaciones en mensajes prácticos para familias y equipos de salud.
En el plano alimentario, la propuesta incluye porciones de los distintos grupos de alimentos —frutas y verduras, lácteos, carnes y huevos, legumbres, cereales—, el rol de los fermentados por su aporte de microorganismos vivos y el de la fibra, dentro de un patrón que contribuya a una microbiota diversa desde la infancia.
También integra los modelos parentales, la relación con la comida, la alimentación consciente y la construcción de hábitos, además de contenidos sobre actividad física, sueño y descanso, entorno digital y sostenibilidad.
“La alimentación de un niño o niña sucede en una familia, alrededor de una mesa y dentro de un determinado contexto social y emocional. Los adultos somos modelos y la manera en que ofrecemos los alimentos, nos referimos a ellos y compartimos las comidas participa en la construcción de hábitos y de la relación que niños y adolescentes tendrán con la comida. Por eso consideramos que la comensalidad debía ocupar un lugar central en estas recomendaciones”, afirmó la Dra. Noelia Rodrigues Cambao, médica especialista en medicina familiar y Psiquiatría.
El enfoque reconoce que las elecciones cotidianas están atravesadas por los horarios familiares, la escuela, la disponibilidad de alimentos, los modelos adultos, las experiencias previas, las pantallas y la autonomía creciente de los chicos. El documento contemplará además situaciones específicas como celiaquía, alergias alimentarias, trastorno del espectro autista, trastorno por déficit de atención e hiperactividad y embarazo adolescente.
“En el consultorio vemos que las dudas de las familias muchas veces van mucho más allá de la pregunta acerca de qué alimento es saludable. Aparecen la selectividad, las dificultades para organizar las comidas, las conductas frente a determinados alimentos y las distintas etapas de autonomía. Contar con recomendaciones que integren nutrición, desarrollo y hábitos puede brindar al profesional una herramienta muy valiosa para acompañar a las familias”, señaló la Dra. Ingrid Gerold, médica pediatra y jefa del Servicio de Pediatría del Grupo Médico Lomas de San Isidro.
En el desarrollo de NutreAR participan profesionales de distintas disciplinas y regiones del país: pediatría, nutrición, psicología, psiquiatría infanto juvenil, terapia ocupacional y psicomotricidad, con representación del NOA, NEA, Cuyo, la región Pampeana y la Patagonia.
El desafío de que la evidencia llegue a la mesa
El otro gran frente es la traducción de la evidencia científica a la vida diaria. Las políticas alimentarias y la educación alimentaria nutricional son herramientas clave para prevenir enfermedades y promover salud, pero su utilidad depende de que los mensajes sean comprensibles y se conviertan en decisiones concretas.
Para eso, según los especialistas, hay que pensar a quién se le habla, dónde, cómo y con qué herramientas digitales y presenciales. No es lo mismo comunicar a un niño que a un adolescente o a su familia: cada etapa tiene sus propios lenguajes, intereses, deseos y grados de autonomía.
“No alcanza con adaptar palabras o simplificar un mensaje científico: necesitamos comprender a las personas a las que queremos llegar, reconocer sus realidades, sus proyectos y qué sentido tiene para ellas alimentarse mejor, cuidarse y construir salud. Sin perder rigor, debemos convertir ese conocimiento en mensajes, herramientas y experiencias cercanas, significativas y posibles de llevar a la práctica. Para que eso suceda, la educación alimentaria debe ser un proceso sostenido en el tiempo, planificado y medido”, destacó Albert Arribas, nutricionista especializado en nutrición materno-infantil y presidente de la Asociación Civil Supersaludable.
Desde PROFENI cerraron con la misma idea: “Necesitamos evaluar no solamente a cuántas personas llegamos, sino qué comprendieron, qué pudieron apropiarse, qué habilidades y competencias desarrollaron y qué transformaciones logramos acompañar en su vida cotidiana. El objetivo es que NutreAR no quede solamente en un documento técnico, sino que la evidencia pueda llegar, comprenderse, adquirir sentido y convertirse en acción. Porque comunicar sobre alimentación no es solamente decir qué hay que comer: es acompañar a las personas para que puedan construir hábitos que tengan sentido dentro de sus propias vidas”.