Los chicos llegan al campo, ven esquilar una oveja y hacen la pregunta que nadie esperaba
Gina Peña abre las tranqueras de su campo en El Cuy para que las escuelas descubran de dónde sale la lana. Pero hay una escena con los chicos y una oveja que la descoloca cada vez que la cuenta.
En El Cuy, una productora ovina abrió las tranqueras de su establecimiento para que las escuelas descubran de dónde sale la lana con la que se hacen la ropa. Y las reacciones de los pibes la sorprenden cada vez.
Gina Peña creció entre ovejas y vida rural, en plena estepa rionegrina. Por eso, cuando ve a un chico que nunca tocó una gallina o que mira por primera vez cómo se esquila un animal, todavía le cuesta creerlo. En La Margarita, Ruta de la Lana, ella los recibe y los guía por ese mundo: les muestra cómo se vive en el campo y qué hay detrás de una producción tradicional de Río Negro.
La jornada arranca con mate cocido y tortas fritas. Después, la caminata por el campo, el reconocimiento de la flora y la fauna, los molinos y una charla sobre algo que en la zona no sobra: el agua.
“El turismo me buscó a mí”
Gina no había planeado un emprendimiento turístico. Fueron las escuelas las que empezaron a pedir circuitos estudiantiles, esas salidas que no son vacaciones ni paseos tradicionales, sino experiencias ligadas al aprendizaje.
«En realidad, el turismo me buscó a mí. Yo no estaba pensando en armar un proyecto. Las escuelas empezaron a buscar nuevas propuestas de circuitos estudiantiles, que es como se denominan, porque no son viajes de vacaciones ni circuitos turísticos tradicionales», cuenta.
La idea tomó forma cuando notó que faltaban propuestas para mostrar otras producciones de Río Negro, más allá de la fruticultura. Los alumnos trabajan en clase el circuito productivo y una visita a un establecimiento rural les permite verlo de cerca. Gina, que venía del sector ovino, encontró ahí una oportunidad.
«Cuando me convocaron, tuve que aprender sobre turismo, porque mi experiencia venía del sector productivo. No es lo mismo criar ovejas que desarrollar una propuesta turística. Había que aprender a mostrar y vender lo que uno tiene», recuerda.
Se acercó a las escuelas, revisó los contenidos que daban los docentes y armó una experiencia educativa a partir de esas necesidades. Las visitas crecieron y hoy los maestros la contactan directamente, sobre todo entre agosto y noviembre.
Una clase a cielo abierto
El recorrido permite hablar de especies autóctonas e introducidas, y del peso del agua en una región árida. Desde un mirador, Gina señala los campos de sus vecinos, también productores ovinos, y aprovecha para contar cómo se organizaron las familias rurales y cómo nacieron los pueblos.
Las preguntas de los chicos traen el pasado al presente: las distancias, la falta de servicios y las pocas oportunidades que empujaron a muchos jóvenes a dejar el campo rumbo a la ciudad.
«Nuestra generación es la que está volviendo al campo, pero con otra mirada. Antes eran lugares con muchas carencias de infraestructura, sin comunicación y con pocas posibilidades más allá de cuidar ovejas. Hoy entendemos que se puede vivir bien en el campo, con buenos baños, una cocina adecuada y habitaciones confortables. El campo no tiene por qué ser un lugar donde uno vaya a sufrir», explica.
Para recibir grupos hacen falta espacios preparados y actividades que enseñen a través de la experiencia. El momento cumbre llega en el galpón, con la esquila.
«Les llama mucho la atención. Ven la oveja, la tocan y preguntan si le duele cuando la esquilan. Tienen una sensibilidad muy especial con los animales, algo que a mí me asombra. Algunos nenes incluso lloraron al ver la esquila, hasta que comprenden que el animal no sufre», relata Gina.
Desde esa escena, la explicación se abre: la lana merino y su suavidad, las enfermedades de las ovejas, la señalada que identifica a qué productor pertenece cada animal y la selección de reproductores para mejorar la genética de la majada. También comparan lana blanca y negra, y descubren por qué la industria prefiere la primera: se puede teñir de distintos colores. La fibra, además, aísla y ayuda a regular la temperatura. Todo parte de algo que los chicos pueden ver y tocar.
Del vellón al hilo
Después de la esquila viene la pregunta de qué pasa con esa lana. Gina explica cómo se comercializa, cuáles son sus mercados y qué procesos la transforman. También cuenta que la grasa natural de la fibra, la lanolina, se usa en cosméticos y cremas para proteger la piel.
El hilado tiene nombre propio: Francisca, la mamá de Gina, de 77 años, que vive en el campo y conserva los saberes de una vida entera ligada a la producción ovina. Con el huso muestra cómo la lana se convierte en hilo. Luego aparecen los telares y las madejas de colores, con técnicas de teñido a base de flora de la zona que se comparan con los tintes artificiales.
La actividad dura entre una hora y media y dos, según las preguntas y el interés del grupo. Las maestras suelen asombrarse de la atención que sostienen los chicos durante toda la demostración.
«Creo que tiene que ver con que no están solamente escuchando: ven cómo se esquila una oveja, pueden tocarla y experimentar lo que les contamos», dice Gina.
Francisca no solo enseña a hilar. Su presencia acerca a los estudiantes a una forma de vida con saberes transmitidos durante generaciones: nació en Pilcaniyeu, en la zona de Pilca Viejo, y llegó al campo donde vive hoy a los 15 años. Desde entonces, su historia quedó atada a las ovejas y al trabajo rural.
«Mi mamá es la columna vertebral de todo esto», afirma Gina.
Cuando el turismo sostiene la producción
La propuesta nació como alternativa, pero hoy el ingreso principal de la familia viene del turismo. La lana y la carne atraviesan dificultades y la ganadería ovina perdió peso en la región. Aun así, Gina sabe que no puede abandonar la actividad sin perderle el sentido al circuito educativo.
«La realidad es que el ingreso principal viene del turismo, no de la producción de lana y carne, pero no podemos dejar de tener ovejas porque, si no, desaparece la razón de ser del circuito turístico», explica.
La experiencia también le marcó los límites. La familia no tiene la infraestructura para alojar turistas ni cuenta con agua dulce propia: la trae del pueblo para el consumo y el aseo. Por eso prefiere que los visitantes se queden en la localidad y pasen el día en el campo.
«Mi público más importante es el educativo. Si quisiera ampliar la propuesta al alojamiento, por ejemplo, tendría que contar con otra infraestructura», sostiene.
También llegan grupos que quieren conocer el proceso por su propio oficio. Hace poco visitaron La Margarita artesanas de Barda del Medio que trabajan el telar mapuche: compraban la lana ya preparada y querían ver qué pasaba antes de que la fibra llegara a sus manos. Gina armó una jornada para que vieran las ovejas, participaran de la esquila, obtuvieran el vellón y trabajaran la lana, con experiencias de teñido incluidas. Así pudieron reconocer cada etapa de una cadena que hasta entonces conocían solo en parte.
Una historia que todavía tiene mucho por contar
La Margarita también abre la puerta a la historia de la Región Sur. Las charlas sobre la vida rural llevan a las migraciones, los pueblos originarios, la formación de las poblaciones y los cambios en la distribución de la tierra. Gina recupera relatos familiares, como el de sus bisabuelos que llegaron en carreta desde San Luis, y reconstruye junto a su mamá un pasado que durante años quedó en las conversaciones de todos los días.
La zona conserva pinturas rupestres y un patrimonio geológico y paleontológico que atrae a investigadores. Para Gina, todavía falta difundir buena parte de esa riqueza y mostrar que los pueblos del interior no son solo una parada en el camino.
«Hay muchísimas cosas para conocer. Quien pasa por acá puede pensar que es apenas un pueblito en el camino, cuando en realidad, si uno profundiza, encuentra una historia riquísima», señala.
El desafío, dice, es sostener las dos actividades que le dan sentido al proyecto: producir y enseñar. Cada visita suma estudiantes a un mundo que muchos desconocían y permite que los saberes del campo encuentren otras generaciones dispuestas a escucharlos.
Cómo llegar
Desde General Roca se llega a El Cuy por la ruta 6, tras recorrer unos 130 kilómetros. Para coordinar una visita, se puede llamar al 2984863054 o buscar la cuenta de Instagram @lamargaritarutadelalana_.