Los clubes de barrio que no solo forman futbolistas: contienen a las infancias de Roca
No es solo fútbol: detrás de cada entrenamiento hay vecinos que se organizan para acompañar a los chicos cuando más lo necesitan. Una historia que se repite en los barrios de la ciudad.
En Argentina, alrededor de 12 mil clubes de barrio subsisten en gran parte gracias al esfuerzo colectivo de quienes los integran. Crecieron junto a los barrios y se convirtieron en espacios de encuentro, contención e identidad para niños, niñas y adolescentes. Roca no escapa a esa realidad: detrás de sus clubes hay historias marcadas por distintas necesidades y formas de organización vecinal.
Para dimensionar su importancia, basta recordar que Diego Maradona dio sus primeros pasos en Estrella Roja, en Villa Fiorito; Lionel Messi empezó a jugar a los cuatro años en Abanderado Grandoli, en Rosario, y Ángel Di María se formó en El Torito. Detrás de las grandes figuras del fútbol argentino hubo siempre una cancha de barrio.
En Roca, aunque la mayoría de los chicos nunca llegue al fútbol profesional, el rol de estos espacios es igual de valioso y trasciende lo deportivo. Muchos clubes son parte de la historia local y vieron pasar a varias generaciones. Otros nacieron en contextos de conflicto social, donde la pelota se volvió una trinchera, y algunos surgieron para ofrecer un respiro cuando el contexto aprieta.
Recorriendo barrios como Alta Barda, Barrio Nuevo, Tiro Federal, Fisque Menuco, Mosconi o Chacra Monte, se ven familias y chicos jugando en canchas improvisadas en terrenos baldíos o playones. Historias diferentes, pero con un punto en común: no nacieron con grandes estructuras ni recursos, sino de la decisión de vecinos de organizarse ante la falta de actividades.
El Club Tiro Federal, más de 50 años de historia
El Club Tiro Federal, fundado en 1974 por Domingo “Gody” Andinao, construye lazos en el norte de la ciudad desde hace más de cinco décadas. En sus inicios, las actividades se desarrollaban del otro lado del zanjón, hasta que el crecimiento de la institución obligó a buscar un nuevo espacio. Con el tiempo, el perfil del club cambió: de estar integrado principalmente por jóvenes y adultos, pasó a recibir cada vez más chicos pequeños.
“A medida que fueron pasando los años, fue aumentando la demanda de chicos más chicos”, contó Paola Matilla, integrante de la comisión directiva. El auge del club llegó en la década del 90, en plena crisis social y económica. Fue entonces cuando nació una tradición que continúa hasta hoy: la merienda después del entrenamiento.
“Surgió hace muchos años atrás, cuando dábamos la merienda en el espacio donde el club funcionaba anteriormente. Se cortaba la calle en los años 90/2000 y era porque había hambre. Entonces los chicos salían de la escuela y te pedían algo calentito”, recordó Paola.
En 2003, el club obtuvo la personería jurídica y en 2012, tras la expropiación de las tierras por parte del Municipio de Roca, consiguió el predio donde funciona actualmente. Allí concurren alrededor de 100 chicos y chicas a las categorías infantiles y juveniles, incluido el fútbol femenino. La merienda sigue siendo un momento de encuentro, charla y risas.
El acompañamiento va más allá del entrenamiento: el club integra el Consejo de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes de Río Negro (Coniar), tiene vínculos con la Senaf y conexión con universidades. “Eso te ayuda a abordar ciertas problemáticas que aparecen en los entrenamientos. Uno trata de acompañar y de brindar contención”, sostuvo Matilla.
Este trabajo se sostiene con una comisión de 15 personas y adultos que, después de sus obligaciones, llegan al club para hacerse cargo de las categorías. “Es tiempo que dedican, salen de su laburo, vienen a hacerse cargo de los días sábados y domingos, sacan tiempo de su familia para estar con los chicos”, describió.
El club que le ganó a las topadoras
El Club Fiske Menuco nació entre 2013 y 2014, cuando un grupo de vecinos comenzó a brindar talleres de fútbol y vóley ante las necesidades del barrio. Pero en 2015 atravesó uno de sus momentos más difíciles: según su referente David Morales, una topadora de la gestión de Martín Soria intentó avanzar sobre las canchitas donde desarrollaban sus actividades. El conflicto se convirtió en un punto de inflexión.
“Fue un proceso muy difícil, muy duro, pero eso nos habilitó y nos permitió llevar adelante un proceso de institucionalización de nuestro grupo de trabajo y, aparte de ahí, nace el Club Fiske Menuco”, relató Morales.
Con trabajo vecinal y aportes de la comunidad, consiguieron un predio: en 2017 iniciaron las gestiones y en 2019 lograron concretar el sueño. Hoy, unas 150 personas participan de sus actividades, entre niños, jóvenes y adultos que llegan no solo del barrio sino de otros puntos de la ciudad. El fútbol convive con arquería, tejo y Newcom en arena.
La idea, explica Morales, no es poner el foco exclusivamente en competir: “Siempre con la idea de promover el deporte desde el ámbito recreativo y no competitivo”.
Entre los obstáculos, menciona la falta de infraestructura, la urbanización desordenada y la especulación inmobiliaria. “Los primeros en verse afectados son proyectos comunitarios donde claramente el dinero no es lo importante, sino que lo importante es el deporte, la salud, el encuentro”, sentenció.
Sobre el narcotráfico, Morales indicó que es la violencia propia de un sistema neoliberal que castiga cada vez más a los barrios. Ante eso, está convencido de que los lazos que se construyen en el club son la respuesta: “Tenemos que enfrentarnos con la mejor receta que es el amor, el encuentro, la confluencia de hermanos y hermanas que nos podamos ayudar y acompañar en este proceso difícil, desafiante, donde claramente las políticas públicas están ausentes. Acá somos los vecinos y vecinas que estamos sosteniendo estos espacios con convicción”.
El club que busca transformar realidades
Quinta 25 Fútbol Club tiene apenas unos años. Nació a partir de una escena que Leo Ortiz veía todos los días en el barrio: muchos chicos en las calles, sin una actividad cercana donde reunirse. Junto con la iglesia a la que pertenece, decidió empezar a trabajar para darles una alternativa a quienes no podían trasladarse a otros clubes.
Los primeros entrenamientos fueron en el playón y la respuesta fue inmediata: llegaron a reunirse entre 70 y 80 chicos y chicas, superando la capacidad del lugar. Así se trasladaron al terreno en el ingreso al barrio, sobre calle Maipú al 3700, donde levantaron los arcos y los cimientos del club.
Actualmente trabajan con chicos desde los seis o siete años, incluyendo fútbol femenino. Todo es a pulmón: “Las pecheras que usan los nenes fueron confeccionadas por la pastora de la iglesia, hemos tenido muy poca ayuda”, comentó Ortiz.
La falta de asistencia se ve a simple vista: la cancha está lindera al basural del zanjón que divide Quinta 25 de Barrio Nuevo. Con viento, las bolsas de plástico se interponen en las jugadas, y en verano los olores son fuertes. “Este año queremos ver si podemos plantar algunos arbolitos pero bueno, solos no podemos. Si no te ayuda el gobierno municipal, provincial o nacional, es muy difícil avanzar. Acá nos ha costado muchísimo porque nos prometieron luces, nos prometieron agua y arbolitos. Ya vamos para cinco años y nada”, agregó.
A pocos metros, hay un edificio que pertenecía a la pista de ciclismo “ex Villanova”, que buscan usar para dar un refrigerio a los chicos, ya que Ortiz se ha encontrado con niños que llegan con hambre. Pero le cortaron la luz y el agua, y las luces que habían colocado para el invierno fueron robadas y vandalizadas.
Participar de los torneos también es una barrera: inscripciones, movilidad e indumentaria son gastos difíciles de afrontar para muchas familias. “Te encontrás con nenes que vienen en alpargata a entrenar, con nenas, por ejemplo, que tienen jean porque no tienen un busito”, relató.
Leo Ortiz hizo cursos de entrenador, estuvo en la Liga Confluencia y fue parte de Argentinos del Norte, pero en Quinta 25 la realidad que aparece en la cancha muchas veces excede lo deportivo. Sostener el club no es solo formar jugadores, sino mantener abierto un espacio en un barrio donde, como él mismo contó, muchos chicos no tienen demasiadas oportunidades.