Lo que encontraron en sus vidas dejó al descubierto una realidad que pocos se atreven a mirar
Desde una cicatriz en la frente hasta inyecciones encontradas en una mesa de luz, estas cuatro vidas revelan secretos que van más allá de lo visible. ¿Qué sostiene a una comunidad cuando todo lo demás falla?
Cuatro historias de personas trans de la región revelan cómo la comunidad, los lazos y las redes sostienen cuando todo lo demás falta. En el Día de la Visibilidad Trans, este informe especial de El Tres invita a mirar más allá de lo visible, explorando las vidas de Eva, Tomás, Patricia y Sana, quienes comparten luchas y resiliencia en medio de la diversidad.
Eva, de 36 años, reside en Villa Gobernador Gálvez. Desde pequeña, siempre se sintió mujer, enfrentando bullying y acoso en la escuela y el barrio. Además, una escoliosis severa limita su acceso al trabajo, combinando discapacidad e identidad de género en barreras persistentes. Sin embargo, su historia se define por lo que construyó: asumió el cuidado del hijo de su hermana, cumpliendo su sueño de ser madre de un niño de 11 años, criándolo en un entorno donde los estereotipos de género no tienen cabida.
¿Cómo se transforma una identidad?
Tomás, de 28 años, es programador y trabaja desde su casa. Su transición fue rápida: en un verano, pasó de tener el pelo largo a la cintura a lucir barba y pelo corto, cambiando también su nombre. Con su padre, no hubo un gran diálogo; él se enteró al encontrar inyecciones en la mesa de luz. Como varón trans gay, enfrenta desafíos en citas, donde a menudo debe explicar de más, anticipándose a juicios.
Reflexiona sobre cómo los estándares estéticos son más exigentes para las mujeres, algo que lo llevó a criticar mandatos de género. Sueña con crear una empresa propia que genere oportunidades para quienes encuentran puertas cerradas, desafiando estereotipos.
¿Qué se esconde tras las pérdidas?
Patricia, con años de militancia y gestión en la Secretaría de Género de la provincia, habla de pérdidas profundas, como la de Luciano, un varón trans que fue un gran amor, con quien compartió la ilusión de un hijo que no llegó. Atravesó el trabajo sexual en un contexto de pocas opciones, denunciando que muchas mujeres trans lo ejercen por necesidad, no por elección.
Expulsada de la escuela por miradas, burlas y hostigamiento, retomó sus estudios en un Eempa. Hoy, desde el Estado y espacios comunitarios, acompaña a otras personas trans en Rosario y la región, participando en la construcción de centros de contención.
¿Cómo se crece con una cicatriz en la frente?
Sana, a punto de cumplir 15 años, mostró claridad desde temprana edad. A los cinco o seis, en una escuela católica, cuestionó por qué no existía un cuerpo trans, preguntando a su mamá: “¿Por qué Dios me dio un cuerpo de nene si yo soy una nena?”. Su madre la apoyó, pero con su padre hubo un proceso judicial por el cambio de DNI, que Sana ganó.
En su primera escuela, la violencia dejó marcas, incluyendo una cicatriz en la frente. Al cambiar de institución, floreció, haciendo amigos y siendo reconocida. Sueña con cantar, ser artista como Lali, y quizás periodista, pero imagina un futuro feliz aunque preocupado por la expectativa de vida más corta.
En el Día de la Visibilidad Trans, estas historias no buscan cerrar, sino abrir, invitando a mirar distinto, más allá de lo visible, hacia lo que hace falta ver en la comunidad y los lazos que sostienen.