Lo que esta mujer hace con los paraguas rotos que todos tiran a la basura te va a sorprender
¿Qué harías si vieras un paraguas roto tirado en la calle? Una diseñadora argentina vio en ellos una oportunidad única y creó algo que nadie se imaginaba. Te contamos el secreto detrás de su increíble proyecto que está revolucionando el reciclaje en la ciudad.
En las calles de Buenos Aires, después de cada tormenta, un objeto se repite entre la basura: el paraguas roto. Para la mayoría es un desecho, pero para Romina Palma, una diseñadora argentina, es el inicio de algo extraordinario. Donde otros ven basura, ella ve la materia prima para crear camperas, mochilas y prendas únicas.
Romina es la creadora de Cazaparaguas, un emprendimiento de diseño sostenible que nació en 2017. Su misión es transformar esos objetos descartados por el viento en ropa impermeable y accesorios con una nueva vida.
“Si hay algo que me encanta es caminar por la ciudad después de la lluvia y encontrar una reliquia que para alguien es basura”, confiesa la emprendedora en diálogo con TN.

Una mirada distinta, forjada en el viento patagónico
La historia de Romina con el reciclaje es de larga data. Nació en Comodoro Rivadavia, Chubut, un lugar donde, irónicamente, el viento fuerte hace casi imposible usar paraguas. Allí, en un entorno de recursos limitados, aprendió de su familia la práctica de la transformación y la reutilización.
“Reciclo desde toda la vida. Me crié en un lugar donde las distancias son muy largas y muchas veces no tenés acceso a materiales. Entonces esta práctica de transformación es algo que aprendí de mi familia, de mis abuelas”, recuerda.
Su camino en el diseño sostenible comenzó a principios de la década de 2010 con una marca de juguetes de tela recuperada llamada Fauna Brava. Pero la inspiración definitiva llegó cuando se mudó a Buenos Aires y vio por primera vez los paraguas rotos tirados en la vereda.

La epifanía de un arcoíris en la calle
El primer encuentro fue revelador. “Nunca me voy a olvidar del primero que vi. Era un arcoíris hermoso tirado en la calle. Ahí pensé: este material tiene algo, porque las personas no lo tiran en el container, lo dejan a la vista como si supieran que hay algo más”, relata.
Esa imagen la llevó a observar un patrón: después de cada lluvia, aparecían uno, dos o tres paraguas rotos por esquina en una ciudad de 32 barrios. Una cantidad masiva de material que, según ella, terminaba enterrado sin solución. El desafío técnico fue grande: aprender a separar la tela impermeable de la compleja estructura metálica.

Una comunidad que caza paraguas
Así nació Cazaparaguas, un proyecto que hoy se sostiene gracias a una red comunitaria. Personas de toda la ciudad donan paraguas rotos, ya sea dejándolos en puntos verdes o avisándole directamente a Romina. “A veces cuando empieza a llover me llega un mensaje al celular: ‘alerta Cazaparaguas’. La comunidad sale a buscarlos y me avisa dónde están”, cuenta.
También recibe descartes industriales: paraguas nuevos con algún defecto menor. En su taller, el proceso es meticuloso: desmontar, lavar, clasificar y seleccionar solo las telas en buen estado para convertirlas en prendas.

De la tela a la prenda: un proceso artesanal
Las creaciones de Cazaparaguas son diversas: mochilas, bolsas, camperas, capas y monos impermeables. Cada campera requiere entre tres y cuatro telas de paraguas diferentes. “Todo el textil es recuperado, lo único que compramos nuevo son los avíos de mejor calidad”, aclara Romina.
El ritmo es pausado y totalmente artesanal. Lanzan dos colecciones pequeñas al año, de aproximadamente 50 prendas cada una, y también aceptan pedidos a medida. Un dato clave: buscan que sus precios sean accesibles, rondando los $100.000, para equipararse con una campera común. “Para nosotros es importante que todas las personas puedan tener una de estas prendas”, sostiene.

Pero la innovación no se detiene en la ropa. El proyecto busca el residuo cero. Las varillas metálicas, los mangos de madera y las piezas plásticas se reconvierten en muebles, percheros y objetos de diseño. El material que no puede reutilizarse se dona a escuelas como recurso educativo.
Para Romina, lo que comenzó como un emprendimiento de diseño se transformó en algo más profundo: “un dispositivo de educación social para pensar qué hacemos con los materiales que consumimos”.
El corazón del proyecto, finalmente, es la gente. “Se sumaron las personas más lindas de la ciudad. Gente que guarda un paraguas roto durante años porque no quiere contaminar o que sale a buscarlos después de una tormenta. Eso es Cazaparaguas”, concluye con emoción la diseñadora, demostrando que a veces la basura de uno puede ser el tesoro de otro, con un poco de creatividad y mucha conciencia.