Lula ganó, pero el poder real quedó en manos de la derecha: el mapa que complica su cuarto mandato
Ochenta y ocho diputados contra 121 del Partido Liberal: la victoria de Lula dejó al descubierto una brecha que podría condicionar todo su mandato. El dato que explica por qué festeja la izquierda pero tiembla el gobierno.
Luiz Inacio Lula da Silva volvió a ganar la presidencia de Brasil, pero su victoria es más frágil de lo que parece: la derecha se quedó con el Congreso y con la mayoría de los gobiernos estaduales. El líder del PT protagonizó una remontada sin precedentes, pero deberá gobernar con un poder legislativo que le juega en contra.
Una remontada que no se traduce en respaldo
Desde 1997, cuando se habilitó la reelección en Brasil, ningún candidato había logrado revertir una derrota en la primera vuelta presidencial. Lula lo consiguió y se quedó con el Palacio del Planalto. Sin embargo, la paradoja es más profunda: mientras él celebraba, la derecha ampliaba su dominio en el Congreso y en los estados.
El triunfo no equivale a una aprobación entusiasta de su gestión. Lula logró unir a quienes valoran la protección social con quienes temían el regreso del bolsonarismo. Esa combinación le alcanzó para ganar, pero no le garantiza respaldo para continuar con su agenda.
La derrota de Flavio Bolsonaro, el candidato derechista, no desactiva las demandas que lo impulsaron: costo de vida elevado, endeudamiento alto, inseguridad y cansancio con la política. Esos problemas siguen ahí y condicionarán el nuevo mandato.
La asimetría entre Lula y su partido
La elección también dejó al descubierto una brecha entre el liderazgo personal de Lula y la estructura política que lo respalda. El presidente conserva una competitividad que su partido no logra replicar. La federación encabezada por el Partido de los Trabajadores (PT) obtuvo 88 diputados, frente a los 121 del derechista Partido Liberal (PL).
La izquierda no solo enfrenta el avance de la derecha, sino que depende en gran medida del desempeño de un dirigente de 80 años. La victoria de Lula posterga la sucesión, pero no la resuelve.
Gobernar sin mayoría: el precio de cada acuerdo
En Brasil, la distancia entre ganar la presidencia y controlar el poder es estructural. El presidente necesita al Congreso para gobernar, mientras los legisladores manejan una porción creciente del presupuesto y ganan autonomía política. Partidos de centro y centroderecha como União Brasil, PP, PSD, Podemos, Republicanos y MDB podrán negociar puntos específicos con Lula, pero no se convertirán por eso en oficialistas.
La derecha, por su parte, no necesita ocupar el Ejecutivo para mantener vigente su agenda conservadora: puede bloquear iniciativas en el Congreso, impulsar proyectos propios y obligar al gobierno a negociar a la defensiva. El dilema no es solo conseguir aliados, sino determinar el costo de cada acuerdo. Una coalición demasiado reducida puede paralizar la agenda de gobierno, mientras que una alianza demasiado amplia puede vaciarla de contenido.
Lula tiene experiencia para negociar, pero el nuevo equilibrio institucional le exigirá elegir qué batallas dar. Distribuir cargos y recursos ya no alcanza cuando los socios pueden imponer condiciones sobre el rumbo del gobierno.
La economía: el desafío de financiar promesas
La economía convertirá las restricciones en decisiones concretas. El mercado proyecta una deuda bruta del 87% del PBI para 2027. Lula pretende preservar la protección social, impulsar inversiones y obras públicas, avanzar con la reindustrialización y recurrir a concesiones privadas para mejorar la infraestructura en rutas, transporte ferroviario, puertos y aeropuertos.
La viabilidad de esa agenda dependerá de las tasas internacionales y de los precios de las materias primas de exportación. El conflicto comienza en cómo financiar esas iniciativas. Contener la deuda obliga a escoger qué gastos crecerán, qué beneficios se revisarán y quién contribuirá más. La restricción fiscal es, ante todo, un problema de distribución de costos políticos.
Trabajo: reducir la jornada sin bajar salarios
Algo similar ocurre con la agenda laboral. Reducir la jornada sin bajar salarios persigue un objetivo social, pero sus costos varían según el tamaño y la productividad de las empresas. Para implementarla, el gobierno deberá negociar plazos, compensaciones y reglas de transición. La popularidad de una medida no elimina las dificultades de implementarla.
Seguridad: el límite de la coordinación federal
La seguridad pública expondrá otra frontera del poder de Lula. El crimen organizado no respeta límites geográficos, pero las policías y buena parte de la responsabilidad operativa dependen de los gobernadores.
Lula propone ampliar la coordinación federal y combatir las finanzas de las organizaciones criminales. Deberá hacerlo con gobernadores que, en muchos casos, pertenecen a la oposición. El resultado no se medirá por la cantidad de anuncios ni por la dureza del discurso, sino por una reducción perceptible de la violencia en las calles.
Diplomacia: continuidad con Milei, sin mejoras
Para la Argentina, un cuarto mandato de Lula significa continuidad en la defensa del multilateralismo y del Mercosur, sin mejora en el diálogo con Javier Milei.
La relación política se deterioró durante la campaña, pero la interdependencia comercial y energética persiste. El desafío será impedir que el conflicto entre presidentes perjudique intereses económicos que exceden a ambos. Las elecciones argentinas de 2027 agregarán incertidumbre a esa convivencia, aun con una tendencia preliminar de reelección de Milei.
El futuro del progresismo: la sombra de Lula
Finalmente, Lula tendrá que enfrentar una contradicción personal: su liderazgo es el principal activo electoral de la izquierda y también una de las razones por las que cuesta imaginarla sin él.
Formar un sucesor competitivo implica ceder visibilidad y protagonismo, algo que no combina con las reglas básicas del poder. Su cuarto mandato se medirá también por la capacidad de dejar una organización menos dependiente de su figura.
Lula derrotó a su adversario, no a las fuerzas conservadoras que lo hicieron competitivo. La elección le dio continuidad en el poder, pero no licencia para la inmovilidad. La prueba de su último mandato será convertir una victoria personal en capacidad institucional para gobernar y en un futuro político que no dependa exclusivamente de él.
Leandro Gabiati es doctor en ciencia política por la Universidad de Brasilia y director de la consultora Dominium.