Mendoza despide al hombre que convenció a Argentina de que las burbujas no eran un capricho

Se formó en Burdeos con un maestro de la enología mundial y volvió para cambiarle la cara a una categoría que nadie tomaba en serio. La historia del hombre que hizo de las burbujas argentinas una obsesión.

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Mendoza despide al hombre que convenció a Argentina de que las burbujas no eran un capricho
Mendoza despide al hombre que convenció a Argentina de que las burbujas no eran un capricho

Pedro Federico Rosell, el "Sr. Espumante", falleció anoche a los 90 años. Enólogo, ingeniero agrónomo y docente, dedicó más de medio siglo a una obsesión: demostrar que el espumoso argentino podía jugar en la misma liga que el champagne.

La vitivinicultura mendocina perdió a uno de sus grandes maestros. Rosell murió a los 90 años después de una vida repartida entre las aulas, los laboratorios y las cavas, con las burbujas como hilo conductor.

En un rubro atravesado por modas, tecnologías y generaciones que cambiaron la forma de producir y consumir vino, él sostuvo siempre la misma idea: un gran espumoso exige conocimiento, precisión y, sobre todo, tiempo.

De Mendoza a Burdeos, con escala en el aula

Nacido en Mendoza en 1936, en una familia ligada al vino, se formó como enólogo en el Liceo Agrícola y Enológico Domingo Faustino Sarmiento y luego se graduó como ingeniero agrónomo en la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Cuyo.

Su vínculo con esa casa de estudios fue mucho más allá de su paso como alumno: muy joven arrancó como docente en las cátedras de Química y Microbiología y mantuvo durante décadas un contacto estrecho con la enseñanza. La docencia fue la otra gran columna de su carrera: no solo hacía vinos, también transmitía una manera de pensarlos.

Una beca del gobierno francés le cambió el horizonte. Viajó al Instituto de Enología de Burdeos, donde tuvo como maestro a Émile Peynaud, una de las figuras que transformaron la enología del siglo XX. Distintos registros sobre su trayectoria señalan que Peynaud reconoció temprano sus condiciones y mantuvo con él una relación profesional incluso después de que Rosell volviera al país.

Esa experiencia francesa marcó su forma de trabajar para siempre: rigurosidad técnica, atención casi obsesiva a los detalles y respeto por los tiempos naturales del vino.

Cuando las burbujas se volvieron una especialidad

A fines de los 70 ingresó en Navarro Correas, donde impulsó uno de los proyectos clave de su vida. Allí empezó a experimentar con distintas variedades para ver cuáles daban mejores resultados en los espumosos argentinos.

Su apuesta por Pinot Noir y Chardonnay, las uvas clásicamente asociadas al Champagne, se volvería una constante. El propio Rosell recordaría años después que en Navarro Correas hicieron ensayos durante 1977 y 1978 y que los mejores resultados salieron justamente de esas dos variedades. La experiencia derivó en los primeros espumosos de la casa elaborados por método tradicional y lo consolidó como uno de los especialistas más respetados del país.

Después vinieron Salentein, Lagarde y Rosell Boher, entre otros proyectos donde volcó sus conocimientos como asesor.

Cruzat, la obra de madurez

En 2004 fundó junto a empresarios chilenos Bodega Cruzat, en Luján de Cuyo. El proyecto tenía una definición precisa: elaborar en Mendoza espumosos de alta gama exclusivamente por método tradicional, con segunda fermentación en botella. No era sumar una línea de espumantes a una bodega de vinos tranquilos: Cruzat nació alrededor de esa única especialidad.

La búsqueda del lugar adecuado, la selección de viñedos de altura, los suelos con buen drenaje, las temperaturas apropiadas, el trabajo con Pinot Noir y Chardonnay y los largos períodos sobre levaduras construyeron una identidad con su sello enológico.

Allí también encontró un espacio para seguir enseñando: durante años dictó cursos sobre elaboración de espumosos.

Un maestro para varias generaciones

Su trayectoria excede las etiquetas que llevan o llevaron su firma. Rosell integró una generación que contribuyó a cambiar la calidad de los espumosos argentinos y a consolidar una categoría que durante buena parte del siglo pasado tenía una presencia mucho más limitada.

También fue autor de trabajos científicos sobre espumantes y llegó a ser presidente honorario de la Comisión de Espumantes de Bodegas de Argentina.

Tras conocerse su muerte, Bodega Cruzat lo despidió como maestro y referente y destacó que su conocimiento, su rigurosidad y su respeto por los tiempos y los detalles quedaron incorporados desde la primera botella a la filosofía de la empresa. La Facultad de Ciencias Agrarias de la UNCuyo también expresó sus condolencias a familiares, colegas y discípulos.

Detrás de un gran espumoso, sostenía, no hay atajos: hay uvas elegidas con precisión, técnica, paciencia y respeto por cada etapa. Buena parte de los espumosos argentinos que hoy se toman en el país llevan, de una manera u otra, la huella de aquel maestro mendocino.

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