Los dibujos que delataron el abuso que Micaela no podía contar
Micaela calló durante años el abuso que sufrió de niña. Hoy, al mirar sus dibujos, encontró las pistas que nadie supo leer y lanza una alerta para padres.
Micaela tenía 9 años cuando empezó a dibujar monstruos, garras y rostros tristes sin saber que esos trazos escondían un abuso que no podía poner en palabras. Recién de grande, al revisar sus cuadernos, entendió que aquello que callaba por miedo y vergüenza había encontrado una vía de escape en el papel.
Durante años, el abuso sexual que sufrió en su infancia permaneció oculto. Como a muchos chicos, el miedo, las amenazas y la confusión le impidieron hablar. Pero el cuerpo y la creatividad siempre encuentran formas de expresar lo que la boca no dice: el juego y los dibujos se volvieron su refugio y, sin saberlo, su denuncia muda.
Al volver a mirar aquellos trabajos de la primaria, Micaela encontró elementos que se repetían una y otra vez: monstruos, figuras con garras, caras enojadas o tristes y rayones que hoy interpreta como la rabia contenida. También recordó dibujos de su adolescencia con frases como “te odio”. Incluso sus maestras le escribían “qué lindo” en esos papeles, sin imaginar lo que había detrás.
La revelación
En 2015, Micaela creó la página de Facebook “Por una infancia sin dolor”, donde empezó a publicar sus dibujos y a contar su historia. El impacto fue inmediato: padres de todo el país le escribieron enviándole los dibujos de sus hijos, convencidos de que también estaban atravesando situaciones de abuso.
“Me di cuenta de que, aunque no hablaba del abuso con palabras por miedo, amenazas o vergüenza, todo lo que callaba lo llevaba al juego y, especialmente, a los dibujos”, recuerda en diálogo con TN.
Desde entonces, Micaela da charlas de prevención y detección del abuso sexual infantil. “Lo que digo siempre es que hay que proteger a los niños de todos, hombres o mujeres, no solamente de los desconocidos, porque el monstruo con garras puede ser el mejor vecino, la persona más simpática o incluso convivir con el niño”, asegura.
Qué dicen los dibujos
La psicóloga Laura Enríquez (M.N. 24.918) aclara que no existe una señal aislada que permita confirmar un abuso sexual. Lo importante es observar patrones y cambios respecto del comportamiento habitual del niño o adolescente.
“No es que si dibuja una casa con rejas, un monstruo, una persona con garras o un sol dibujado en el suelo sean indicadores de abuso”, explica la especialista. El foco no debería estar en buscar un supuesto “dibujo de abuso”, sino en detectar un conjunto de cambios que genere preocupación.
Señales que pueden llamar la atención
Según Enríquez, algunas modificaciones en el comportamiento pueden justificar una mayor atención, especialmente cuando aparecen de manera repentina, persisten en el tiempo o se combinan con otras señales. Entre ellas se encuentran:
Las regresiones evolutivas, los cambios abruptos en el sueño o pesadillas recurrentes, la hipervigilancia o sobresalto excesivo, conductas sexualizadas no acordes a la edad, el aislamiento social repentino, el miedo específico hacia una persona o lugar y los cambios en el rendimiento escolar.
Qué hacer ante una señal que preocupa
Ante un dibujo o actitud que genere preocupación, la recomendación es no minimizarlo pero sí empezar a vigilar esos cambios. La especialista sugiere abrir un canal de diálogo con preguntas como “¿Querés contarme qué dibujaste?” o “¿Qué significa esto para vos?”, sin intentar confirmar una hipótesis previa.
También recomienda observar sin interrogar, prestando atención a las conductas que se repiten sin presionar al niño para que dé detalles, y consultar con un profesional especializado. La responsabilidad de los adultos es detectar que algo puede estar pasando y buscar la orientación e intervención adecuada.
En caso de que un niño relate espontáneamente una situación de abuso, debe ser escuchado sin interrogarlo, sin sugerir respuestas y sin intentar obtener todos los detalles. Una entrevista inadecuada puede interferir con posteriores evaluaciones y dificultar tanto el proceso terapéutico como el judicial.
La historia de Micaela muestra cómo una experiencia traumática puede permanecer sin palabras durante años y encontrar otras formas de expresión. Pero también deja una advertencia central: un dibujo no es una prueba de abuso, aunque puede ser parte de un conjunto de señales que los adultos deben observar, escuchar y abordar con responsabilidad.